Memoria de tres bandoleros a la sombra del Cerro Fitz Roy

Embarcaciones fondeadas en el puerto de Ushuaia, al anochecer. / José Luis Vidal Coy

La aparente suavidad marina de Ushuaia y Tierra del Fuego queda bien atrás física y mentalmente apenas se cruza hacia el norte el Estrecho de Magallanes. El paisaje se torna agreste, estepario, luminoso, muy lejos de la tranquilidad nocturna a orillas del Beagle, donde en un magnífico galpón, El Almacén, dan un excelente vino joven de uva shiraz aclimatadada fueguina y etiquetado «Xumek». Ya en Patagonia, el cuerpo pide algo más fuerte, acorde con el duro entorno. Continúa aquí, eso sí, la preeminencia de la toponimia anglosajona, italiana, alemana… Perdidas quedan como en la Isla Grande fueguina las referencias a los primigenios pobladores yamanás, onas, mapuches, tehuelpes, patagones.

Si el cambio extranjerizante del nombre del canal que surcaban las canoas yamaná fue debido a una aventura trascendentemente exploradora y científica, más al norte hay conciencia de que la alteración fue causada por el exterminio premeditado y políticamente decidido de los indios sureños. Influido probablemente por la percepción de Charles Darwin de que los fueguinos eran bastante menos que homínidos, indignos de ser considerados personas, el presidente Nicolás Avellaneda inició en el último tercio del XIX la Conquista del Desierto, que casi hizo desaparecer a los indios de Patagonia para acoger a cuantos migrantes europeos quisieran tener un lugar al sol de la nación argentina. Ya habían quedado los nativos suficientemente diezmados por las enfermedades y costumbres importadas por el hombre blanco antes de que el general Julio Argentino Roca dirigiera la campaña decidida por el jefe del Estado. Casi sin solución de continuidad, Roca ocupó la Tierra del Fuego durante sus presidencias (1880-86 y 1898-1904) siguientes a la de Avellaneda.

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El autor del reportaje, ante los cerros Fitz Roy (a la derecha) y Torre (en el centro). / J. L. V. C.

Así que la tarea europeizadora en que se empeñaron ambos no fue difícil ni larga. A Charles Darwin habría que pedir cuentas por la idea original que se le atribuye, quizá tergiversada, y que sirvió de justificación moral a los conquistadores del lejano sur americano. El resultado es comparable al obtenido por los anglosajones en las llanuras del América del Norte, aunque menos panegirizado. Si estableciéramos que el emblema del cambio toponímico en Tierra del Fuego es el del Canal del Beagle, en la Patagonia el símbolo sería el trueque de «Chaltén» por «Fitz Roy«. La sombra del comandante del bergantín inglés es bien alargada. Ese doble apellido de resonancias nobiliarias usurpó el lugar en la montaña rocosa más destacable de la Patagonia argentina, conocida por los indios como «Chaltén» y rebautizada a finales del XIX con el nombre del capitán inglés.

Más o menos un siglo después, en 1985, se fundó bajo la sombra de la mítica roca la que sigue siendo la población argentina más joven recuperando el nombre perdido: El Chaltén. Para llegar aquí hay que dejar atrás un inmundo lugar podrido por el turismo de llego-hago-la-foto-me-voy, donde el matrimonio Kirchner se construyó una residencia veraniega nada monumental cuando el fallecido Néstor era gobernador provincial de Santa Cruz. Dejo el nombre, El Calafate, y a otra cosa más interesante.

Porque para alcanzar El Chaltén, que tiene apariencia de poblado de western gringo o spaghetti, hay que cruzar también territorios donde una vez camparon por sus respetos a lomos de caballo bandidos de otras latitudes, camuflados en la marea migratoria auspiciada por Avellaneda y Roca.

Hubo sorpresas. Fue espectacular la que se llevó la familia Jensen en 1905. Eran ellos emigrantes daneses que veinte años antes habían creado lo que en España llamaríamos «venta caminera» para atender a los pastores que cruzaban en barcazas sus ovejas el río La Leona, junto al que fue atacado por un puma hembra el explorador y científico argentino Francisco P. Moreno, nombre bien conocido por las manadas de turistas de El Calafate gracias a un famosísimo glaciar. En ese cruce de ganado donde ahora hay un puente está el paradero La Leona, que es donde los Jensen se quedaron de piedra al reconocer en las fotos que les mostraba la policía a su querido trío de huéspedes de varias semanas, que  no eran otros que Sundance Kid y su esposa Ethel Place acompañados por Butch Cassidy.

Aire no les debió faltar para reponerse del susto: La Leona está en medio de ninguna parte azotada de continuo por el vendaval patagónico. El trío había atracado la oficina del Banco de Londres y Tarapacá en Río Gallegos, al este sobre el Atlántico, y se hicieron pasar por inocentes emigrantes de camino a Punta Arenas, en la costa de Chile.

Hay trazas y leyendas de los tres no sólo en Argentina, sino igualmente en Chile y Bolivia tras la huída de Estados Unidos, donde se habían hecho demasiado famosos para lo que se pueden permitir los delincuentes. A las estepas patagonas llegaron, además, en la época bandoleros latinoamericanos que ensanchaban su campo de acción para huir de la justicia. Pero esa es otra historia.