La batalla de la contaminación, epílogo a años de inoperancia

El matrimonio Aznar, doña Ana y don José María, está grandemente compenetrado: uno desdramatiza el cambio climático; la otra minimiza la contaminación en Madrid. Alberto Ruiz Gallardón, el alcalde, se une insinuando que si el Ayuntamiento no tuviera ahora controles tan estrictos la “boina” que corona la ciudad no sería motivo de alarma. Nada que temer. A pesar de las coincidencias, no hay peligro de ménage á trois y todo seguirá como Dios manda en la capital del reino. Así continuará también en Barcelona y en otras cuantas ciudades españolas más en las que la contaminación del aire está adquiriendo proporciones peligrosas para la salud, según vienen denunciando las organizaciones ecologistas desde hace tiempo.

Porque lo que pasa estos días en Madrid y en Barcelona ––o sea, que es peligroso respirar el aire–– no es ni nuevo, ni exclusivo de ambas grandes ciudades españolas. Hace muchos años que la “boina” que contradice el cosmopolitismo madrileño era visible desde la distancia para cualquiera que se aproximara a la ciudad desde cualquier punto cardinal. Lo mismo sirve para la Condal: la vista desde el Tibidabo, Collserola o Monjuic era similar a la de Madrid con boina. (No sé por qué en Barcelona no le llaman barretina).

En los tiempos en que José Antonio Maldonado empezaba a tomar el relevo de Mariano Medina en El Tiempo de TVE el culpable del asunto era el famoso Anticiclón de las Azores, en invierno. Ahora, varias décadas después, seguimos en las mismas: lo único que cambia es que ya no se referencia a ese archipiélago portugués la pérdida de calidad del aire que respiramos.

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Es lo único que se ha alterado en la gestión de lo que aspiran nuestros pulmones. Hemos visto como hasta en la supuestamente folclórica Italia se han impuesto medidas que, aunque no se las pueda calificar de drásticas ni radicales, impiden la circulación de determinados vehículos en determinadas circunstancias y en determinadas ciudades: Roma, Milán, Florencia… Parecidas cosas a las que hemos sabido del Londres gobernado por Ken "el Rojo" Livingstone, aunque luego viniera el conservador Boris Johnson a descedirle suprimiendo algunas restricciones al tráfico que pretendían mejorar el aire vital de los londinenses.

Mientras tanto, en España hemos seguido en general a la luna de Valencia, otra de las ciudades, por cierto, cuya calidad de aire ha levantado ya las alarmas de los grupos ecologistas sin que las autoridades locales se hayan inmutado lo más mínimo.

Preocupante y mucho es que no sólo en Madrid y Barcelona no se haya hecho nada durante décadas para combatir la contaminación atmosférica que aguantan sus ciudadanos, sino también que el propio desarrollo urbano de España coloque a otras urbes como Valencia, Zaragoza, Valladolid, etc. en peligro de ofrecer a sus habitantes poco más que suciedad para respirar.

El problema está más extendido de lo que se cree y cabalga a lomos del becerro de oro con motor de gasóleo o de gasolina cuyo uso y abuso ha sido favorecido por la ausencia de planificación de transportes colectivos rápidos y eficientes y de entornos urbanos realmente habitables y no especulativos. Espoleado el animal por la desidia municipal generalizada, ante la perspectiva de decretar impopulares restricciones, ha llegado muy lejos.

Las medidas que hay que tomar ––peatonalizaciones de centros urbanos, mejoras exponenciales de los sistemas de transporte público, priorización del uso de la bicicleta–– tendrán repercusión notable a largo plazo. A corto, apenas se pueden poner parches como el revertido y controvertido descenso de la velocidad máxima en la autopistas de acceso a Barcelona o la prohibición de circular en automóviles privados en determinadas circunstancias. Y han de ser obligatorias: ahí está el resultado de la amable petición que ayer martes hizo el alcalde Gallardón a sus gobernados para que dejaran su coche en casa.

En época preelectoral municipal en que estamos, a ver qué munícipe osa tomar el toro por los cuernos y gobernar de verdad en vez de prometer la luna para la próxima legislatura. En Madrid y en Barcelona llevamos décadas así, respirando bazofia en vez de aire. En otras ciudades estamos empezando ahora a sufrir lo mismo. ¿Servirán los límites fijados desde la Unión Europea para que algo mejore? ¿O será el fiscal coordinador de Medio Ambiente, Antonio Vercher, el único que intentará ponerle el cascabel al gato?