Una moción para ganar la legislatura

Maria Corrales, responsable de discurso en En Comú Podem

Cuándo ya nadie esperaba mucho de un Partido Socialista fuera de escena, Pedro Sánchez reapareció el viernes con más sentido del deber que de la oportunidad para plantear la segunda moción de censura de esta legislatura a Mariano Rajoy.

La diferencia, según Pedro Sánchez y su Secretario de Organización Jose Luis Ábalos Meco, sería que ésta sí es “una moción verosímil” y que hoy sí podemos hablar de una sentencia firme contra el Partido Popular y “abandonar los supuestos”. Sin embargo, a dos días del debate en sede parlamentaria, ni la ciudadanía ni el resto de fuerzas políticas tienen hoy muy claro para qué y sobre qué se van a pronunciar el próximo viernes.

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La verosimilitud no viene sólo de los atributos impresos y heredados en las propias siglas del PSOE, sino que es pieza fundamental aquéllo que se adquiera en el ejercicio y la adecuación al momento, algo que, por otro lado, ha demostrado no ser el fuerte de un Pedro Sánchez, empeñado en soldar la fuga de votos desde la apelación a la identidad socialista de antaño.

Hoy, marcar la diferencia con la crisis del Gobierno de Mariano Rajoy significaría restablecer puentes con otras fuerzas políticas que permitieran volver a construir equilibrios que, hace no tanto tiempo, garantizaban la estabilidad en el Congreso de los Diputados de forma más o menos sólida.

Equilibrios que pasan, y eso es lo que parece que aterra al señor Sánchez, por escuchar menos a las encuestas y preocuparse por dotar de sentido al papel que tiene hoy el Partido Socialista en el arco político respondiendo a la pregunta de: “¿cuál es el proyecto de país en 2018 del Partido Socialista Obrero Español?”. Un partido no puede vivir eternamente de una identidad que, aunque fuerte, perviva únicamente como sedimentación del pasado.

Las sospechas, la rumorología y una cierta intuición de clase nos dicen que el problema es que Pedro Sánchez querría ser el Albert Rivera del PSOE, pero los poderes fácticos le han empujado –y siguen empujándolo desde editoriales poco discretas como las de El País y El Mundo- a parecerse más a Podemos. Y en esa lucha entre lo propio, las encuestas y el empuje vengativo de los poderes fácticos llegamos a una moción de censura de la que de momento sólo sabemos que tiene la siguiente hoja de ruta: censura, estabilidad y elecciones.

De nuevo, un PSOE asustado de su propia iniciativa, no sólo por la falta de sustancia, sino porque tanto estos atributos cómo su insistencia en que es una “vía constitucional” vienen a responder a los ataques del adversario. Así que, hoy por hoy, no tenemos más contenido que la negación a la crítica del otro.

Esto que, de primeras, es ciertamente decepcionante por la capacidad que ha tenido Sánchez de vaciar de épica la meta que desde el espacio del cambio desde 2015 llevamos repitiendo hasta la saciedad, brinda, en realidad, la capacidad de que Unidos Podemos-En Comú Podem-En Marea le marquen al Partido Socialista el objeto y horizonte después de la moción. Todo porque en política, sencillamente, no hay espacios vacíos.

A mi entender, entonces, el éxito de la moción de censura de esta semana significaría una oportunidad para ganar la legislatura del cambio que la falta de respeto a la separación de poderes del Partido Popular y la accidentada relación con el PSOE no ha permitido plasmar.

Recuperar el hilo de nuestra entrada en las instituciones desde la premisa de que si nuestro ingreso en las mismas no se ha materializado aún en políticas concretas es por la anomalía democrática de PP y C’s, que sistemáticamente han bloqueado el avance del cambio político. Echar al PP, pero también a su herencia.

Un Gobierno provisional y de regeneración democrática que venga a desmontar los diques de contención que hoy impiden que se estén ejecutando las leyes que exige la ciudadanía en 2018, limpiar las instituciones de corrupción e iniciar la desescalada del conflicto con Cataluña. La moción como oportunidad sobrevenida de ganar, la que parecía, la legislatura perdida del cambio y marcarle el paso a un Partido Socialista que un año después de que el “nuevo Pedro Sánchez” ganara las primarias no sabe aún si quiere ser Rivera o Iglesias, ni mucho menos, qué es hoy el Partido Socialista.