BERTA CAO | Publicado: - Actualizado: 6/1/2017 18:09

Manifestación del 25N en Madrid. / Efe
Imagen de una de las pancartas de la manifestación del 25N celebrada en Madrid. / Efe
Actualizado a las 10:58 tras conocerse un nuevo asesinato.

Sabemos que el ejercicio de la violencia no se para en ningún momento, pero no por ello duele menos que mientras estamos con esos discursos de ‘felicidad, paz y amor’ que forman parte de las celebraciones que acabamos de vivir, a nuestro alrededor sigan imperturbables los torturadores y asesinos, ejerciendo su odio y desprecio contra las mujeres.

Mos, Adra y Torrevieja suman, en la última semana del 2015, cuatro asesinatos en una cuenta imparable. Lamentablemente, Madrid y Galápagos (Guadalajara) han inaugurado ya la relación de mujeres asesinadas en 2016, enlazando un año con otro. Mientras el mundo, la política y los gobiernos siguen su ritmo de ‘pacto-no pacto’ como si no hubiera que hablar de los “para qué”, además de los “con quién”. En los para qué tiene que incorporarse de forma transversal la igualdad de mujeres y hombres como pilar de todas las políticas, como base para un cambio de cultura social que valora lo masculino por encima de lo femenino, porque esa sobrevaloración es coartada para la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres. Por tanto, incluir la lucha contra la violencia en la agenda política es imprescindible para erradicarla. Que esa lucha contra las violencias machistas sea cuestión de estado como exige el 7N significa que la preocupación y el compromiso por las causas y consecuencias que estas violencias tienen en la sociedad deben ser parte activa de la vida institucional, y se les deben dar respuesta a corto, a medio y a largo plazo.

No cabe duda que la falta de una igualdad real es el caldo de cultivo para la existencia y persistencia de hombres y actitudes sociales que agreden y maltratan a las mujeres. Por tanto, el fomento de la igualdad, con políticas claras y con presupuestos adecuados es una necesidad apremiante que los partidos deberían estar poniendo sobre la mesa.

Si en los debates todas las candidaturas señalaron que la educación es la base para erradicar la violencia, están tardando en presentar las propuestas con los cambios inmediatos, porque no se puede esperar más. Y para que sea una realidad, las iniciativas que se tomen (asignaturas, campañas, coeducación, corrección y adecuación de los textos y referencias que incluyan el valor y protagonismo de las mujeres, etc.) tienen que ser fruto de un acuerdo de todas las fuerzas parlamentarias, para que perdure en el tiempo y se pueda evaluar su efectividad y se modifique el imaginario colectivo que favorece la violencia e inmuniza a los violentos.

Ese imaginario también lo alimentan los medios de comunicación −la publicidad, el uso del lenguaje− y la cultura, por lo que habría que crear los mecanismos necesarios, desde el respeto a la libertad de expresión, que promuevan una nueva actitud y visión de las mujeres y también de los hombres maltratadores, de las situaciones que sustentan la violencia, y que cuestionen el machismo.

El nuevo gobierno tiene que desarrollar el Convenio de Estambul, como se ha reclamado en el 7N y en otras ocasiones hemos trasladado desde este mismo espacio. Esto debe propiciar un cambio de la actual legislación para la introducción de otras formas de violencia machista que también se ejercen en nuestro país y corregir lagunas de la ley “integral” contra la violencia de género. En la misma línea, se deberían implementar las Recomendaciones de la CEDAW, que sigue sacando los colores al gobierno saliente por su incumplimiento de los acuerdos internacionales.

Una de las necesidades perentorias del gobierno entrante y de las Cortes es decidir la estrategia de trabajo contra la violencia machista, para saber si van a seguir poniendo el acento en las víctimas o si van a trasladar el foco al victimario. Es decir, si todos los mensajes van a ser hacia las mujeres, que son el sujeto pasivo, o si por fin van a empezar a escucharse discursos (mensajes, campañas) que evidencien a los maltratadores y agresores como sujetos activos ejecutantes de la violencia. Hay que visibilizar a los maltratadores, que ya sabemos quiénes son las víctimas.

Mientras, hay que redoblar el esfuerzo para que los recursos para prevención, asistencia y reparación de las víctimas lleguen de manera efectiva a las víctimas de todas las violencias machistas. No puede aceptarse que haya lista de espera para la atención psicológica, social y jurídica en los recursos públicos, ni que las madres cuyos hijos e hijas han sido asesinados o de otras víctimas colaterales (como en el caso de Cuenca), al no ser reconocidas como víctimas de violencia de género, no tengan derecho a los recursos especializados.

Es posible que el nuevo gobierno no llegue pronto, que vuelva a haber elecciones en un par de meses. La urgencia que tienen las víctimas no puede esperar a un gobierno u otro para que se empiece a actuar de manera efectiva. Tras los accidentes de tráfico, no hay ninguna acción del hombre que tenga un número de víctimas mortales como la violencia de género. No hay situación ejercida por terceros que genere tantas víctimas con daños físicos y psicológicos como las violencias machistas. Se puede frenar. Se puede erradicar. No esperen más.

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