España, 2018, más de 600.000 analfabetos

  • Son, en su mayoría, españoles, mayores de 70 años y mujeres, aunque los hay en todas las franjas de edad, según datos del INE
  • Existen más de 2.800 Centros Públicos de Educación de Personas Adultas (CEPA), con una distribución muy dispar por Comunidades Autónomas. Nacieron para satisfacer la demanda, en el pasado alta, de alfabetización, pero hoy se centran más en la titulación en Secundaria, acceso a la universidad, inglés, informática, etc.

En los pupitres hay lápices, gomas, cuadernos. En el aula, una pizarra de tiza y una electrónica, un corcho, un reloj que marca el inicio y el fin de la clase. Una veintena de alumnos se sienta por parejas, dos de ellos varones. “Dictado de números. Línea número uno: 1.250. Poned el puntito de los miles”, les pide Carmen*, la profesora, que también les recuerda que detrás del punto tiene que haber tres números. Antes, les dio una definición -“dibujo de una persona que hace más grandes y exagerados sus rasgos”- y ante la respuesta correcta -“¡caricatura!”-de una de las alumnas, se oyeron aplausos en la clase.

No es lo normal en un aula al uso, como tampoco que sobre las mesas abunden, también, las gafas de lectura. Y es que los alumnos de las clases de este lunes de Carmen no son niños ni adolescentes: la mayoría son ancianos -ancianas, salvo un hombre- y los menos, de entre 30 y 50 años, inmigrantes (un solo varón también). Estudian primer nivel de ‘Enseñanzas iniciales’ en un centro de educación de adultos de Madrid, el CEPA Joaquín Sorolla, en la Guindalera.

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“¿Que por qué venimos?”, reflexiona una de las alumnas. “Pues porque cada vez que llega una carta del banco tengo que ir al vecino, y el vecino tiene que enterarse de lo que tengo yo con el banco”, explica. La secunda Emma, que deja la clase de Carmen por un rato, y mientras allí se oye que el sonido ‘/k/’ con la ‘a’ se escribe ‘ca’ y con la ‘e’ no se escribe ‘ce’, ella cuenta que nació en Madrid en el 35, y que en su casa el día que había comida no había zapatos, y al revés. O no había ninguna de las dos cosas, ni tampoco, claro está, medios para estudiar. A los 13 se puso a trabajar, en telares, fue limpiadora, telefonista… y sólo empezó a leer “ya un poco deprisa” en las clases para adultos de la Escuela Popular de Prosperidad, de la que habla con inmenso agradecimiento: “Yo decía: el día que me muera, que me entierren aquí en el patio”.

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Emma dice que es “muy trabajadora, pero muy poco inteligente”, aunque lo primero es patente y lo segundo no lo parece en absoluto. Sus hijos le tienen prohibido venir a clase, porque se obsesionaba tanto que se levantaba de madrugada a hacer los ejercicios, y el estrés hizo mella. “Me dicen: ‘¡Con esa edad ya no lo necesitas!’, pero les tengo engañados. Creen que por las tardes estoy de paseo, y vengo aquí. Porque sí lo necesito: para entender las cosas, para expresarme, para poder escribir una carta. Para la vida”, explica. Emma tiene un ebook y pone la letra grande, porque si no, no la lee: “El otro día aprendí que ‘vaya’ no se escribe con ‘b’ ni con ‘ll’ y ya me fui feliz. Soy como los niños chicos”, acaba.

Las cifras

Según los datos del INE (VER TABLA), en la España de 2018 hay 614.200 analfabetos, personas de 16 y más años que “teniendo en cuenta cualquier lengua del mundo cumplen: nos son capaces de leer ni de escribir; son capaces de leer pero no de escribir; son capaces de leer y escribir sólo una o varias frases que recuerdan de memoria; son capaces de leer y escribir sólo números o su propio nombre”. De ellos, la mayoría son españoles (520.700), mujeres (407.400) y mayores de 70 años (381.800), aunque los hay de otras franjas de edad: los 23.100 de 35 a 39 años, por ejemplo, o los 2.800 de 16 a 19 años, nacidos en torno al cambio de siglo.

Existen 2.836 centros públicos de Educación de Personas Adultas (más de 600 en Andalucía) como este Joaquín Sorolla de Madrid. Nacieron para la alfabetización de adultos, lo que hoy corresponde a esos primeros cursos de Enseñanzas Iniciales que imparte Carmen, pero ya son mucho más. “Su razón de ser ya no es esa”, explica Delicia Castellanos, la directora del Joaquín Sorolla. “La de la alfabetización es una demanda que ya prácticamente no existe. Hay un reducto sobre todo de personas muy mayores e inmigrantes, pero el perfil mayoritario de quienes vienen al centro es el de gente joven que necesita la titulación de Secundaria (ESO), y es esencial también la alfabetización digital”, prosigue. Como señala Iñaki Permanyer, investigador Ramón y Cajal del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad Autónoma de Barcelona y autor de un estudio sobre el analfabetismo a nivel internacional, el analfabetismo en sentido estricto es casi algo del pasado en España, “pero surgen nuevas capas de desigualdad, en el manejo de nuevas tecnologías, de herramientas básicas”.

