“Lo posible y lo necesario”, la película de Marcelino Camacho

  • El próximo 24 de octubre se va a proyectar en la segunda cadena de TVE a las 24:10 horas
  • "El documental es una buena forma de recuperar la memoria histórica. Camacho es una figura clave en la Historia de España de la segunda mitad del siglo XX"
  • "La idea fuerza que se desprende del documental es que con Marcelino Camacho el sindicato CCOO tenía Norte, sin él empezó a ser otra cosa"

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“y aún ahora que estamos en derrota, nunca en doma”

Claudio Rodríguez

El año pasado Marcelino Camacho hubiera cumplido 100 años. Por ese motivo, su familia impulsó un Centenario que contó con el apoyo de las organizaciones a las que había pertenecido: CCOO, PCE e Izquierda Unida. Además de los actos, charlas y la exposición del Conde Duque, se realizó una película documental titulada Lo posible y lo necesario. El próximo 24 de octubre se va a proyectar en la segunda cadena de TVE a las 24:10 horas. Estas notas pretenden ayudar a que los jóvenes conozcan la Historia, y a intentar dar repuestas a todos los que se preguntan ¿dónde están los sindicatos cuando más se necesitan? Por supuesto, es una invitación para ver la película: Marcelino era muy grande y se lo merece.

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La película se titula así, porque era una de las frases preferidas de Marcelino: “Lo posible es lo que nos permiten hacer, y lo necesario lo que debemos hacer. Lo posible es de personas cuerdas, lo necesario es de locos utópicos. Quienes cambian el mundo son aquellos que luchan por lo necesario.”. También fue el título de un emblemático artículo suyo al comienzo del Gobierno de Felipe González en 1982 que conviene releer

El documental es una buena forma de recuperar la memoria histórica. Marcelino Camacho es una figura clave en la Historia de España de la segunda mitad del siglo XX en la reconstrucción del movimiento obrero y en la conquista de las libertades. Técnicamente está muy bien hecho. Con mucho material documental, entrevistas a las personas (familiares, compañeros, vecinos…) que pasaron por su vida, con unos magníficos actores que representan a Marcelino (Carlos Olalla) y a Josefina (Gloria Vega) sin intentar imitarlos, de ahí el acierto.

Tiene tres partes diferenciadas. En la primera, que podríamos denominar la forja de un rebelde, se pueden apreciar diferentes etapas de su vida y de su lucha. No en balde tituló su libro de memorias Confieso que he luchado. Comprende desde su infancia en Soria hasta el regreso a España desde el exilio de Orán. Aparece como un humilde héroe griego en lucha constante contra un dramático destino diseñado por los vencedores de la guerra civil. Marcelino fue un indomable: cuenta con toda naturalidad las veces que se fugó estando prisionero, los campos de concentración, las huelgas de hambre… Hasta el alegato que hizo ante el juez Mateu del TOP cuando le estaban expulsando de la sala: “Dada la actitud de este tribunal, me veo obligado a denunciarlo como un tribunal de excepción al servicio de una dictadura que se hunde”. Pero siempre con afán de aprender y de enseñar, siempre con la sonrisa en los labios.

La segunda parte refleja la formación de las Comisiones Obreras, la transición y la primera etapa de la democracia. Es el periodo álgido de la lucha, la represión y la cárcel, el proceso 1001... El franquismo tembló ante la determinación de militantes como Marcelino y le convirtió en rehén del régimen. Impresiona cómo Josefina explica la decisión de comprar un pequeño piso; en vez de hacerlo por la zona de Julián Camarillo donde estaba la fábrica Perkins en la que trabajaba, se deciden por el lado opuesto de la ciudad, en el barrio de Carabanchel para estar más cerca de la cárcel, convencidos que se convertiría en su segunda residencia.

Marcelino tuvo un permanente compromiso social y político que realizó desde la base o como Secretario General de CCOO y diputado del PCE. Esta etapa aborda la conversión de CCOO de movimiento sindical a un sindicato de nuevo tipo y el importante papel que juega en la consolidación y desarrollo de las libertades y los derechos laborales y sociales.

