La gota fría y una nueva sequía vuelven a pillar a España desprevenida

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Reserva de agua en Cespedosa, Salamanca. / Efe

Por mucho que llueva este otoño ––y desde luego no como lo hizo a final de septiembre en el sureste y levante con el resultado de al menos diez muertos––, va a ser difícil que se revierta la actual situación de sequía. El pasado 1 de octubre empezó el nuevo año hidrológico con esa perspectiva. La cantidad de agua en los embalses señala que lo almacenado puede llegar a ser insuficiente para que haya normalidad en los abastecimientos y regadíos dentro de unos meses, quizá para la primavera, el verano: quién sabe.

Con esa previsión y, salvo que las prospecciones fallen clamorosamente, se extiende el temor a que se confirmen los augurios de sequía para el próximo año hidrológico y también para el natural. Los datos del año hidrológico que terminó el pasado domingo día 30  muestran que ya estamos en situación de prealerta de suministro.

Como ya no cuela lo de encomendarse a los cielos para que llueva, desde unos sitios se reinicia la petición de que se construyan nuevos trasvases y desde otros se reclama que termine alguno que funciona desde hace décadas. Parece que estamos en el prólogo de otra guerra del agua entre comunidades autónomas.

Las desaladoras y desalinizadoras de la costa mediterránea han evitado que en el verano recién acabado se registraran problemas de abastecimiento humano. Los pozos de sequía también ayudan a paliar mínimamente la escasez lejos del mar. Pero en la ecuación sigue sin figurar un elemento que ayudaría a conseguir el equilibrio entre demanda y existencias disponibles: la explotación racional y planificada de los acuíferos confinados, que deben ser considerados como disponibles para el uso humano.

Hay quien lo viene diciendo desde hace algún tiempo. De hecho, la USGS (United States Geologycal Survey, del Departamento de Interior) establece en su página web que el 99% del agua directamente utilizable por el hombre en el planeta Tierra es subterránea y el 1% no, es decir, es agua superficial. De este uno por ciento, los lagos son el 0,86% y los ríos el 0,02%.

No es Estados Unidos el único país que evalúa los acuíferos confinados -aquellas aguas subterráneas renovables no conectadas con humedales, ríos y lagos – a la hora de realizar la planificación hidrológica. También lo hacen Alemania, Franica, Reino Unido, cuyo UK Groundwater Forum ofrece un gráfico explicativo muy preciso sobre lo que son esos depósitos de agua. Aquí, en España, se hacen los planes sin contar con ese agua subterránea de los acuíferos confinados y que es directamente utilizable por el ser humano. No hay noticias de que se piense cambiar esto.

Por eso, “no es serio hablar de sequía y cómo paliarla mientras no sepamos cuánto tenemos en los acuíferos confinados”, asegura Francisco Turrión, hidrogeólogo de la Confederación Hidrográfica del Segura (CHS) y que por su trabajo conoce perfectamente los grandes depósitos de agua subterránea que existen bajo las tierras del Sureste sufridor de aridez y sequía.

Precisamente, en esa zona tan azotada por la falta de agua de lluvia y ríos se han solventado situaciones mediante la apertura de pozos. Pero se ha hecho de una manera puntual y para salir del paso, “sin abordar una planificación que debe empezar por un estudio para saber cuánta agua hay en los acuíferos confinados de toda España”, añade.

Mientras no se haga, será imposible hacer una planificación adecuada a los recursos reales y no utilizados, pero utilizables dentro de los límites de la sostenibilidad para evitar la sobreexplotación de recursos. Y así, unos preferirán seguir rezando mientras otros siguen llenando el paisaje de mastodónticas obras para mover el agua de superficie de un lugar a otro. Aunque haya quedado demostrado en la primera gota fría del otoño que nos acaba de azotar, algunas presas, como la de Puentes en Lorca, han evitado males mayores.


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