«En Altar pasa de todo, desde tráfico de personas y órganos hasta trata de blancas»

Ambrosio, Adela y Cindy (de izda. a dcha.), en la entrada al centro de migrantes de Altar (México). / José Luis Vidal Coy

– Disculpe, señor. ¿La carretera de Sásabe?

– ¿Usted va solo?

– Sí, ¿por qué?

– Pues ni se le ocurra. Es muy peligroso. Debe acordar con los de las vans (furgonetas).

Ambrosio Camasí Castro, de 44 años, sabe de lo que habla. Y no se refiere a la recomendación de no viajar de noche por la zona para evitar caer en un “falso retén” y ser carne de secuestro. Ambrosio ha pasado ilegalmente a Arizona desde Altar (norte del estado mexicano de Sonora) cinco veces en los últimos años. “Trabajo una temporada. Gano bien. Cuando me canso, me hago agarrar por la migra (policía), me deportan en camión (autobús) a México y vuelvo a Guatemala o me quedo por acá un tiempito”. Es un resumen de su vida en la última década. Hoy está de vuelta en Altar junto con Adela Hernández, de 45, y Cindy Velázquez, de 23. “La culpa de que ellas dos estén aquí es mía. Me oyeron comentar en Guatemala Sity que con los gringos se gana bien y dijeron de venir conmigo”. Las dos mujeres asienten pero no hablan. “Claro que es peligroso. Yo ya sé con quién debo y no debo” ir hasta la frontera. La última vez no tardó mucho en pasar la línea, unos seis o siete días, explica.

Porque una buena parte del negocio de las mafias que los acercan a la frontera para que los polleros los guíen al otro lado es el tiempo que pasan en desierto esperando a cruzar. Pueden ser varios días o incluso alguna semana o más. Mientras, bajo un sol de justicia durante el día y frío helador por la noche, como corresponde a todo desierto que se precie, deben pagar por mala comida y agua en no muy buenas condiciones cada día.

“Les dicen que el paso depende de la actividad de la Border Patrol al otro lado, pero no es verdad: los retienen para sacarles el dinero. Cuantos más días tarden, más pagan”, explica la hermana Carmen, una argentina veterana de misiones que es una de las dos monjas que trabajan con el padre diocesano Héctor en el Centro Comunitario de Atención al Migrante y Necesitado (CCAMYN) de Altar.

Las instalaciones tienen unas 40 literas para hombres y otras tantas separadas para mujeres. Admiten a los migrantes al caer la tarde. Pueden asearse en las duchas, cenar y domir. A la mañana siguiente vuelve a la calle, a ver cómo les va. Ni siquiera en los días que está lleno atiende una mínima parte de quienes van a la línea fronteriza. Y muy pocas mujeres. Las guatemaltecas Adela y Cindy son la excepción. “Ellas vienen ya muy controladas por las mafias desde bien al sur, hasta de Guatemala”, con el destino escrito. Pese a esa ausencia femenina, “como poco deben salir unas doscientas o trescientas personas cada día hacia la frontera en los vans”, asegura la monja Misionera del Sagrado Corazón de Jesús.

Para partir hacia “la pura linita”, se acercan a la plaza de Altar, junto a la parroquia, y merodean por allí hasta que contratan viaje en una de las furgonetas que controlan las mafias y que tienen la “exclusiva” del transporte hasta “el Sásabe”, como llaman aquí a la zona desértica fronteriza en los alrededores de la localidad aduanera de ese nombre, enfrente de otra homónima del lado gringo.

“Está todo muy organizado”, continúa la hermana Carmen. “Nada es improvisado. Las furgonetas que les dan el aventón tienen hasta número de serie visible. Unas cuestan más que otras, depende de que vayan muy hacinados o no”, en grupos de diez, doce, dieciséis y hasta veinte por vehículo.

Hasta en los cruces ilegales hay clases. “Pagan más los que tienen que andar menos”, dice la monja. También distingos por nacionalidades. Los mexicanos pagan unos 3.500 pesos mexicanos (unos 230 euros) sólo por el viaje de un par de horas hasta el lugar donde las mafias los aposentan a la espera del supuesto momento oportuno para que los polleros o coyotes hagan su trabajo.

