OPINIÓN

Del lujo burgués al derecho al ocio: por un turismo para la clase trabajadora

  • "Para la gente de una extracción más privilegiada, hacer las maletas es sinónimo de una actividad más agradable: el turismo"
  • "La turistificación global consiste en que cualquier actividad se convierte en producto de comercialización turística, incluyendo necesidades tan básicas como la vivienda"
  • "Nuestro país es tan maravilloso que pueden ponerse en marcha cientos y miles de alternativas de turismo más sostenible y de proximidad"

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Por Cristina González Benítez y Juanjo Martínez Riera (Jóvenes de Izquierda Unida)

Hacer las maletas es una acción que entiende de clases sociales. La despoblación y la emigración económica es una realidad para un porcentaje enorme de la juventud de nuestro país que se ve obligada a irse a estudiar a una gran ciudad o a buscar oportunidades de trabajo fuera de la tierra donde ha crecido y tiene sus vínculos sociales y familiares. Para la gente de una extracción más privilegiada, hacer las maletas es sinónimo de una actividad más agradable: el turismo. Y es que, en sus orígenes románticos de finales del siglo XVIII, el turismo fue un privilegio de las élites burguesas y su evolución hacia un turismo de masas ha aportado poco de conquista del “derecho al ocio” para las personas que vivimos de nuestro trabajo y mucho de precariedad, desequilibrios urbanos, medioambientales y desigualdad social. El 21 de febrero se celebra el Día Internacional del Guía de Turismo y qué mejor momento para hablar de ello.

Aún hoy, atendiendo al CIS de junio de 2018 (el último pre-pandemia que preguntó sobre el tiempo de ocio), los viajes turísticos están al alcance de apenas el 42% de la población, tampoco la mayoría de la clase trabajadora se va a una segunda residencia (solo el 11,7% de la ciudadanía lo hace) o accede a actividades minoritarias como la formación (6,3%) o el voluntariado (1,9%). Después de 40 horas semanales de explotación laboral, cuando se tiene la suerte de tener un empleo estable, es lógico que a la gente trabajadora no le quede otra que quedarse en casa (21,1%) o descansar (32,2%). No obstante, la incertidumbre y la precariedad provoca que un 16,2% diga “no tener periodos de ocio” y un 10,9% no lo tiene pensado, porque bastante tiene con llegar a final de mes.

El turismo tal y como lo conocemos hoy se forja tras la Segunda Guerra Mundial, cuando las clases trabajadoras europeas conquistan el tiempo libre, el derecho a tener vacaciones. Fue el incremento de la renta y el nivel de vida lo que liberó recursos para el desarrollo del turismo de masas. Y hubo un modelo que se hizo famoso en todo el mundo a partir de la década de los años 60: la Balearización. Sus dos características fundamentales, la depredación del territorio y la precariedad laboral, son también características del turismo español contemporáneo.

La depredación territorial hace referencia a la construcción masiva de la primera línea de costa, con hoteles, paseos marítimos y ofertas complementarias. Las segundas líneas y los lugares de menor valor turístico se destinaron a albergar a la inmensa mayoría de mano de obra necesaria para poder hacer funcionar este modelo turístico. Estas estructuras son usualmente amortizadas hasta su propia decadencia y no suele haber reinversión de los beneficios de la actividad, con una visión profundamente extractivista.

La segunda característica, el modelo laboral, se basa en un modelo de temporalidad extrema de trabajo, donde las trabajadoras tendrán que trabajar seis meses, para poder vivir todo un año, en el mejor de los casos. Este modelo laboral va acompañado de unas remuneraciones bastante escasas y con una demanda de trabajadores con baja cualificación. No debemos olvidar que esto provoca una falta de cotizaciones, que provocarán que el día de mañana de estos trabajadores, las pensiones que reciban serán más bajas que la de la media de trabajadores.

Este modelo se da en muchos lugares periféricos y dependientes del mundo ya que necesita pocos requisitos: un buen clima, una infraestructura adecuada y turistas de otros lugares con poder adquisitivo que vengan. No hemos mencionado el esquí en nuestras montañas que, con el calentamiento global, recurren cada vez más a la nieve artificial; supone una actividad insostenible y destructora del medioambiente que daría para otro artículo. El incremento masivo de población que supone el turismo trae consigo un impacto ecológico: mayor uso de agua, electricidad y comida, que son escasos en muchos lugares turísticos, especialmente en islas, generando una dependencia extrema del exterior. Por si fuera poco, el turismo se actualiza constantemente para diferenciarse o atraer atención con el objetivo de mantener o aumentar el flujo de turistas: se amplía con clubs náuticos, con campos de golf, hasta ocupar la totalidad de los centros de las ciudades (en un proceso de depredación turística total, cuyo máximo exponente es Venecia).

