España-Mundo Árabe: de la “tradicional amistad” al “objetivo terrorista”

Pedro Costa Morata *

Pedro Costa MorataEl Occidente cristiano ha construido sus ideales de libertad y democracia al modo dogmático, con pretensiones de universalidad y sin el debido respeto a lo otro: pueblos, culturas, ideas, creencias religiosas, sistemas sociopolíticos…; y esto debiera recordarse en el fragor de las repulsas por el atentado del semanario Charlie Hebdo. En España, y en estos últimos tiempos, se insiste en que nos hemos convertido en objetivo destacado del yihadismo islámico sin el menor análisis crítico y para justificar medidas de represión interna y de provocación internacional que, explicándose como efectos de la expansión yihadista, siguen discurriendo por el infernal derrotero de sus causas.

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Contemplando esta situación tan inquietante, en la que España asume el papel de agresora y se expone a las consiguientes represalias (de las que ya hemos sido objeto en grado trágico) resulta interesante evocar los tiempos en que, bajo el régimen franquista, vivíamos una casi idílica relación con esos países, con los que se aventaban los lazos de hermandad política y comunidad histórico-cultural. La Transición democrática asumió e incluso consolidó esta relación, pero ya era inevitable respirar aires de un cambio que se adivinaba más o menos próximo y que llegó, efectivamente, con el acceso al poder del PSOE.

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Primero, la modernización socialista nos llevó al reconocimiento del Estado de Israel de la mano firme de Felipe González, mucho más andaluz que andalusí, al que presionó la Internacional Socialista en su conjunto. Esta decisión, a la que los socialistas ya se habían comprometido antes de su acceso al poder, formaba parte de una trilogía que redefinía el papel internacional de España junto al ingreso en la Europa comunitaria y la integración en la OTAN. Las tres decisiones (años 1986-87) separaron a España de esa comunión con los países árabes a la que tan acostumbrados estábamos, y especialmente con el pueblo palestino (aunque las aparentes relaciones personales entre Felipe González y Arafat, el líder de la OLP, se mantuvieron en la ficción y sin resultados para la causa palestina).

Al periodo felipista pertenecen las dos primeras intervenciones que, consecuentes ya con la nueva situación occidentalista, reubicaron por vía de hecho el papel militante de España en los conflictos internos del Mundo Árabe, rompiendo nuestra tradición de no injerencia y neutralidad. La primera consistió en la aprobación –solidarios con la decisión europea– del putsch de los militares argelinos en enero de 1992 para impedir lo que se consideraba una victoria electoral segura del Frente Islámico de Salvación; brillante efemérides que llevó al país a una cruenta guerra civil de varios años, con miles de víctimas y una prolongada inestabilidad que, más o menos larvada, persiste. La segunda fue el despliegue aeronaval con que el gobierno socialista acompañó a los países que, liderados por Estados Unidos, atacaron Irak en 1990-91 tras la invasión de Kuwait por el ejército de Sadam Husein; episodio con mucho de truculento y que, tras la victoria de los aliados, llevó a un cruel periodo de sanciones contra el país con daños humanos espantosos y despertó en la estrategia de Washington en la zona, de claro tinte oleo-israelí, las ganas de apoderarse definitivamente de Iraq derribando al régimen baasista.

Sería de la mano del sucesor de FG, José María Aznar, cuando se dio un paso mucho más necio y peligroso, implicando a España en la segunda y más terrible guerra de Irak, ilegal, injusta y trapacera, que cubrió a los Estados atacantes, España incluida, de ignominia política y de inquietantes responsabilidades de futuro, como estamos viendo. Aznar se ciñó fervorosamente a la mentira, pretendiendo que figurando en el ataque elevaría de rango internacional a España, al codearse así con potencias del nivel de Estados Unidos y el Reino Unido. Destacados analistas subrayan que, en gran medida, ha sido esa guerra e invasión de Iraq desde marzo de 2003 lo que ha agravado el fenómeno yihadista en el Próximo y Medio Oriente, si bien la causa remota hay que localizarla en la invasión soviética de Afganistán (1979-89), que produjo el movimiento talibán y la organización Al-Qaeda. La infame y sangrienta guerra de Iraq ha exacerbado la respuesta árabe-islámica, extendiéndose y agudizándose a partir de ahí y concentrando actualmente los enfrentamientos más violentos en el área sirio-iraquí; lo que ni Estados Unidos ni sus aliados, enfrascados en hacer la guerra y sin intención de diálogo o entendimiento alguno, se muestran incapaces de frenar ni, mucho menos, revertir.

La tercera fase, siguiendo la misma lógica de implicación militarista, la protagonizó José Luis Rodríguez Zapatero, que cumplió su promesa electoral sacando las tropas españolas de aquel atolladero de Irak… para meterlas en el avispero de Afganistán. Mientras tanto, España consolidaba sus relaciones con los regímenes árabes de corte dictatorial o feudal, Marruecos y las monarquías del Golfo sobre todo, alineándose con ese eslogan de moda de la “guerra contra el terrorismo islamista”, en sintonía cada vez más intensa con los Estados Unidos, Israel, Occidente y la OTAN, principales generadores del integrismo islámico. En periodo socialista, España asumió desde 2008 una destacada implicación en aguas del Índico, protegiendo a los barcos pesqueros allí faenando de los “piratas somalíes”, y colaboró con ciertos efectivos navales en la ofensiva europea –de Francia y Gran Bretaña, en particular– contra el régimen libio de Gadafi, durante 2011, después de cortejarlo por décadas y de obtener suculentos contratos petrolíferos e industriales.

De vuelta al poder del PP, este intervencionismo militar se ha ampliado y agravado, colaborando con instructores militares en el ataque que Francia ha dirigido contra los islamistas de Mali, con invasión del territorio, solidarizándonos con esa tradición intervencionista francesa al sur del Sáhara. Además, y sobre todo, se prolonga la presencia en Afganistán, después de trece años, con medio millar de militares y… regresamos a Irak con unos 300 instructores. Esta última decisión está relacionada con el pavor que viene produciendo el yihadismo del llamado Estado Islámico, que parece capaz de apoderarse de Irak y Siria, y sigue al emplazamiento en territorio turco de una batería antimisiles con el mismo fin.

La obsesión militarista frente a la expansión del Islam violento y reivindicativo, que crece por momentos, ilustra la acción de García Margallo, ministro de Exteriores, que se vuelca en intensificar las relaciones con el vecino Marruecos (que tiembla ante la agitación islamista en su seno) y Egipto, con cuyo dictador Al-Sisi, verdugo de la incipiente democracia egipcia, ya se ha entrevistado, muy cordialmente, para respaldar su papel en la contención antiyihadista. Y afecta de lleno, como era de esperar, a nuestro ministro del Interior, que no oculta su entusiasmo en combatir el yihadismo, oportunidad de cruzado que los tiempos le brindan como cristiano integrista, por la vía de la sospecha activa, la prevención abusiva y la represión discrecional que impregna su Ley de Seguridad Ciudadana, de forma pareja a su persecución de la agitación interior que califica de “antisistema”.

Contribuciones todas que refuerzan nuestro papel de objetivo terrorista por parte del yihadismo en auge, y que deberemos recordar siempre a sus protagonistas.

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.