Nombres, nombres, nombres

  • Tenemos la obligación de recordar lo sucedido para que la barbarie no vuelva a repetirse, porque hasta las mayores tormentas siempre empiezan con las primeras gotas

Puede que mi condición de profesor de Historia me haga analizar sucesos pasados y presentes y relacionarlos de alguna manera. Tenemos la obligación de recordar lo sucedido para que la barbarie no vuelva a repetirse, porque hasta las mayores tormentas siempre empiezan con las primeras gotas.

“Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”, dijo Theodor Adorno, y llegamos a creer que después de aquel horror extremo estábamos vacunados contra el fascismo. Pero los hechos demuestran que no es así, porque, al fin y al cabo, el autoritarismo es una de las soluciones extremas que tiene el capitalismo cuando ve peligrar la tasa de ganancia. Los riesgos de crisis financiera, la contestación social al calentamiento global del planeta, un futuro donde la robotización devaluará aún más el papel del trabajo asalariado, crea un caldo de cultivo propicio al avance a las soluciones autoritarias y al ecofascismo. El fascismo no se crea ni se destruye, se transforma, algo que ya analicé en “El fascismo de baja intensidad”.

Uno de los textos más importantes que se pueden leer sobre cómo funcionaba el nazismo en la vida cotidiana, son los Diarios de Victor Klemperer que van de enero de 1933 a junio de 1945. En ellos vemos cómo se va imponiendo una atmósfera asfixiante y represiva, cómo se registra a las personas judías y a la oposición política y se impone el odio institucionalizado, el despojo de los bienes materiales y de los derechos civiles más elementales (a él le expulsarán de su cátedra universitaria por su origen judío) hasta la deportación y el exterminio. Conviene tener presente este horror contado desde una visión microscópica.

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Adolf Hitler empezó haciendo listas. Primero de los judíos alemanes. Nada más llegar al poder, en abril de 1933, los judíos fueron identificados y retirados de los puestos gubernamentales en una purga de la administración y de distintas esferas de la sociedad. En 1935, con las leyes de Núremberg se siguió inventariando a los judíos alemanes. En 1939 el gobierno nazi realizó un censo de todas las personas que vivían en Alemania y se registraba la edad, sexo, lugar de residencia, profesión, religión, estado civil y raza. La clasificación sobre la arianidad o no de un ciudadano alemán dependía del origen de sus cuatro abuelos.

También se hizo con otros colectivos a los que consideraba enemigos del Reich: opositores políticos, homosexuales, discapacitados… Era un sistema basado en la delación y con el objetivo de sembrar el terror para consolidar la dictadura nazi. Se elaboró entre 1938 y 1941 la lista con los nombres de los autores y libros prohibidos con un total de 5.800 títulos. También está la famosa lista del odio nazi con los 3.000 enemigos que querían eliminar en Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial y que contenía a personas como Churchill, Baden Power, Virginia Woolf, H.G. Wells, que tenían que ser ajusticiadas después de la invasión. De ahí se pasó a los sistemas de numeración y clasificación de los prisioneros en los campos de concentración, aunque en su etapa última de la Solución Final ya no se molestaban en registrar a las personas y las conducían directamente a las cámaras de gas.

Franco tuvo el mismo afán de exhaustividad burocrática para conocer y condenar a los que consideraba sus enemigos. Lo hizo con la ley de Responsabilidades Políticas de 1939 para “liquidar las culpas contraídas por quienes contribuyeron a forjar la subversión”. Su finalidad era desarrollar la represión en la posguerra contra todos aquellos que hubieran apoyado la legitimidad de la Segunda República Española. Esto dio lugar a la Causa General instruida por el Ministerio Fiscal sobre la dominación roja en España (1940), que fue un extenso proceso de investigación para la represión de un gran número de opositores y que llevaron a muchas personas a la tapias de fusilamiento y llenaron las cárceles y los campos de concentración de España. Otra de las actuaciones represivas del franquismo fue la depuración de maestros y de funcionarios. También Franco mandó elaborar una lista para el Holocausto con los nombres de 6.000 judíos españoles que le entregaron a Himmel en 1941.

Con estos antecedentes, cuando una formación política pide nombres con afán inquisitorial es cuando menos preocupante.

Recientemente en Alemania, la ultraderecha (partido AFD) ha pedido los nombres de los criminales que han cometido delitos con cuchillos, para intentar probar que la mayoría son inmigrantes y reforzar su campaña de xenofobia contra ellos. Lo curioso ha sido que la policía del estado de Sarre informó que la mayoría eran alemanes y solamente en el 16% de los delitos entre 2016 y 2018 hubo extranjeros involucrados. A veces, la verdad te estropea los argumentos racistas y xenófobos.

Nombres, nombres, pide la ultraderecha en Andalucía, en una “relación detallada de nombres y apellidos» de los empleados públicos de la Oficina Judicial de la Junta que hacen los informes sobre malos tratos a mujeres víctimas de la violencia de género. El objetivo no parece ser otro que el de señalar e intimidar en su trabajo a los trabajadores sociales y otros profesionales. Nombres, pide la ultraderecha cuando está en las instituciones, de 52.000 personas migrantes sin regularizar que dicen que hay en Andalucía, para dárselos a la policía  por usas la sanidad pública y poder expulsarlas ipso facto (NOTA 8). Y nombres, es lo que ha pedido la ultraderecha, de las maestras y maestros de un instituto de Huelva que, para visibilizar la discriminación y educar en igualdad, hicieron que los alumnos salieran 5 minutos más tarde al recreo.

Esa misma ultraderecha, trufada de franquistas, que plantea la ilegalización de los partidos que defienden la independencia por vías pacíficas o de los partidos marxistas, aunque hayan luchado y pagado un alto tributo por traer las libertades y la democracia al país. Los mismos que quieren despenalizar la incitación al odio, derogando el artículo 510.1 del Código Penal, que castiga con hasta cuatro años de cárcel a quienes “públicamente fomenten, promuevan o inciten directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación o violencia contra un grupo […] por motivos racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión o creencias”; o perseguir a quienes ayuden a los inmigrantes irregulares.

Están ahí, a las puertas. De nuevo el franquismo, nuestro fascismo de andar por casa. Sin ningún complejo. Mientras que los demócratas no acaban de tener claro que deben enfrentarse a un horizonte de posibilidad que arruinaría nuestra convivencia con el apoyo de los que tiene intereses, la irresponsabilidad de la derecha y de los medios de comunicación, y los silencios y la abstención de las buenas personas. Recientemente ha habido una escalada de ataques a símbolos de la memoria antifranquista (NOTA 11), y es que detrás de los discursos suele estar la violencia y, con ella, el cuestionamiento de la democracia si la democracia no se defiende.

Por eso, hay que recordar estas cosas. Para que nadie se pueda amparar en la ignorancia o la ingenuidad a la hora de votar y se escude en que es muy de banderas, de toros, de caza o de castigar a los partidos clásicos. Para que nadie se quede en su casa y no acuda a votar por distintos malestares. Es demasiado lo que está en juego.