La tercera parte, y la más corta, aborda la expulsión de Marcelino de la presidencia de CCOO por discrepar de la estrategia de Antonio Gutiérrez, sin ningún debate en las bases y aprovechando una mayoría circunstancial en un congreso (por 571 votos contra 366 y 58 abstenciones y votos en blanco). Abordarlo en la película era un tema complicado, pero ineludible. Como dice el director Adolfo Dafour: “Lo que no podíamos hacer era eludir aspectos importantes porque si no no sería un documental coherente. Tenía que abordarse todo, y hacerlo con toda la honestidad de la que fuimos capaces”. “No se trataba tampoco de ponernos de un lado o de otro. Marcelino tenía su razón y los otros las suyas. Ahí se expresan las opiniones que dieron y que el espectador saque sus propias conclusiones”. Y efectivamente, se recogen las distintas opiniones aunque de forma muy desproporcionada, al dar mucho metraje a los responsables de su expulsión de la presidencia y muy poco al Sector Crítico al que pertenecía Marcelino. En esta parte, el resultado es discutible.

La película, como todo documental, es un reflejo de la realidad. Pero hay que advertir de una parte de ficción: las numerosas parrafadas del exsecretario general Antonio Gutiérrez. De las falsedades que dice, duelen especialmente dos. Cuando malintencionadamente achaca las diferencias que Marcelino pudiera tener con los pactos sindicales a una cuestión de egoísmo personal, como si solo le preocupase el poder adquisitivo de su pensión. No es cierto que discrepase de los acuerdos posteriores a la huelga del 14-D, ni nunca midió un acuerdo o una estrategia por su interés particular. Pocas personas ha habido más lúcidas y generosas, y que mirasen por el interés de clase, como bien expresa Josefina en el documental: “pudiendo haber escogido una vida sin sobresaltos, pero entre lo posible y lo necesario eligió lo necesario”. Y cuando cuenta que al enterarse de que Marcelino no ha sido elegido presidente por los votos de sus partidarios, dice que dijo: “¡Es una gran putada!”. Es de un cinismo difícil de superar, puesto que fue el organizador de su expulsión.

Este desequilibrio final es el reflejo de las presiones que los responsables de la película han recibido y que han intentado compensar así, aunque sin mucho éxito. Pero es un documental honesto porque aborda una etapa conflictiva que al aparato de CCOO le hubiera gustado que se obviara. Y ese es el problema: el solo hecho de hablar de la crisis sindical de 1996 coloca a muchos ante una imagen muy desagradable. Un símil para que entienda: imaginen que en la antigua Roma hubieran hecho un documental sobre la vida de Julio César; a los conspiradores que acabaron con él les hubiera gustado que solo abordara desde su nacimiento hasta la guerra de las Galias; pero si llega hasta su asesinato, por más que le dieran la palabra a Bruto para justificarlo incluso con la mentira, no se habría sentido nada cómodo y habría amenazado con querellarse. Pues eso.

Al final el tiempo pone a cada uno en su sitio y las palabras no pueden enmascarar los hechos objetivos. La penosa herencia de Antonio Gutiérrez es muy clara: es el responsable de echar a Marcelino de la presidencia de CCOO para derechizar el sindicato, de poner a José María Fidalgo de secretario general, de utilizar una puerta giratoria a Caja Madrid. También fue generosamente pagado por el PSOE con dos legislaturas como diputado.

Pero no se trata de hablar de historia pasada, sino de analizar sus consecuencias en la realidad actual. Hay dos impulsos para la defenestración de Marcelino de la presidencia de CCOO. Una objetiva: Marcelino obstaculizaba la “modernización” del sindicato, algo que dice fríamente Toxo y que no deja lugar a dudas de que volverían a echar a Marcelino de nuevo. Una “modernización” como disfraz de la burocracia y de un poder que intentaba suprimir todo lo que no controlaba. Una supuesta modernización que es la que ha conducido a la irrelevancia actual cuando no a la colaboración con el poder a nivel confederal (en las empresas la buena militancia intenta seguir haciendo bien su trabajo).

