De Botsuana a la ‘piel de toro’, cada uno caza de acuerdo con sus posibilidades

El rey posa con otro cazador en medio de dos búfalos africanos abatidos durante una cacería celebrada en 2006. / rannsafaris.com
El rey Juan Carlos posa con otro cazador en medio de dos búfalos africanos abatidos durante una cacería celebrada en 2006. / Imagen publicada en la web de rannsafaris.com

No nos engañemos. El asesinato es uno de los deportes preferidos en España. Afortunadamente para todos,  después de los años negros de la Oprobiosa, como narró Paul Preston en El Holocausto Español el año pasado, la caza pasó a ser solamente de animales no racionales. Pero sigue siendo asesinar, si leemos la primera acepción del verbo en el DRAE: “1. tr. Matar a alguien con premeditación, alevosía, etc.”.

Esto es lo que hay. Por eso, muchos de los que se escandalizan con razón por la última y flagrante metedura de cadera del actual Jefe del Estado español también deberían recordar que más de medio millón de nacionales practican con licencia ese absurdo “deporte” consistente en matar por placer a animales indefensos. Ya toqué este asunto hace tiempo y me trajo algún disgustillo, pero soy reincidente y me regodeo en ello.

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A muchos les parece, además, que es digno de ser elevado a la categoría de Patrimonio  Cultural Inmaterial de la Humanidad (¡) el espectáculo de la matanza pública y programada, es decir, con premeditación y alevosía, de un astado al que se ha torturado previamente para disminuir su poderío físico de modo que el animal racional arriesgue en proporción inversa al castigo anterior, para así dar muerte con estoque al desdichado irracional. A eso llaman Fiesta Nacional, ensalzada por insignes cronistas progresistas incomparables con Chaves Nogales. ¿O sí? Escoja cada cual.

Entonces, ¿a qué extrañarse de que el baranda máximo del Reino de España se permita asesinar seres vivos en proporción directa a su poder adquisitivo, como hacen otros muchísimos ciudadanos – quizá súbditos– en la misma proporción con pajarillos, perdices, codornices, conejos, liebres, corzos, venados, jabalíes, ciervos, arruis…?

¿A cuento de qué rasgarse las vestiduras por la última caída real si luego estamos dispuestos a pagar 60, 90, 150, o 200 euros por  un asiento más o menos preferente, también en proporción directa a su precio, en un circo donde el olor a sangre, jamón y vino pone cachondos a machos ibéricos y hembras engalanadas como caballos de feria?

Una última pregunta retórica, pero no menos importante. ¿Ha sido Juan Froilán de Todos los Santos el único niño español menor de 14 años que ha empuñado y disparado un arma? Dénse una vuelta por los clubes de cazadores y oirán cómo los prepotentes patriarcas presumen –en voz baja mientras están serenos, de forma estentórea a la cuarta copa– de las habilidades que sus tiernos retoños ya muestran con la escopeta.

En este país, que algunos llaman la piel de toro, hemos llegado en nuestro pasado reciente a importar sujetos de caza y muerte para crear artificiales reservas cinegéticas en espacios protegidos, caso del muflón del Atlas, también conocido como arrui. Como si no tuviéramos bastante con nuestras cabras montesas. Abatir uno de aquellos seres foráneos a tiros cuesta unos cuantos cientos de euros, no tantos miles como un paquidermo africano: cada uno se paga lo que puede. Los chiquillos solo tiran a pájaros en los árboles con escopetas de un perdigón, como las de las ferias. Los mayores, ya sabemos.

Como el monarca puede más, porque se lo pagamos entre todos con nuestros impuestos, pues mata más grande. Está por ver que este asunto sirva para darle la puntilla (con perdón por el taurinismo) a una institución obsoleta. Por lo que valga. Pero no nos engañemos.