Monterrey no es Ciudad Juárez… ¿Todavía?

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Expertos forenses y militares, durante las tareas de retirada de los cadáveres del bar de Monterrey (México) donde un grupo de sicarios asesinó este viernes a 20 personas. / Juan Cedillo (Efe)

Monterrey no es Ciudad Juárez. Todavía, diría un agorero. Pero en algunas cosas se le va pareciendo. En las peores. Un grupo de sicarios asesinó a 20 personas el viernes por la noche en “El Sabino Gordo”, un lugar de diversión en el centro de la capital del norteño estado de Nuevo León. Llegaron en coche, se bajaron y empezaron a disparar. Los tres primeros muertos cayeron sobre la acera. El resto, en el interior del local. Hombres y mujeres. Ciudadanos normales y corrientes.

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Muy pocas horas antes de la carnicería en esa table dance (barra americana), en la que murieron camareros, clientes y bailarinas, la Alta Comisionada de la Naciones Unidas paa los Derechos Humanos, la surafricana Navi Pillay, había dicho en el Distrito Federal que “el crimen organizado, con sus acciones y métodos brutales, amenaza el corazón profundo del Estado y ataca los derechos fundamentales básicos que con ahínco aún nos esforzamos en proteger”.

Como si hubieran entendido esas palabras como una provocación, los sicarios de los narcos irrumperon casi inmediatamente en el tugurio de Monterrey, mil kilómetros al norte de la capital, tercera ciudad del país y con una potencia industrial que supone casi el ocho por ciento del PIB federal.

Todas las voces coinciden de que lo sucedido en Monterrey es un hecho sin precedentes en la industriosa capital de Nuevo León, donde los hechos luctuosos a cuenta del narco venían registrando una cierta escalada en los últimos meses. No obstante, residentes en Monterrey contactados por teléfono aseguraban ayer por la mañana que llevaban una temporada relativamente tranquila, pues desde el pasado mes de mayo no se había producido ningún nuevo bloqueo en la ciudad.

Los sicarios roban a punta de pistola, subfusil o ametralladora unos cuantos trailers y autobuses. Los llevan a alguna zona comercial de la ciudad y establecen con ellos un cerco, bloqueando las calles. En pocos minutos roban a mano armada a cuantos comercios pueden. Quizá maten a alguien. Después, rápidamente, se dan a la fuga. En eso consiste la actual acepción mexicana de la palabra bloqueo.

Esos residentes regiomontanos mantienen que la situación no es la misma que en la fronteriza Ciudad Juárez, más al norte, donde los narcos y sus sicarios dominan más o menos a las claras la ciudad y han provocado incluso un éxodo al norte, pues justo al otro lado de la raya mexicana está El Paso, la ciudad más segura de todo Estados Unidos.

Pillay, la Alta Comisionada, también fue explícita a este respecto. “Hago un llamamiento a Estados Unidos , señalado como el principal consumidor de drogas y abastecedor de armas dentro y fuera de México, para que haga un esfuerzo adicional para que el pueblo de este país esté seguro”, dijo.

Coincidentemente, la nueva barbarie en Monterrey vino a ocurrir también pocas horas después de que el presidente Felipe Calderón acordara con su colega chileno Sebastián Piñera, de visita en México, el intercambio de información de inteligencia y tecnología para combatir el narcotráfico. Aún resonaba el palmeo en las espaldas de ambos dignatarios, cuando los disparos en Monterrey vinieron a mostrar el callejón sin salida al que muchos mexicanos creen que ha conducido la estrategia de guerra al narcotráfico iniciada por Calderón en 2006 y que, de momento, arroja un balance estimado de unos 40.000 muertos y un número indeterminado de desaparecidos.

La capital de Nuevo León no es, efectivamente, Ciudad Juárez. Pero si el adverbio aún debe añadirse a la frase es algo que, desde el viernes por la noche, empieza a preocupar a los regiomontanos. Junto a esa tragedia, aparecieron otros once ejecutados en un solar del Valle de Chalco, en el Estado de México (Edomex), que circunda el Distrito Federal. Y la vida sigue, a pesar de todo.

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