Todo lo comentado tiene consecuencias en nuestra vida cotidiana y los efectos del turismo son evidentes si miramos a nuestro alrededor. La ciudad, al final, es la expresión de los cambios y conflictos sociales. El espacio urbano no es arbitrario ni aleatorio, sino que es la expresión de las normas y valores hegemónicos y la ciudad se constituye como el espacio donde se materializan las relaciones laborales y de producción. El cómo sea o deje de ser nuestra ciudad va a condicionar nuestras posibilidades de vida y va a configurar nuestros estilos de vida. Una apuesta política por la actividad económica del turismo tiene, por lo tanto, efectos en nuestros barrios. Ejemplos de estos efectos son fenómenos como la gentrificación o la turistificación.

La gentrificación es, básicamente, la sustitución de la población residente de un barrio por otros individuos con un nivel económico superior. Esto genera la expulsión de las trabajadoras de las ciudades, dispara la gentrificación, así como el incremento del precio del suelo, tanto en alquiler como en venta. Este fenómeno se debe, a que la plusvalía del trabajo en el sector turístico ya es inferior que la del territorio o los bienes inmuebles vinculados a esta actividad. La zona degradada se revaloriza a partir de la atracción a la inversión económica y a través de elementos vinculados a fomentar un atractivo turístico. Fruto de esto surge el fenómeno de la turistificación que se da al producirse una transformación de los barrios y zonas urbanas con el objetivo de impulsar actividades relacionadas con el consumo turístico. La turistificación global consiste en que cualquier actividad se convierte en producto de comercialización turística, incluyendo necesidades tan básicas como la vivienda, actividad impulsada fundamentalmente por las aplicaciones que facilitan el alquiler vacacional de estas.

Finalmente, cabe decir que las personas hemos pedido el control sobre los territorios en los que vivimos, ya que el turismo evoluciona según factores exógenos (como los conflictos bélicos o la capacidad adquisitiva de otros países). Esto tiene también serias implicaciones sobre nuestro modelo productivo y social: no controlamos una actividad que representa el 12,4% del PIB y el 12,9% del empleo (según el INE de 2019). Para recuperar el control de nuestras vidas, nuestros territorios y ciudades es imperativo poner en marcha un Plan de Industrialización, con criterios de transición ecológica y social, que equilibre estas situaciones y nos permita acceder a trabajo digno.

Más allá del modelo productivo, el turismo debe ser democratizado y eso implica la conquista del tiempo libre para la clase trabajadora. Quienes firmamos este texto militamos en Unidas Podemos, que está impulsando la derogación inmediata de la reforma laboral (con la oposición de patronal y PSOE, pese a ser un acuerdo de Gobierno). Entre otras medidas, también defendemos el estudio de la jornada laboral de 4 días a la semana o la construcción de un Sistema Nacional de Cuidados que permita a las mujeres trabajadoras de nuestro país que al llegar a casa tengan ese derecho al ocio y descanso, en vez de una segunda jornada laboral.

Nuestro país es tan maravilloso que pueden ponerse en marcha cientos y miles de alternativas de turismo más sostenible y de proximidad. Frente a un modelo mercantilizado artificial de turismo, la gente trabajadora podemos disfrutar del placer de descubrir nuestro propio entorno, con una relación más saludable entre sociedad y medio ambiente, recuperando para nuestro vecinos y vecinas nuestras playas, montañas o los centros históricos de las ciudades con su patrimonio y riqueza cultural. Queremos que el turismo deje de ser un lujo fuera del alcance de la gente precaria. Queremos estar orgullosos y orgullosas de las maravillas de nuestra tierra sin destruirlas en el proceso de su disfrute. En definitiva, desde Izquierda Unida, queremos también para la clase trabajadora tanto el pan como las rosas.

Cristina González Benítez es graduada en Sociología y en Ciencias Políticas y componente del Grupo Motor de Jóvenes IU.

Juanjo Martínez Riera es geógrafo y coordinador general d'Esquerra Unida de les Illes Balears.

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