Palomares: Aprendamos de las malas experiencias

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Una delegación de técnicos de EEUU, junto con representantes del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT), cuando se preparaban, el pasado jueves, para visitar terrenos contaminados en Palomares. / Efe

Han pasado los americanos por Palomares al parecer en visita de cortesía, pues no han hecho sino saludar amablemente y despedirse. Se han ido sin aclarar, ni ellos ni su contraparte española, qué harán, quién lo hará, cómo lo harán, cuándo lo harán o ni siquiera si lo harán. O sea que el trabalenguas sirve para dejar claro que todo sigue igual de momento en las 41 hectáreas manchadas de plutonio que el accidente de tres aviones cargados con bombas nucleares dejó en tierra almeriense en 1966.

El solo anuncio de la venida de la misión americana hace meses que desató la fiebre de la búsqueda de uso para esos terrenos que seguirán contaminados por el plutonio de las bombas, a no ser que alguna vez el descontaminador apareciera para hacer su trabajo. Esa búsqueda desembocó en una propuesta que revela la disyuntiva de desarrollo sostenible en que nos encontramos: o no hemos aprendido nada, o estamos dispuestos a aprenderlo.

Se ha contado colateralmente y como sin darle importancia lo que quieren las fuerzas vivas del municipio de Cuevas de Almanzora que se haga en la pedanía de Palomares para cuando, hipotéticamente, se limpie el solar patrio y quede apto para la ocupación humana. En un alarde de imaginación, a los que gobiernan el pueblo de la bombas atómicas no se les ha ocurrido otra cosa que un parque temático para ocupar el terreno ahora contaminado.

Vamos a no engañarnos: No proponen un parque temático al estilo del que a muchos se nos viene a la cabeza cuando oímos las dos palabrejas juntas como talismán y garantía de negocio futuro. No, no se trata de un macrorrecinto de atracciones como los que ya han fracasado suficiente y fehacientemente toda España ––Isla Mágica (Sevilla), Port Aventura (Tarragona), Terra Mítica (Benidorm)––, rodeado de grandes construcciones turísticas y, si puede ser, algún que otro campo de golf.

Por una vez, y que sirva de precedente, se quiere hacer algo diferente y de mejor uso. Parque de las Civilizaciones quieren llamarle y así ha sido presentado. Nada que ver, todo hay que decirlo, con la famosa Alianza, cuya reanimación se pretende ahora.

El planteamiento del Parque de Civilizaciones no es ultranovedoso ––recordemos el modesto Dinópolis, en Teruel––, pero sí es innovador y especialmente lo es en la zona sureste española donde tan pocas neuronas se han gastado en proyectos sostenibles y de futuro y, por el contrario, se va desde hace años al cortoplacismo fácil de desarrollos urbanísticos de ladrillo, golf, mucho gasto de agua y ocupación extensiva del territorio. Ahí, muy cerca de Palomares, en la misma provincia de Almería, sigue paralizado sin que nadie se atreva a derribarlo el hotel de El Algarrobico.

Ojalá que el Parque de las Civilizaciones Mediterráneas y sus Tecnologías sea más acorde con las intenciones expresadas por sus creadores que con su rimbombante apelativo, y podamos decir que hemos aprendido a no repetir malas experiencias.

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