Para ‘apagar los incendios en invierno’ hay que conservar los bosques todo el año

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El miembro de una patrulla que trabaja en un cortafuegos se protege de las llamas tras una roca. / magrama.gob.es

El anticipo de fuegos veraniegos que pasamos hasta hace un par de semanas en Galicia, Castilla y León y Pirineos, especialmente, hace recordar ese dicho convertido en máxima por los ingenieros de Montes: los incendios se apagan en invierno. Cuando dentro de muy pocas semanas terminen los episódicos fríos primaverales, las montañas volverán a vérselas con el enemigo veraniego por antonomasia.

Para entonces, quizá en algunos lugares se haya roto la tendencia general a dejar los montes abandonados a su suerte, no empleando recursos ni dedicando mano de obra y maquinaria a prepararlos para el estiaje. Por eso, y más en tiempos de escasez económica, aparecen como aparecen cuando llegan los calores: hasta arriba de yesca que no se ha retirado.

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En Montanuy, el municipio oscense que sufrió el tremendo incendio en el valle de Castanesa, que duró un mes y arrasó mil novecientas hectáreas montañosas a las puertas del parque nacional Maladeta-Posets y del Valle de Arán, están esperanzados con la intención del Gobierno aragonés de mejorar legalmente el acceso a los montes de forma que su limpieza y mantenimiento evite dificultades añadidas ante un suceso como el de marzo pasado impida la acumulación de grandes cantidades de combustible leñoso.

En lo que llevamos de año, solo en Cataluña se han producido 230 incendios que han quemado más de 1.500 hectáreas en Cataluña, siete veces más tierra que en todo 2011. En Aragón contaron 2.8000 hectáreas quemadas de enero a marzo. En España se puden producir hasta 20.000 incendios forestales de muy diversa gravedad cada doce meses. La magnitud del problema es importante.

Los planes de limpieza de montes existen. Muchos ayuntamientos y diputaciones los han tenido consignados en sus presupuestos desde hace décadas. Sin embargo, son de los primeros apartados que se caen de la planificación general de cualquier administración apenas se entreven las primeras dificultades económicas. En unas zonas es más observable que en otras.

En ocasiones, recorriendo las montañas se observa un cambio repentino del estado de los montes al pasar de una cañada a otra, o al cambiar de pendiente. La explicación es no por sencilla menos ridícula: simplemente se ha cambiado de municipio o de provincia y en el entorno queda marcada así la mayor o menor dedicación presupuestaria a la conservación. En esa labor es fundamental lleva la creación o mantenimiento de cortafuegos que produce como efecto inmediato la posibilidad del aprovechamiento de la biomasa de la madera, que es retirada del bosque para mejorar su estado y su crecimiento.

Todo esto no basta. Como señaló el informe sobre incendios forestales de Greenpeace en 2011, “es necesario elevar al sector forestal al nivel de sector estratégico dentro de un nuevo modelo económico que reúna creación de empleo, reequilibrio territorial, generación de riqueza y conservación del medio ambiente”. Sin embargo, nada de eso parece que esté siendo tenido en cuenta cuando se habla de la futura salida de la crisis o de la recuperación económica por llegar. Simplemente, planificando la puesta en práctica de la máxima de apagar los incendios en invierno se avanzaría mucho en este terreno.

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