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Violaciones en cita: cuando las agresiones sexuales las comete un amigo o un conocido

Imagen de la campaña ‘Sin un sí, ¡es no!’ que el Instituto de la Mujer en Castilla-La Mancha puso en marcha en 2016 para combatir las violaciones en cita. / Instituto de la Mujer CLM

El término ‘violación en cita’ sigue siendo poco conocido, pero las situaciones que abarcan son lamentablemente muy familiares. Un amigo que se propasa, una noche de fiesta con un compañero de trabajo que acaba en situaciones incómodas, una cita en la que la última copa se toma en una casa. Ellas dicen no, ellos continúan. Son inequívocamente violaciones, pero tienen características comunes: los agresores pertenecen al entorno, aparecen la culpa y la vergüenza en las víctimas y, en consecuencia, se presentan menos denuncias.

“Una violación en cita es una agresión sexual en la que el hombre aprovecha la relación que tiene con la mujer para agredirla, bien sea una compañera de trabajo, una antigua pareja, alguien a quien empiezas a conocer o con la que has contactado en las redes sociales”, explica Sonia Lamas, presidenta de la asociación Enclave feminista. La experta incide en trazar una línea muy diferenciada entre dos conceptos: “Las relaciones sexuales no consentidas no son relaciones sexuales, son violaciones”.

El término ‘violación en cita’ proviene del inglés, aunque fue el Instituto de la Mujer de Castilla La Mancha el que lo popularizó en 2016 con una campaña con el lema ‘Sin un sí, es no’, que trazaba claramente el límite en el consentimiento explícito. En 2016 se produjeron 1.197 agresiones sexuales y otras 1031 agresiones sexuales con penetración, según datos del ministerio del Interior. En el primer trimestre de 2017, ya se habían judicializado 287 violaciones.

Uno de los mayores problemas de las personas que han sufrido una ‘violación en cita’ es que les cuesta identificarlas. Las agresiones sexuales también están estereotipadas: en el imaginario colectivo, el violador se dibuja como un desconocido que asalta a una joven en medio de la calle. En muchos casos no es así: “Sabemos que una parte muy importante de las violaciones se producen por parte de los hombres del entorno. La agresión sexual por asalto es la que más se denuncia. Sin embargo, es más difícil denunciar a alguien que conoces y con quien compartes espacios”, apunta Lamas. Cuando el violador es un exnovio con el que has quedado para cenar, un amigo que se queda a dormir en casa tras una noche de fiesta o una persona a la que has conocido en el Tinder, empiezan las preguntas: ¿Por qué quedaste a solas con él? ¿Cómo se te ocurre tener una cita con un desconocido? ¿Por qué subiste a su casa? ¿No le darías señales equivocadas? Con estos interrogantes, que podrían parecer inofensivos, la culpa se traspasa del agresor a la víctima. Todas se resumen en una: ¿No te forzó porque le estabas provocando? Las mujeres siempre se ven obligadas a responder y a dar explicaciones.

“A nosotras siempre se nos juzga. Las víctimas de las violaciones en cita no denuncian por tres motivos: por miedo a que les hagan algo, por vergüenza de tener que contárselo a su entorno o porque no se reconocen como víctimas”, explica la experta, que aconseja denunciar en cualquier situación en el que alguna mujer sienta que ha sido agredida y que sus derechos han sido vulnerados: “Yo recomiendo que lo primero que hagan sea denunciar. Que no se duchen, que no se cambien de ropa y que den todos los detalles a la policía”. 

Otra de las verdades extendidas sobre las violaciones es pensar que siempre se llega a la coerción por la fuerza. No siempre es así. A veces se producen agresiones físicas brutales, pero otras, las víctimas se ven arrinconadas por otro tipo de actitudes: “A veces usan el chantaje emocional o empiezan a acariciar y a achuchar a la mujer, que comienza a mostrarse incómoda, encogerse y a hacer gestos para que pare. Pero él no para. Nunca paran”, explica Lamas. En este tipo de “chantaje emocional” caben muchas situaciones: chicos que se enfadan porque ellas les han invitado a su casa y esperaban tener sexo, hombres que insisten ante la negativa de sus parejas a tener relaciones sin protección o mujeres que tienen miedo a oponerse a un desconocido que no para de manosearlas y tocarlas. Cualquiera de estas situaciones que acabe en relaciones forzadas es una violación: “Consentir no es hacer algo coaccionado”.