A las puertas del centro, fuera, un chico rapea ante un teléfono. Quizá luego tenga clase: entre el alumnado del Joaquín Sorolla hay jóvenes de 18 a 27 años que no han acabado secundaria en su momento; gente de entre 40 y 50 que a los 14 empezó a trabajar y necesita el título; personas que acuden para la preparación de la prueba de acceso al grado superior de FP y a la universidad… Se da ESO a distancia; español para extranjeros; inglés; informática para personas adultas…

“Es esencial que la población adulta pueda acudir a un centro a cubrir sus carencias básicas, la Secundaria, sí, pero también el inglés, por ejemplo para quienes tienen a sus hijos fuera, o la informática, que necesitan para ir al banco o pedir cita en el médico…”, cuenta Castellanos, que añade: “Por supuesto que, aunque hoy sea una demanda minoritaria, hay que continuar con las enseñanzas iniciales, porque siempre quedará un reducto de personas que no hayan podido escolarizarse. En los años de la crisis, y con la disminución del número de inmigrantes, se intentó reducir bastante, pero con un gran esfuerzo conseguimos mantenerlo. Fue empeño nuestro”.

Buenas palabras

Delicia Castellanos sostiene que el apoyo público a los CEPA tiene “más de buenas palabras que de realidades. Las plantillas son inestables: aquí, de 16 profesores, diez cambian de año en año, con lo que no se pueden plantear proyectos, algunos no han estado nunca con adultos, y la única formación que reciben es voluntaria, de cuatro horas durante cuatro días… No existe un reglamento orgánico para los CEPA. En los presupuestos, estamos en el cajón de sastre de atención a la diversidad…”. En resumen: “Desde la administración no se valoran estas enseñanzas. No se piensa en la educación de adultos, lo que supone que a la gente que ha quedado fuera, se la sigue dejando fuera”.

“El esfuerzo en la educación adulta es insuficiente”, corrobora Antonio Viñao, catedrático (hoy jubilado) de la Universidad de Murcia y autor de La alfabetización en España: un proceso cambiante en un mundo multiforme. “No se valora el trabajo de quienes trabajan allí, y no hay siquiera especialidad para el profesorado. Sin embargo, no es sólo que esos centros permitan a los adultos sacar títulos, es que hacen posible que personas que han sido excluidas de un modo u otro, tomen conciencia de lo que pueden hacer. El esfuerzo de esos centros es muy alto”, defiende.

Mayores e inmigrantes

Delicia Castellanos entró en el Joaquín Sorolla en el año 2000. Y entonces quienes le engancharon a la educación de adultos fueron, precisamente, esas mujeres mayores que hoy son las menos en el centro, las que acuden a las enseñanzas iniciales: “Tienen un interés tremendo por aprender, son constantes y respetuosas, lo que no quiere decir que sean sumisas. Exigen y participan”.

Carmen, la profesora, que este curso trabaja por primera vez con adultos, alaba también su educación, sus ganas de aprender. “Pertenecen a una generación sin oportunidades. Pero han visto que sus hijos sí las han tenido, y ahora ellas no quieren perderlas”, narra.

Habla Carmen también de otro perfil, el de inmigrantes árabes como Lucía (nacida en Marruecos, 48 años, 26 en España, dos hijos), que también dejó de estudiar de niña para ganar dinero cuidando niños: “He llevado toda una vida de trabajar [hoy está en un hotel, de cocinera]. Sé leer más que escribir, y aunque mi marido me ayuda con los pedidos, quiero hacerlo yo. Si no tienes estudios no eres nadie”. También de Marruecos, Rahma (54 años, 25 en España) trabaja de interna en una casa y dice que no va a dejar de estudiar “nunca”: “No puedes ir por la calle, por el metro, sin saber nada, mirando con agobio las letras, preguntando todo el rato. Cada día que aprendo una palabra, una frase, me siento muy contenta”, cuenta.

También acuden mujeres venidas de Sudamérica, como Sonia (hondureña, 44 años, dos hijos), a la que en la casa en la que trabaja de interna le dan dos horas de permiso para acudir a clase. En su país, de niña, tardaba hora y media caminando en llegar a la escuela, así que poco iba, y a los 12 se puso a trabajar. Sabía escribir su nombre, nada más. Sonia ha aprendido ya a leer “un poco”, y así mitiga la vergüenza. Sueña con aprender más, quizá poner un pequeño negocio y, sobre todo, con que sus hijos (uno ya universitario) “sean alguien en la vida”. “Y no queden como yo”, concluye, y a pesar de la frase, sonríe.

En el Joaquin Sorolla hay casos como el de Melina (Guinea Ecuatorial, 21 años, tres en España), que empezó en enseñanzas iniciales y aprobó la ESO el pasado junio, pero también otros, como el de la mujer china que se acerca a Carmen para decirle que va a dejarlo. “¿No vas a venir más?”, pregunta ella, y se le adivina la pena.

Una deuda social

“Ya no son muchas las personas que necesitan alfabetización. Su número quizá no sea relevante, pero tenemos que cubrir ese hueco, que creo que es muy importante atender como país desarrollado que somos”, reflexiona la profesora. “Por un lado, a las personas mayores se lo debemos en cierta medida, porque han peleado para que tengamos lo que tenemos. Por otro, para los inmigrantes, la educación es la apuesta más segura para integrarlos”.

A todas las mujeres que aparecen en este reportaje se les desborda la ilusión por la mirada. A todas. Sus palabras desgranan, en su mayoría, relatos duros, pero mientras algunas hablan de años de trabajo robados a su niñez y a la escuela, otras del agobio, de la vergüenza de no poder leer, del día sí y día también pidiendo ayuda, sonríen. Quizá por lo que cuenta Gertrudis (79 años), una mujer que pasó la infancia cuidando ovejas en su pueblo de Guadalajara, se fue a los 17 a servir a Madrid y marchó a Francia; una mujer a la que sus hijos le escribían los carteles de su tienda, porque ella no sabía, y que aprendió ya hace años a leer gracias a ellos: “He ganado muchas cosas. Por ejemplo, los libros. ¿Cómo te explicaría? Estás leyendo un libro y es como entrar en un mundo nuevo”.

*Algunos de los nombres son ficticios.