Luego, tienen que pagar por una paupérrima manutención mientras esperan a la intemperie, todo lo más cobijados bajo un árbol, su día de cruce de la línea. Cuantos más días pasan esperando, más pagan. Los centroamericanos llegan a desembolsar el equivalente a 2.500 euros por todo el “servicio”, asegura Carmen. “Los últimos de los que supimos el jueves de la semana pasada tuvieron dos semanas de espera; otros tardan un mes”, dice una de las dos jóvenes empleadas en CCAYM que prefiere que su nombre no se publique. Ambrosio lo corrobora, aunque se resiste a dar números exactos de lo que le han costado los cinco cruces que lleva a sus espaldas: “mucha, mucha lana se paga”, dice.

También hay privilegios. Son los que tienen los conocidos como “migrantes exóticos”. Esos no pasan por el CCAMYN ni por ninguno de los moteluchos que festonean las carreteras de los alrededores de Altar. Son gentes de diversas nacionalidades, se habla hasta de brasileños y chinos, con familia en Estados Unidos y visados denegados una y otra vez. Los cincuenta mil dólares que puede llegar a costarles un pase seguro de la frontera tienen como compensación alojamientos en buenas casas y traslados casi unipersonales, como si de taxis se tratara. “Por Altar hay pocos de esos”, precisa Carmen, “porque esos cruces son más sencillos por mar, desde cerca de Tijuana, en buenas barcas de recreo”.

Furgonetas para el transporte de emigrantes hasta la frontera, que controlan las mafias, alineadas en un lateral de la plaza de la iglesia de Altar. / José Luis Vidal Coy

Los otros, el común de los migrantes, deben saltar como condenados durante un par de horas dentro de las vans para cruzar la zona prohibida de unos 100 kilómetros de largo por otros 50 de ancho en que las mafias han convertido la separación de Altar de la frontera. Antes de que salgan del pueblo, sobre las dos o las tres de la mañana, el padre Prisciliano los ha bendecido en la parroquia y encomendado a Dios para que no mueran en su aventura.

Sólo algunos naturales del pueblo no relacionados con el negocio migratorio pueden aventurarse en la zona de control de las mafias, pero tienen que avisar. “Tengo un cuñado que va allá a por raíces de brachata y tiene que reportarse por teléfono o por radio, aunque no paga”, antes de salir en dirección norte, relata la empleada del centro.

Todo esto ocurre desde que, según Carmen, la mafia sinaloense de la droga tomó cartas en el asunto de la inmigración ilegal, que viene de muchas décadas, para aprovechar el territorio con ambos fines. Hace unos diez años. Desde entonces, han pasado a formar parte del paisaje urbano y rural. Todo es ilegal, por supuesto, pero “aquí ya lo vemos como una cosa muy normal”, informa la misma empleada. “Ellos andan en sus camionetas (todoterrenos) por ahí; todos los conocemos y se conocen”, agrega.

La hermana Carmen no lo ve, sin embargo, todo tan normal. Se indigna un tanto, a pesar de su larga experiencia, cuando se le pregunta cómo es que el negocio se realice con tal sensación de rutina, sólo alterada por esporádicas balaceras y sirenas de vez en cuando.

Y se explaya sin miedo: “El padre Prisciliano siempre dice que aquí no pasa nada, pero de todo pasa por la frontera: tráfico de personas, de bienes, trata de blancas... hasta tráfico de órganos humanos”. El asombro ante este último detalle encuentra explicación: “Aquí, en Altar, hay un médico que estuvo enjuiciado por tráfico de órganos, pero salió libre y sigue atendiendo a la gente como si nada”.

A media mañana, las furgonetas se pueden ver alineadas en el lateral de la plaza de la iglesia de Altar. La mayoría con un número de identificación y limpias, relucientes, como a la espera de clientes. Una foto poco disimulada atrae la atención sobre mí. Un fornido muchacho, rapado y con los brazos profusamente tatuados pregunta de qué va la cosa. Dice que es Alberto. Tiene 25 años. Es de Michoacán, no de Sinaloa afortunadamente. Ya pasó la línea hace un año. “Me agarró la migra en San José de California cuando manejaba tomado” (conducía bebido). Una semana de cárcel y “me regresaron en camión (autobús) por Tijuana”, capital de la vecina Baja California, junto a la costa del Pacífico. Va a intentarlo otra vez porque “allá estás bien, trabajas y ganas mucha lana”. Esta segunda vez le va a costar, dice, cinco mil pesos, motivo con el que justifica la petición de veinte de regalo. Porque, a diferencia del guatemalteco Ambrosio, Alberto no quiere volver ni “ser regresado” a su nativa Michoacán.


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