Es profético Marcelino desde la tribuna  del VI Congreso confederal (1996) cuando dice que primero vendrá la inacción sindical y se pactará con el Gobierno de Felipe González, y luego con el de Aznar. Y así fue. Aznar y su ministro Arenas, en plena orgía de ajustes y privatizaciones para cumplir los criterios de convergencia de Maastricht, disfrutaron de multitud de acuerdos sociales y de paz social en lo que se ha dado en llamar el Modelo de concertación social español de tan negativos resultados. En paralelo, se había desplazado a Nicolás Redondo y a la dirección de UGT muy crítica con el Gobierno del PSOE.

Por otro lado, está el factor subjetivo, una especie de “matar al padre” freudiano que necesitan los mediocres para no enfrentarse cada día a un espejo incómodo. Y, por supuesto, había algo más: un aviso a navegantes de que la crítica no tenía cabida en una organización que hasta entonces podía presumir de plural y democrática.

La película se ha financiado por crowdfunding, el sindicato participó en él y en la organización de los actos del Centenario y eso está muy bien. Pero perdió la ocasión de tener la valentía y la capacidad de autocrítica para reconocer la grave equivocación de quitar al Marcelino de la presidencia, aunque fuera con 22 años de retraso. La única autocrítica que aparece en la película es la de Julián Ariza: “fue un disparate”. Todo lo que dice Toxo es “no anduvimos demasiado finos”. Cuándo aprenderemos que las personas y las organizaciones crecemos cuando somos capaces de dar las gracias y de pedir perdón.

Hay dirigentes sindicales que hablan de la crisis del 1996 como algo superado. Se equivocan, si creen que la cuestión era reprimir al Sector Crítico. La gran cuestión era y sigue siendo qué sindicato necesitamos para defender eficazmente a la clase trabajadora. Una somera mirada sobre la situación de la clase obrera en nuestro país permite entender hasta dónde han llegado los retrocesos.

La idea fuerza que se desprende del documental es que con Marcelino Camacho el sindicato tenía Norte, sin él empezó a ser otra cosa. Y como dice el director Adolfo Dafour: “El jersey de Marcelino queda ahí para que alguien lo recoja”. Porque no se trata de ninguna nostalgia, se trata de recuperar la utilidad del sindicalismo de clase para defender a una clase trabajadora que está entre los dientes de los tiburones.

No se pierdan la película. Marcelino y la militancia de Comisiones Obreras se lo merecen.

NOTA FINAL: Para saber más sobre el tema es bueno este programa de RNE: “Marcelino Camacho, la forja de un sindicalista” 

2 Comments
  1. Jaime says

    Reconociendo la gran frigura de Marcelino y su acreditada bonhomía en todos los aspectos, no se debe obviar que el declive y la degeneración comenzó cuando se firmaron los infaustos «Pactos de la Moncloa», que implicó, entre otros aspectos regresivos, como que se suscribiera la pérdida de poder adquisitivo en base a unas «maravillosas» contrapartidas de las que nunca se supo, la desarticulación de un movimiento obreros espectacular, forjado en los últimos años del franquismo y que suponía un verdadero contrapeso en la correlación de fuerzas existente en este país. Tampoco hay que olvidar a los cientos de militantes que fueron expulsados de CCOO en tiempos de Camacho por su «izquierdismo» poco acomodaticio con aquellos pactos.

  2. Javier says

    Estupenda reseña de Agustín Moreno sobre este documental que le hace justicia a Marcelino Camacho y pone en evidencia la pérdida de identidad de CCOO, que ha perdido el norte y olvidado su principal objetivo de defender los derechos de los trabajadores, un sindicato convertido en gestoría administrativa desde que Antonio Gutiérrez logró echar a Marcelino de la Secretaría general y el aznarista Fidalgo tomó luego el mando.

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