El empresario mexicano fue dueño de United Press International y de más de 90 periódicos de la cadena "El Sol"

Cuando el Gobierno chino le regaló
a Mario Vázquez Raña un médico y un cocinero

ALFREDO CONDE | Publicado:

Mario Vázquez Raña
Imagen de archivo del empresario mexicano de orígenes gallegos, Mario Vázquez Raña, que falleció en el año 2015. / Efe

Como en anteriores escritos venimos hablando de la condición humana, me van a permitir que les cuente otra batallita de las que en mi juventud era conocidas como las del Abuelo Cebolleta, un personaje de cómic, como se dice ahora; o de tebeo, como antes se decía.

Entre la humana condición de la que hablamos cabe instalar la propia de la vejez que nos da una visión más calmada y serena de las cosas de modo que ya no nos tomamos todas éstas tan a pecho y sí con alguna que otra sonrisa; con una sonrisa que incluso pueda llegar a ser complaciente o cómplice, abierta o a veces incluso cerrada. Pues allá vamos.

Mario Vázquez Raña, de quien hablamos el otro día a raíz de su presencia en el segundo encuentro entre Fidel Castro y Manuel Fraga, de quienes fue amigo, era oriundo de Avión. Avión es una aldea de montaña orensana de la que durante mucho tiempo este hijo de emigrante no quiso saber nada hasta que, en una oportunidad gloriosa, sus hermanos, que sí querían saber de su lugar de origen, lo llevaron a ella, lo emborracharon debidamente y, por la mañana, cuando despertó del trance, se encontró con que había firmado todo lo firmable y necesario –planos, contratos, permisos y licencia– para la construcción de una gran casa a la que en el futuro habría de venir con frecuencia.

Todos los años, jugaría en su casa de Avión, en Galicia, con Carlos Slim, al dominó o al tute subastado

Sobrevolaba Galicia, yendo de ida o vuelta de su México al resto del mundo, le daba un ataque de morriña mandaba aterrizar el avión, se metía en la casa, pasaba tres días durmiendo y luego volvía a subir a su avión. Todos los años, jugaría en ella con Slim, al dominó o al tute subastado, que de eso no estoy yo tan seguro y lo haría en compañía de otra gente así de rara, entendido sea el término en su acepción de escasa.

Mario Vázquez Raña fue dueño de la agencia UPI, de la United Press International, y de los noventa y tantos periódicos impresos de la cadena mexicana “El Sol”. Cuando lo llamaba se le ponía al teléfono el presidente Clinton; quien incluso le ofreció con insistencia el pasaporte norteamericano porque no estaba bien visto que el dueño de la UPI no fuese un ciudadano yanqui. Entonces se deshizo de ella, de la UPI, para darle una satisfacción a su amigo y no contrariarlo. Mario Vázquez Raña era así. Si se enteraba de que un escritor gallego iba a América a presentar un libro, lo llamaba, le preguntaba en qué haría el viaje, opinaba que no debía viajar en “el avión de línea” y le ofrecía enviarle el suyo particular para que viajase en él pues sostenía que lo haría con mucha mayor comodidad.

Entre los muchos hobbies que tenía estaba el de realizar entrevistas a los jefes de estado de todo el mundo

Entre los muchos hobbies que se podía permitir un magnate así de importante, y entre todavía muchos otros más que se silencian, porque tampoco hay necesidad alguna de excederse, estaba el de realizar entrevistas a los jefes de estado de todo el mundo con el muy higiénico objeto de publicarlas en su cadena de periódicos. Se subía a su avión privado, volaba hasta donde fuese y luego de haberlo hecho en la prensa las publicaba recopiladas en forma de libro. A mí me regaló dos de estos libros de entrevistas conteniendo ciento cincuenta y seis de ellas.

Cuando supe de la última entrevista entre Fraga y Fidel Castro fue comiendo con Vázquez Raña en la sede central de su cadena de prensa, en México. Él dio por supuesto que, dada mi relación con los dos gobernantes, sabía más de lo que en realidad sabía y no fui yo quien se atreviese a sacarlo de su error… o de su confianza al contármelo, como ustedes quieran.

El caso es que, después de haberme contado esa entrevista,  y comentarla conmigo con amistosa amplitud, me preguntó si me gustaba la comida china y al responderle que sí, me ofreció comer allí mismo en vez de tener que desplazarnos a un restaurante. Lógicamente, acepté. Yo andaba por aquellas tierras de promoción de una novela y él se estaba portando conmigo con una generosidad que todavía agradezco.

En medio de la comida me comentó que, en una ocasión, había ido a entrevistar al presidente chino, no recuerdo ahora si a Deng Xiaoping concretamente –los libros ya no están en mi poder, uno tiende a divorciarse y a dejarlos esparcidos por ahí– de modo que solo puedo insinuar que hubiese sido a él a quien hubiese entrevistado.

En medio de la comida, Deng Xiaoping le preguntó qué era lo que más le interesaba de China y Vázquez Raña le respondió que la medicina y la gastronomía. Y ahí se quedó la cosa. Acabó de comer se subió de nuevo a su avión, ahora ya de vuelta a México y casi seguro que se dijo “de aquí en un año”.

Al cabo de unos meses, estando en ese mismo despacho, le anunciaron a Vázquez Raña la presencia de dos chinos que no tenían concertada una cita previa, pero que afirmaban venir enviados por el presidente chino; en vista de ello, Vázquez Raña hizo que pasaran y éstos le entregaron una carta de Deng Xiaoping. ¿Qué decía en ella?

En recuerdo del interés demostrado en una visita a China por la medicina y la gastronomía del país, el presidente Deng le regaló un cocinero y un médico

Decía que en recuerdo de la agradable visita realizada y de su interés por la medicina y la gastronomía china, le enviaba aquellos dos hombres, cocinero el uno, médico el otro, para que lo atendiesen en caso de necesidad o de capricho. Mario Vázquez Raña se quedó confuso, se hizo todas las consideraciones posibles acerca de la presencia de aquellos dos individuos en su proximidad y, al fin, estimó que no podía rechazar tan impactante regalo. Así que hizo que los dos ciudadanos chinos se trajesen con ellos a sus familias, los incluyó a ellos en nómina y, desde entonces, que le dolía un hombro a causa del reuma: llama al médico chino y que me haga acupuntura; que le apetecían un rollitos de primavera, pues entonces que se llame al cocinero y que me los prepare. No recuerdo si los comimos aquel día. Pero sí que la comida era excelente.

¡Ah, la condición humana! El presidente de un gobierno comunista como el chino mandando dos chinitos de regalo a un magnate mexicano descendiente de gallegos a finales del propio siglo XX! Es de suponer que los chinitos quedasen encantados porque, lo que sí es cierto, es que Vázquez Raña se quedó contento y bien servido pese a que no las tuviese todas consigo en lo que respecta a la ocupación laboral de sus desde entonces empleados.

Ahora piensen ustedes lo que quieran. Yo ya vengo haciéndolo desde que lo supe. Pero las conclusiones no esperen de mí que se las facilite. Aquí se pretende hablar de la condición humana, ya saben, la propia de ese bípedo parlante e implume del que se afirma su racionalidad, aunque esta afirmación no haya partido de autoridad superior alguna y constituya, tan solo, un hermosa pero mera hipótesis de trabajo, como ya afirmó alguien antes de ahora.

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