Vuelta al Campo de Hielo Sur: salir de un país para no saber si se entra en otro

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El nevado Volcán Lautaro, a la izquierda, contiguo al Cordón Pío XI, ambos flanqueados por glaciares de lengua que, de norte a sur, confluyen en la zona más ancha del Campo de Hielo. / J. L. Vidal Coy

Las fronteras son estúpidas. Innecesarias. Las más de las veces, dividen, que es para lo que están pensadas, en vez de unir, a pesar de que pretendan hacernos creer lo contrario. Ese es uno de los empeños del capitalismo más actualizado, "moderno", y lo vemos en la vieja Europa (Unión Europea) y en la nueva Amércia (TLCs). Aunque se use torticeramente, la aparente supresión de límites consagra el beneficio de unos pocos que acumulan las riquezas en perjuicio de otro muchos que solo quieren ser libres y vivir felices. Han sido y son, pues, muy dañinos los límites territoriales cuando han sido usados por algún poder hegemónico, colonial o imperial en su exclusivo interés. Ahí están las ominosas consecuencias del tiralíneas separador aplicado en Oriente Medio. O las salvajadas derivadas de esas líneas africanas que convirtieron a tutsis y hutus en dominadores y dominados. O viceversa.

Pero los estados siguen empeñados en tratar y usar las fronteras irracionalmente. Y en determinar inflexiblemente los tiempos de estancia a uno y otro lado de ellas ¿Qué sentido tiene la recta línea que parte en dos, de norte a sur, o de sur a norte, la Isla Grande de Tierra del Fuego? La respuesta es obvia. Para delimitar los intereses de los estados chileno y argentino. Hay otra raya escrupulosamente respetada y nada discutida desde que se estableció, por más que sea provisional. No muy lejos de la tierra fueguina, al norte, hacia la Patagonia, se puede encontrar otro ejemplo si cabe más palmario de la inutilidad real de las marcas que los estados imponen.

Hay que seguir el típico trámite burocrático fronterizo para ingresar al Campo de Hielo Patagónico Sur antes de pensar en superar los mil metros de desnivel del Glaciar Marconi para "montarse en el yelo". O sea, que hay que pasar por el puesto de la Gendarmería argentina en El Chaltén para sellar el pasaporte con "salida". Se equivoca quien imagine que, después del día de marcha de aproximación hasta el Lago Eléctrico y una segunda jornada hasta lo alto del glaciar, los carabineros chilenos lo van a estar esperando en el Paso Marconi, entrada al Hielo Patagónico, para estampar la consecuente "entrada" con aquella "salida".

Al entrar al Campo tras el Paso Marconi, se cambian los crampones por las raquetas de nieve, al tiempo que uno se pregunta dónde queda la frontera. / J. L. Vidal Coy

Allá arriba, tras el paso, solo aguarda la inmensa belleza solitaria del Yelo, con la única compañía de quien con uno va y los picos de las cordilleras que a este y oeste encierran la monumental lengua helada de varios cientos de kilómetros de longitud y decenas de brazos. Si el sello estampado en El Chaltén no miente, se está ya en territorio chileno. Pero no hay traza alguna que lo confirme o lo desmienta ni, por supuesto, carabinero a la vista dispuesto a dejar la correspondiente marca impresa en el pasaporte, que se ha quedado a buen recaudo en El Chaltén, para certificar el ingreso en la tierra vecina.

Naturalmente, tampoco ningún gendarme argentino ha subido hasta el Paso Marconi para confirmar que efectivamente el viajero ha egresado del país. Así que uno no puede menos que imaginar el cruce fronterizo. Sin embargo, con el sobrecogedor desierto helado plagado de grietas a la vista lo que menos importa es el recuerdo del vacuo trámite burocrático que reafirma la autoridad del estado y autoriza a iniciar la marcha desde la llanura.

Lo que cuenta, entonces, es la alegría de poder disfrutar, siguiendo hacia el sur, de uno de los espectáculos naturales dignos de ser visto, comparable a una travesía antártica, hasta llegar al Paso del Viento, casi treinta kilómetros más allá, previa estancia en el Circo de los Altares, que ofrece la inenarrable visión de la cara oeste del Cerro Torre con su helado copete. Junto a él, la contemplación de la Torre Egger, la Punta Herrón, el Cerro Standhart y la Aguja Bífida --míticos objetivos de los escaladores de primera línea-- es el premio de mitad de camino del Campo de Hielo.

El Circo de los Altares, con el Cerro Torre encopetado de hielo, a la derecha. / J. L. Vidal Coy

Antes de llegar al circo y después, se van viendo hacia el oeste, allí donde las formalidades indican que es Chile, el aislado volcán Lautaro y el Cordón (cordillera) Mariano Moreno con su media docena de cumbres nevadas. Detras de esa línea, esta sí, natural están los fiordos chilenos.También muy poco trecho antes de alcanzar el circo, el GPS habrá contado que se ha salido de Chile y se ha vuelto a entrar en Argentina, sin rastro aparente de autoridad competente y supuestamente pertinente.

¿A quién le importa? Desde luego, solo a los gendarmes expertos en rescates que aguardan en El Chaltén hasta que día más tarde el viajero vuelve allí para que le estampillen la nueva entrada en la Patagonia argentina. Sin ella, no podría abandonar de nuevo el país, a pesar de que he "salido" y el vuelto a "entrar" sin haber consecuentemente "entrado" y "salido" oficialmente de ningún otro país. Al menos así queda constatado en el pasaporte. El estado ve su función justificada con este tránsito fronterizo fantasmagórico. Cosa que queda tan atrás como si se hubieran saltado varios siglos, atrás o adelante, en el túnel del tiempo una vez traspuesto el Paso Marconi. A partir de ahí, sortear las grietas, luchar contra el viento, no pasar mucho frío y superar el cansancio para gozar del espectáculo helado es lo único que verdaderamente importa.

Da igual que, a pesar del acuerdo bilateral chileno-argentino de 1998 sobre la zona de El Chaltén, la frontera siga pendiente de demarcación definitiva: es necesario que ambos estados impongan, uno a cada lado, su impronta burocrática que justifica su presencia en el lugar. Afortunadamente, la naturaleza tiene otras leyes. Y ella sufre a veces, junto a los humanos, las consecuencias del caprichoso afán limitador estatista. Por muchos sellos que hayan de ser estampados, nada empaña el disfrute de la "Vuelta al Yelo". Y al final, la duración de la aventura viene impuesta solo por los elementos atmosféricos, por la naturaleza. No por la burocracia.

1 Comment
  1. nidea says

    muy ,muy bueno.buenisimo.

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