¿Por qué no te callas, Catherine?

Catherine Deneuve
La actriz francesa Catherine Deneuve firma un manifiesto defendiendo la libertad de los hombres “a importunar”. / Guillaume Horcajuelo (Efe)

Esta semana un centenar de artistas francesas encabezadas por la actriz Catherine Deneuve, la escritora Catherine Millet y la cantante Ingrid Caven lanzaron un manifiesto desde una tribuna el diario Le Monde alertando sobre los excesos de las campañas contra los abusos sexuales. Especialmente sobre el riesgo de convertir una denuncia más que necesaria en una cruzada totalitaria y puritana y, aun peor, en una orwelliana policía de pensamiento que ordena callar a todo el que no está de acuerdo. “La violación es un crimen”, dice el manifiesto, “pero un coqueteo tenaz o torpe no es un delito y una galantería tampoco es una agresión machista”.

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«“Tú de esto no puedes opinar, porque eres un hombre”, es el mismo argumento que le hubieran adjudicado a cualquier antitaurino por no ser cuadrúpedo»

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Sabían que se exponían a un linchamiento público, puesto que muchas militantes feministas no han tardado en responder con estadísticas sobre las víctimas de agresiones machistas e incluso alusiones intempestivas a su simpatía con violadores, como fue el caso de Deneuve con Polanski. Las han llamado de todo, desde colaboracionistas a fascistas, aunque una de las acusaciones más peregrinas es tacharlas de francesas, cuando precisamente fue la Revolución Francesa la cuna del feminismo con adalides como Condorcet y Olympe de Gouges. Pero al menos, al tratarse de mujeres, les han contestado, ya que a menudo la respuesta desde los colectivos feministas más radicales consiste en una desacreditación fulgurante: “Tú de esto no puedes opinar, porque eres un hombre”. Es un argumento sin vuelta de hoja, el mismo que le hubieran adjudicado a Karl Marx por no currar en la mina o a cualquier antitaurino por no ser cuadrúpedo.

Ahora bien, la respuesta tampoco ha sido muy lucida, puesto que recurrir al insulto o repetir en voz alta las cifras intolerables de las violaciones y los asesinatos machistas no responde ni un gramo al grueso del artículo ni al peso de la observación principal: “Un coqueteo tenaz o torpe no es un delito y una galantería tampoco es una agresión machista”. Entre la falta de argumentos y la negativa a emprender un diálogo, las falacias se multiplicaron una tras otra, descendiendo al terreno personal o identificando el sintagma “coqueteo tenaz o torpe” con el magreo indiscriminado, el manoseo a traición y otras conductas inadmisibles que nada tienen que ver con un coqueteo tenaz o torpe. Una vez más se repite aquella escena que refiriese De Quincey, cuando en medio de una discusión a uno de los interlocutores le arrojaron a la cara un vaso de vino: “Eso, caballero, es una digresión. Espero su argumento”.

«A riesgo de participar como objeto de linchamiento, confieso que las puntualizaciones esgrimidas en el manifiesto me parecen bastante pertinentes»

Sí, a riesgo de participar como objeto de linchamiento, confieso que las puntualizaciones esgrimidas en el manifiesto me parecen bastante pertinentes. Y aun diría más: creo que meter en el mismo saco una violación y una grosería, una cuchillada y una palmada en el culo, no sólo es una gilipollez sino una absurda generalización que sólo sirve para amortiguar las legítimas reivindicaciones feministas. Que alguien tan repugnante como Harvey Weinstein acabe en la picota está muy bien, que otros personajes de trayectoria similar sigan por el mismo camino no merece más que aplausos, que las mujeres por fin se hayan atrevido a denunciar comportamientos inaceptables es quizá la mejor noticia que nos dejó un año bastante pródigo en calamidades. Pero de ahí a extrapolar que todos los hombres somos violadores en potencia o que un piropo inoportuno sea el preludio de una agresión o causa de acoso laboral va un abismo.

En un inextricable artículo donde se cuestiona la inmoralidad de las obras de arte perpetradas por hombres monstruosos (Woody Allen es para ella el paradigma de artista monstruoso), Claire Dederer expone sin ningún decoro “mi deseo de ejecutar y trocear a la mitad masculina de la humanidad, al estilo de Valerie Solanas“. Niños incluidos, me imagino. La histeria y el puritanismo llegan al extremo de solicitar una revisión de la historia entera del arte occidental, incluyendo a Homero, a Rubens, a Cervantes, y a Wagner. En el Maggio Musicale de Florencia se ha estrenado un montaje de Carmen de Bizet donde la protagonista mata de un tiro al maltratador don José. Supongo que lo siguiente será desbrozar de machismo toda la mitología griega (iba a quedar convertida en un fascículo) y proponer un final alternativo de Otelo donde Desdémona descabelle al moro celoso de una certera puñalada. De hecho, en 1824 Thomas Boulder preparó una versión corregida de las obras de Shakespeare donde, entre otras cosas, Ofelia moría accidentalmente. Con las buenas intenciones, advirtió Gide, sólo se consigue mala literatura. Aun admitiendo que Shakespeare, Wagner o Allen fuesen artistas monstruosos -admisión bastante peregrina, por decirlo suavemente-, la mejor respuesta a estos desvaríos puritanos la dio más de un siglo atrás Oscar Wilde cuando en Pluma, lápiz y veneno defendió a capa y espada la obra de un criminal convicto y confeso, Thomas Wainewright: “Que un hombre sea un envenenador no está en contra de su prosa”.