López Aguilar y el mito de las denuncias falsas

Imagen de la web parlamentaria del eurodiputado Lopez Aguilar. / Ángel Medina G. (Efe)
Captura de la web parlamentaria del eurodiputado Juan Fernando López Aguilar. / Ángel Medina G. (Efe)

La llegada de la primavera nos ha traído un culebrón protagonizado por un eurodiputado como estrella principal. Y sin quererlo, sin que nos hayan preguntado, tenemos la posibilidad de escuchar toda una retahíla de despropósitos que, de momento, parecen tener como objetivo victimizar a nuestro protagonista y culpabilizar a su supuesta víctima.

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No soy miembro del tribunal que juzgará este caso, por tanto, no voy a juzgar ni a la estrella ni a la protagonista femenina (su exesposa). Preferiría hablar de tanto secundario (y secundaria) que  ha salido de pronto con un excelso conocimiento de la intimidad de la pareja y con títulos en peritaje de violencia de género, secundarios que se aprestan a decir lo bueno que es el supuesto maltratador; lo normal que es en el trato, lo educado, mientras dejan caer insinuaciones sobre la actitud de la supuesta víctima. Y vemos que da igual de quién se trate, pobre o rico, anónimo o público. Siempre hay gentes dispuestas a sembrar dudas que nos devuelven al rancio algo habrá hecho dirigido hacia las mujeres.

No es Juan Fernando López Aguilar el primer político implicado en un caso de violencia de género. Antes ha habido alcaldes, concejales de un partido y del otro, y hasta de otros más, que aquí no prima el bipartidismo. Casos que se han producido en el ámbito de la intervención social, sindical... Pero el caso de López Aguilar es el que implica al cargo más alto, por aquello de su paso por el Ministerio de Justicia coincidiendo con la elaboración y aprobación de la Ley integral contra la violencia de género,

Y es un caso de libro. Lo hemos visto, recientemente, en el ámbito deportivo con Rubén Castro, el jugador del Betis. Javier López Madrid sería el ejemplo en el ámbito empresarial y, si nos vamos al ejército, tenemos al único juzgado y condenado, el coronel Isidro José de Lezcano-Mújica. En todos ellos se ha presentado al varón como víctima de una mujer perversa: la afición bética insultando a la víctima –al menos, víctima de esta afición-; las insinuaciones sobre la actitud despechada de la dermatóloga Elisa Pinto y la atracción fatal de López Madrid, como si acosar sexualmente fuera una actitud irrefrenable. Poco queda por comentar del caso de la comandante Zaida Cantera, donde hemos visto como hasta en el propio juicio se presentaba a Lezcano-Mújica como víctima. Y en todos los casos aparece también la comparsa, el grupo de palmeros sin los que el maltratador  o el acosador (dos caras del mismo desprecio hacia las mujeres, dos formas de ejercer la violencia de género) no sería más que el miserable que parece. Igual que el rival que aprovecha para echar leña sobre el árbol caído, pero que calla cuando la acusación está en sus filas.

No sé si López Aguilar es culpable o no de un delito de violencia de género. Pero si es culpable de encender el ventilador de la perversidad de las mujeres: la denuncia falsa. No aprendió del varapalo que se llevó Toni Cantó, el ex UPyD. López Aguilar es culpable de soberbia, de intentar defenderse acusando a las mujeres de mentir para beneficiarse; culpable de presentar como un hecho normalizado la supuesta maldad de las mujeres, que amenazan con denunciar a sus maridos para obtener mayores beneficios en los procesos de divorcio. Esto lo inhabilita para la representación política, porque ha abierto, en provecho propio, una línea de defensa que sabe cargada de mentiras y falsedades. Porque tiene que conocer, por sus responsabilidades pasadas y presentes, que la denuncia falsa es un mito creado por maltratadores para su exclusivo beneficio, y para seguir maltratando a su víctima. Los datos dan fe de ello. Según la Memoria 2014 de la Fiscalía General del Estado, las denuncias falsas son irrelevantes. Desde que se empezaron a analizar y contabilizar en 2009, y hasta 2013, ningún año superó el 0,0090% del total de denuncias. Insisto, en la Memoria se pueden comprobar todos los datos.

Por cierto, no estaría de más que en una futura y necesaria regulación de aforamientos se eliminaran aquellas situaciones no vinculadas al ejercicio de la función pública que, al ritmo que vamos, cualquier día en lugar de un protagonista de culebrón nos sale un James Bond.