Las cloacas y sus enemigos: mucho más que Villarejo y Pablo Iglesias

  • Daría para un libro la recopilación de ataques ilegítimos fruto de conciertos inconfesables y cuya financiación casi nunca ha sido conocida

Hugo Martínez Abarca, Diputado en la Asamblea de Madrid y candidato de Más Madrid
«El sistema estaba perfectamente engrasado y dependía de que ninguna pieza se moviera del lugar donde había sido colocada. El poder económico protegía al poder político. El poder político protegía al poder económico. La prensa protegía al poder económico…» David Jiménez, en El Director

Las cloacas del Estado no son una estructura organizada sino una cultura política y de Estado que ha mostrado muchas caras contra distintos actores y que ha tenido muchos cómplices. No hace falta retrotraerse a la Operación Galaxia, el 23-F, los GAL… En los últimos años ha habido numerosos latigazos de las cloacas, a veces en la espalda de demócratas, a veces en la de las familias enfrentadas de la mafia.

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Una de las causas del gobierno de la cloaca es la madeja de poderes enredados: poderes mediáticos, financieros, judiciales, políticos, empresariales… en guerras y complicidades sin escrúpulos ni fronteras nítidas. Villarejo ocupa un espacio importante y sangrante de estas tramas, pero centrarnos en él (y en sus cómplices) como si en él acabara la mafia española es incompatible con acabar con el sistema. Daría para un libro la recopilación de ataques ilegítimos fruto de conciertos inconfesables y cuya financiación casi nunca ha sido conocida. Son innumerables las mentiras, espionajes, encargos, persecuciones… en guerras políticas, mediáticas y empresariales con financiación pública o no.

Contaba Vicky Rosell cómo la difusión de El Mundo a las mentiras orquestadas contra ella por el ministro Soria y el juez Alba venía bien incentivada por la cantidad de dinero público recibida gracias al José Manuel Soria por Unidad Editorial (la empresa editora de El Mundo). Durante esta legislatura mi empeño probablemente más exitoso ha sido evidenciar cómo la Comunidad de Madrid engrasaba con millones de euros a los medios de comunicación que daban cobertura al sistema cleptocrático instalado en la Comunidad como mínimo desde el Tamayazo. Quedó claro cómo Esperanza Aguirre e Ignacio González financiaban mediante publicidad de Metro, Canal de Isabel II, etc. a los medios que tapaban sus delitos o incluso acusaban con mentiras a sus enemigos. El dinero negro del PP que gestionaba Bárcenas incluyó la financiación de Libertad Digital, medio que propagaba sus mentiras sobre el 11M. La lista sería interminable.

Entiendo el empeño de Pablo Iglesias por señalar a Inda, que se ha esforzado poquísimo en disimular que no es más que un vocero de diversas mafias desde hace años. Obviamente OK Diario ha sido una web que ha utilizado la mafia ligada al PP para atacar a sus enemigos y que ha ido de la mano, entre otros, de la mafia de Villarejo. Pero el foco no nos puede deslumbrar: la trama de Villarejo, Fernández Díaz e Inda (por resumir) es sólo la última gran manifestación de una cultura política predemocrática demasiado enraizada.

Esa cultura política rompe con los principios liberales (conquistas de la razón) y con la separación de poderes (conquista de la democracia).

La cultura política que refleja la cloaca ha roto con los principios liberales porque ha sustituido el debate racional y argumentado por el ataque personal, la mentira y la manipulación. Esta sustitución nunca es perfecta: ni nunca hubo sólo debate racional ni ahora sólo hay lanzamiento de basura; ni, desde luego, la denuncia de la basura realmente existente es ajena al debate político racional. Y sin duda no es exclusiva de España, pero en España el componente mafioso ha tenido un grave protagonismo.

Un ejemplo evidente fue la destrucción de Cristina Cifuentes: la democracia exigía la rendición de responsabilidades y la dimisión por beneficiarse a conciencia de una trama corrupta universitaria. Pero su partido primero la defendió con esa cultura anti liberal de la cloaca: expandiendo basura, insinuaciones, mentiras y medias verdades contra todo aquel que hubiera pisado una universidad o no. Y finalmente cuando la situación era insostenible publicaron en la web de Inda unos vídeos conservados durante años por si alguna vez se la tenían que quitar de en medio o la tenían que chantajear de alguna forma.

No han faltado los dirigentes de diversos partidos que se han reunido periódicamente con Francisco Marhuenda para señalarle adversarios internos a los que atacar (algo que ha hecho sin disimular): en alguna ocasión lo ha contado él mismo en público.

