El tercer aniversario de Fukushima entorpece la ofensiva del ‘lobby’ nuclear

Miembros de Tokyo Electric Power (TEPCO) y periodistas con trajes y máscaras de protección durante su visita al control central de los reactores 1 y 2 de la planta de Daiichi en Fukushima (Japón) ayer lunes. / Toru Hanai (Efe)
Miembros de Tokyo Electric Power (TEPCO) y periodistas con trajes y máscaras de protección durante su visita al control central de los reactores 1 y 2 de la planta de Daiichi en Fukushima (Japón), ayer lunes. / Toru Hanai (Efe)

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Por mucho que se empeñen los representantes y voceros de la industria nuclear, Fukushima sigue pesando como una losa sobre la supervivencia del planeta. La planta nuclear accidentada tras el tsunami de principios de marzo de 2011 sigue siendo un problema de seguridad importante y no se han paliado mínimamente, ni mucho menos, las consecuencias del accidente nuclear más importante desde el de Chernobil (Ucrania), en 1986. 201 incidentes y 52.000 personas aún desplazadas por la radiactividad forman la punta del iceberg de un caso sin solución.

Hay que recordar aquel terrible desastre en territorio ucraniano pues a cuenta del actual conflicto se están jugando también cartas energéticas. No ha faltado quien haya señalado, como hizo el escritor Frederick Forsyth recientemente, que la potente Alemania de Angela Merkel sería más segura, energéticamente hablando, si no hubiera abandonado la producción de energía nuclear, porque el conflicto ucraniano la coloca en una situación inestable por su dependencia del gas ruso/siberiano que le llega por los oleoductos que cruzan Ucrania.

Coherente con esa línea, el escritor británico no duda en ensalzar “la revolución del fracking en EE UU” (sic) que ha hecho al centro del imperio “independiente” energéticamente, según él. Se utilizan, pues, los problemas de abastecimiento de gas y petróleo que pueden derivarse de la crisis ucraniana para volver los ojos a la producción de energía nuclear disminuida, en vez de apoyar la apuesta de la Comisión Europea de llegar al 27% de renovables en la producción energética de los 28 para el año 2030.

El brindis nuclear al sol no puede ocultar los fallos de seguridad sin resolver que se mantienen desde el accidente en Fukushima hace tres años. Solamente en el último mes hemos tenido noticias de una fuga masiva de agua radiactiva y de los titubeos del gobierno japonés del conservador Shinzo Abe para encontrar soluciones. Y en ese maremagnum de malas nuevas, el ejecutivo nipón se reafirma en su intención de acabar con el parón nuclear vigente y facilitar las formas de orillar los problemas de seguridad para que sus centrales vuelvan a producir energía atómica.

Se desinfla igualmente el globo que fue la gran esperanza blanca de los partidarios de la energía nuclear en Europa. La central finlandesa de Olkiluoto-3 ha entrado en 2014 en fase de colapso económico-industrial después de haberse pospuesto en cuatro ocasiones la terminación de su construcción y puesta en funcionamiento. Su inauguración hubiera representado el as en la manga del lobby pro-nuclear europeo ––sobre todo francés–– para contrarrestar el ostracismo al que la decisión del gobierno Merkel de desnuclearizar Alemania lo había llevado.

Queda claro en este tercer aniversario del desastre de Fukushima que los grupos de presión energéticos dificílmente renunciarán a sus objetivos de renuclearizar Europa. Lo siguieron intentando después del accidente de Chernobil en 1986 y así continúan a pesar del problema japonés sin resolver. Y ahora, con el riesgo que se cierne sobre el suministro de gas y petróleo ruso al núcleo duro de la Unión Europea por la crisis ucraniana, tienen nuevos argumentos. Aunque en el caso de España, que no tiene dependencia de ese suministro a través de Ucrania ––nos abastecemos de Argelia y otros países––, el caso de Garoña muestra que el Gobierno del PP está dispuesto a satisfacer las pretensiones del lobby eléctrico sin ningún problema.