La novela histórica como desafío

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Agustín_García_SimónLa novela histórica sigue gozando de buena salud editorial, pese al retroceso general del sector y la cada vez menor exigencia del rastro diezmado de los lectores. Otra cosa bien distinta es encontrar en la vasta oferta actual de este género algún título destacable, no digamos ya arrebatador o imprescindible. Lo común y más frecuente es la necedad pretenciosa, la ucronía o el anacronismo, salpicados de escándalos sexuales o sangrientos más o menos imaginados; las tramas esotéricas alucinantes, los misterios imposibles, retorcidos hasta la náusea, de grandes hechos o personajes conocidos; historias disparatadas, en fin, o agradablemente simples en el otro extremo, muy habitualmente por debajo de la mediocridad. En estos prados (ésta es la clave de su éxito) pasta con avidez un público neoanalfabeto, pero muy sensible y atento a la burda propaganda mediática y digital. Por eso sorprende y llama la atención la autoría de este tipo de obras a cargo de auténticos historiadores, de gente con una larga y fecunda trayectoria de investigación y producción historiográficas, personas que han superado brillantemente las más rigurosas exigencias académicas de instituciones y centros verdaderamente prestigiosos. Es un hecho que, desde mi punto de vista, sólo se explica por una cuestión de divertimento o, más probablemente en nuestro autor, como desafío personal.

Es el caso de Ángel Alcalá (Andorra, Teruel, 1928), catedrático jubilado de Lengua y Literatura españolas del Brooklyng College de la Universidad de Nueva York; uno de los mejores conocedores de la historia de nuestro siglo XVI, de la Inquisición, heterodoxias, minorías religiosas, conversos, grandes figuras como Servet, los hermanos Valdés, Fray Luis de León, al que dedicó años de su vida en la espléndida, primorosa, histórica edición crítica de su proceso (El proceso inquisitorial de Fray Luis de León, 1991); y una larga lista de ensayos y libros reconocidos internacionalmente por su rigor y, no pocos, por su alcance y transcendencia. Hombre de curiosidad y vocación humanísticas, de aficiones muy diversas, como muestra su penúltimo libro, una delicada compilación y traducción de Poemas a la música y a los músicos en la literatura europea (2014), Ángel Alcalá nos regala ahora el fruto de sus últimos años de trabajo, una novela histórica que traspasa con creces los límites y exigencias del género, para convertirse en un fresco extraordinario de nuestro siglo XVIII: La infanta y el cardenal. La verdadera historia del matrimonio morganático de don Luis de Borbón y Farnesio y María Teresa de Vallabriga (Madrid, La esfera de los libros, 2015); una sombra iluminada de algunas de las miserias familiares más ulceradas de los primeros borbones españoles, desde el maniaco Felipe V hasta la entronización engañosa por Carlos III (si nos atenemos a las propias disposiciones del primero) de su hijo Carlos IV, aquel bobo cornudo que dejó de heredero, a su vez, una lacra que todavía nos escuece: Fernando VII.

En efecto, el recorrido de esta novela es tan largo como complejo. No tanto por el artificio de su trama, resuelto con sobrado oficio (el viaje de Madrid a Zaragoza de dos cercanos cortesanos de la viuda del infante don Luis, para comunicarle la muerte del maestro Boccherini, y el interés de uno de ellos en pergeñar de primera mano la biografía del fallecido Borbón, desarrollada con exquisito detalle a lo largo de la obra), como por la narración minuciosa y la descripción del ambiente del siglo que las envuelve. Hasta el punto de plasmar un panorama histórico crítico y novedoso, en que la verosimilitud de lo novelado y el rigor del escenario histórico explican los impulsos y motivaciones más oscuros de una corte que, siendo nueva franquicia de los usos de Francia, arrastra los lastres insuperables de la peor tradición española: la unión inextricable de los intereses del trono y del altar, pese a todas las protestas de regalismo de Carlos III; la prevalencia rancia, férrea, del Antiguo Régimen; los aires epidérmicos de la Ilustración del otro lado de los Pirineos, que aquí llegan como ligerísima brisa, casi un soplo contenido, inapreciable.

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Portada de 'La Infanta y el Cardenal'. / esferalibros.com

Estamos sin duda en un nuevo escenario histórico, donde las reformas se plantean, e incluso en algunos casos se llevan a cabo, aunque se las cape en su autenticidad y transcendencia. En las mentes más abiertas, receptivas y sensibles, se acoge con entusiasmo los signos más avanzados de la cultura, de la música, de la ópera, del teatro. En los palacios del Retiro, de La Granja, en El Escorial y Aranjuez; en la pequeña corte que el infante don Luis levanta en Arenas de San Pedro, como placentero reparo de la dura preterición y exilio a que le somete su hermano Carlos III; en el coqueto palacio de los Alba en Piedrahita, donde la hermosa y castiza Cayetana se refocila poco o nada inhibida, llegan los sones de Scarlatti, la voz prístina del castrato Farinelli, los dulces conciertos de cuerda de Luigi Boccherini; los pinceles de Goya, de Paret…, los libros de Voltaire… Pero en el eje vertebral de la monarquía borbónica hispánica, el peso de la Iglesia católica, de su clero más carca y obtuso, sigue imponiendo, más allá de su espesa hipocresía y la preservación y adoración del poder estrictamente terrenal, sus recias obsesiones de alta moral como un asunto de y en torno a la bragueta. He ahí uno de los aspectos capitales de esta novela, que tan caro pagaría el propio infante don Luis tras su resarcimiento libertino en el arte de putear, de la mano de su amigo Moratín. Aquí también la espuela de su hermano, el “ilustrado” Carlos III, fue implacable.

Uno de los muchos logros de esta novela es la revisión crítica, pugnaz, rigurosamente histórica de la figura de Carlos III, el rey español que probablemente haya disfrutado, ¡hasta el presente!, de la mejor prensa imaginada: ¡hasta los socialistas lo saludaron con entusiasmo ignaro, no hace muchos años, como un gran rey “ilustrado”!, que tiene bemoles. Un individuo cuyo retrato verdadero responde al de un consumado gazmoño, empedernido beato, abstemio y asquerosamente rutinario, con un confesor ayuno de letras y desaforado fanatismo; insensible a la belleza, la música, el arte, ¡alérgico a la lectura y los libros!…; obseso de la caza sangrienta y abundante de decenas, cientos de piezas diarias de toda clase de especies, y despliegues y costes económicos desorbitados; un alma ambigua, hipócrita, acerada… Y una anécdota que lo retrata como una zafia instantánea: Cuando su madre, Isabel de Farnesio, que odiaba a Farinelli, lo mandó presentarse al recién llegado a España Carlos III, para que éste lo despachara convenientemente, el “ilustrado” rey le dijo: “I caponi non gli vuoglio fuori della tavola” (“Los capones sólo los quiero en la mesa”).

Novelas históricas como ésta de Ángel Alcalá sí que hacen verdadera historia, con todo su placer y crudeza.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.

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