Lamas describe situaciones frecuentes que pueden encontrarse cualquier noche de fiesta. “Si la chica con la que has quedado está ebria, no intentes hacer nada con ella. La consecuencia son mujeres que han tenido un acto sexual siendo totalmente incapaces de responder. Eso genera un sentimiento de violación. Dejar a alguien así puede hacer que sea muy difícil salir adelante”, alerta la experta sobre las consecuencias irreparables de estas violaciones. Va un paso más allá: “Son cada vez más frecuentes los casos de sumisión química: les echan algo en la bebida y ellas entran en un estado en el que pierden el control. Después se despiertan en un sitio donde nunca han estado o con las bragas puestas al revés o algún otro detalle que las desconcierta. Es difícil denunciar porque no sabes qué te han echado en la bebida, ni cuándo, ni quién es tu agresor, pero hay que hacerlo porque un hombre nunca agrede solo una vez”.

Aunque este tipo de violencia sexual afecta a muchas mujeres jóvenes, Lamas asegura que crecen los casos tanto en menores de 18 años como en mayores de 40: “Hay mujeres de 40  o 50 años que utilizan aplicaciones móviles o redes sociales y también sufren violaciones en cita”, matiza la experta.

La educación en la falsa igualdad

Aunque los ‘millennials’ han crecido en democracia y en una igualdad legal entre hombres y mujeres, siguen reproduciendo muchos patrones machistas de sus padres, esa generación a la que educó la dictadura franquista. La explicación es la prevalencia de la desigualdad en los puestos de poder, en la educación, en las casas y, por supuesto, en la cultura: “Si echas la vista atrás te das cuenta de que la representación de las mujeres no ha cambiado tanto en el cine. Siento decir esto porque soy una defensora del cine español, pero algunas escenas de sexo no han cambiado mucho. Por ejemplo, el cine de Pedro Almodóvar es muy machista. Está lleno de estereotipos y el sexo es ‘aquí te pillo y aquí te mato’. También ocurre con la literatura juvenil, como con la saga ‘Crepúsculo’. Las niñas están emocionadas con un libro que les enseña que pueden amar a un vampiro que les va a chupar la sangre y que van a poder cambiarle. Es el mismo mensaje de ‘mujer no denuncies, quédate en tu casa, que tú vas a poder cambiar al hombre al que amas’. Por eso no han cambiado las cosas”, explica sobre las estructuras que persisten en los relatos generación tras generación y que, diseccionados, desvelan algunos mecanismos de dominación.

Por un lado, los jóvenes se nutren de los mismos modelos de conducta a través de libros o películas, donde el placer de la mujer se supedita al del hombre. Por otro, no existe una educación sexual desarrollada que hable del consentimiento y de la libertad sexual para contrarrestar esa visión machista de las relaciones. Esto también se traslada a la cotidianidad. En casa los hijos ven que su madre y su hermana son siempre las que se levantan a recoger la mesa, mientras los hombres se quedan haciendo sobremesa. Por otro lado, en las clases de igualdad se limitan a decirles a los alumnos que niños y niñas tienen los mismos derechos, sin profundizar en cómo el machismo penetra en la vida cotidiana de todos: “Es una decepción cuando las mujeres jóvenes crecen y ven que la igualdad real entre hombres y mujeres es mentira”, matiza Lamas, que anima al activismo y al boicot de marcas que vendan sexismo.

La experta insiste en que apostar por la igualdad de manera transversal en la educación y trabajar para que se resquebraje la tolerancia social hacia las conductas machistas es la mejor forma de acabar con la violencia hacia la mujer.