Es la cultura política heredera de la distinción entre amigo y enemigo y que, por tanto, legitima la destrucción personal, la mentira y el ataque frontal o sinuoso de quien pasa a ser enemigo (interno y externo); Es el abandono de la lógica republicana, que se mueve en el debate entre ciudadanos libres y racionales, una cultura política que eleva la fraternidad a valor revolucionario.

Como los ciudadanos no son idiotas, la respuesta a la mafia política suele favorecer a quienes aparecen como demócratas con escrúpulos, no necesariamente a las víctimas concretas del escándalo mafioso: los GAL no mejoraron la imagen de ETA, sino de demócratas como Julio Anguita o de quien logró convencer a muchos españoles de que iba a limpiar el Estado de cloacas, como el José María Aznar que aún no había gobernado. La cultura de las cloacas se combate con dirigentes políticos con cultura republicana que no respondan al conflicto político con la destrucción del adversario. Desgraciadamente no andamos sobrados de dirigentes políticos con esa cultura republicana, es decir, democrática.

La cultura política de la cloaca hace añicos la necesaria separación de poderes. Esa separación de poderes que tiene que atravesar todo el espacio político incluido, sin duda, el poder mediático; y, por supuesto, el poder económico cuya frontera con el político es tan difusa. Montesquieu no ha muerto: Montesquieu se ha hecho mucho más necesario pero también bastante más extenso. La fusión de los poderes mediáticos, financieros, judiciales y políticos es, sin duda, parte del clima que genera cloacas. La teoría republicana nos dice que todos esos poderes deben estar separados y controlándose unos a otros excepto el poder económico, que no tiene legitimidad democrática para controlar al resto. La práctica evidencia que los tenemos fusionados y con el poder económico ejerciendo el máximo control sobre el resto y soportando el mínimo control de los poderes democráticos.

El entramado clientelar de la podredumbre es una madeja endiablada. No faltan jueces cobrando de bancos por cursos, grandes medios cobrando de políticos y políticos cobrando indisimuladamente de empresarios mediáticos, puertas giratorias, alianzas entre poderes, intercambio de favores…

No sólo deberían regularse rígidamente las puertas giratorias. También debería ser extraordinariamente claro el pago de publicidad institucional, para que su reparto obedezca a criterios objetivos y el más ambicioso fomento del pluralismo informativo. Y sin duda también debería haber una rigidísima incompatibilidad de los cargos políticos con otros sueldos: no sólo tras su paso por la política sino muy especialmente durante el ejercicio de la política. Debería ser extraordinariamente excepcional la compatibilidad de otros rendimientos de trabajo con la actividad política remunerada y limitada prácticamente a profesiones en las que conviene mantener la práctica y actualizar el conocimiento, por ejemplo.

No debería haber ingresos por cursos, publicaciones, conferencias… a cargos políticos ni partidos ni jueces ni fiscales ni… por parte de grupos bancarios, energéticos y tampoco mediáticos o editoriales. En el salario del cargo político se incluye la difusión de ideas, propuestas, debates… No tiene sentido un sueldo extra por hacer el trabajo que ya está bien remunerado.

El salario del cargo político no es sólo un sustento vital, es también un blindaje de su independencia. Cualquier otro cobro podría acarrear una confusión entre sus posicionamientos políticos y los intereses de quien le paga. Que un cargo político atacara a una energética mientras su competidor le paga lo que sea arrastraría su credibilidad aunque llevara razón en el ataque; como sería poco recomendable cobrar o haber cobrado de un grupo mediático o editorial y enfrentarse a otro con el que éste tenga conflictos comerciales, es decir, que se confunda la posición política con la toma de partido en una guerra mediática y empresarial en la que el cargo político tenga intereses personales.

La trama protagonizada por Villarejo, voceada por Inda y otros personajes insertos en medios de comunicación y dirigida por el PP es de una gravedad extraordinaria e imposible de silenciar. Pero el calado de la cultura que ha amparado estas prácticas es muy profundo. Y, aunque el protagonismo del Partido Popular (y, antes, del PSOE de Felipe González) en estas lides es indiscutible, es en cierta medida una medida transversal: lo que sucedió con Bankia nos debería haber enseñado que, a veces, los nuestros habitan en la cultura enemiga.

Extirpemos la cloaca, sin duda, pero desde una escrupulosa cultura democrática que sustituya los viejos tics de la dictadura que la transición no supo romper y que después se han extendido como una mancha tóxica de aceite incompatible con el agua democrática.