El imprescindible desarrollo de una economía popular solidaria

  • "Superada la pandemia, el esperable dislocamiento del capitalismo financiarizado no será instantáneo ni sin fuertes confrontaciones entre fracciones del capital"
  • "Se trata de ir creando un archipiélago de territorios libres del virus neoliberal, cavando trincheras para defender los avances hacia una economía popular solidaria"
  • "Una democracia radical debería intentar fortalecer a los estados nacionales de centro y periferia como representantes del bien común"

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José Luis Coraggio

La pandemia global puede ser interpretada como una respuesta de la naturaleza-sujeto a la destructiva globalización del proceso de acumulación de capital. Superada la pandemia, el esperable dislocamiento del capitalismo financiarizado no será instantáneo ni sin fuertes confrontaciones entre fracciones del capital acompañadas por los estados capitalistas centrales individual o asociadamente, aunque en todos los casos expandidos en sus funciones sociales preneoliberalismo salvaje. La periferia, si continúa fragmentada, estará a la defensiva. Sus sociedades estarán polarizadas, con la pobreza y la exclusión magnificadas. Las mayorías trabajadoras de clases medias y bajas sufrirán el impacto de ese proceso, en buena parte empujadas a estrategias de mera sobrevivencia. El capital buscará profundizar y extender la pérdida de derechos sociales, vistos como costos, así como la expoliación de la naturaleza. No es imposible pero sí dudoso que emerjan sociedades solidarias.

En todo caso, la destitución de las mayorías seguirá, como venía siendo, una característica estructural, con tendencias acentuadas por el retroceso en los derechos sociales. La gobernabilidad de las sociedades acentuará políticas públicas limitadas de asistencia a los pobres, lo que creará dependencias, dificultará la radicalización de los mecanismos democráticos y apenas aliviará la pobreza y exclusión de los trabajadores. Será hegemónica una cultura dualista, discriminadora y estigmatizadora de las mayorías por el resto de la sociedad.

En ese escenario se acentuará la urgencia de un cambio de visión de lo posible. Hemos venido afirmando que la economía popular, la de los trabajadores, debe ser vista no como un reservorio de pobres-problema sino como una potencia socialmente heterogénea de transformación de la economía, la sociedad y la política.[1] Otras serían las posibilidades de defensa de las sociedades ante la pandemia y la pos pandemia si en lugar de un mercado omnipresente e individualizador tuvieran como base una red compleja de comunidades territoriales, con autarquía económica y autonomía política relativas. Por lo pronto, las cuarentenas estarían siendo comunitarias y sostenibles.

En esa dirección, los imprescindibles programas de asistencia en la emergencia por venir deberían ir acompañados desde ahora por acciones estratégicas para la consolidación y desarrollo de formas económicas de autogestión y mutualidad a nivel mesoeconómico con base territorial: esto implica reconocer los recursos y la historia productiva de los sectores populares, sean estos comunidades indígenas, campesinas o  urbanas para, sobre esas bases, recuperar recursos productivos  (ej: territorios indígenas, empresas recuperadas, ocupación de tierras, suelo y edificios públicos) y medios de vida y, en buena medida, el conocimiento codificado del que fueron desposeídos.

Eso requiere superar el enfoque usual hacia la economía popular, focalizado en promover microemprendimientos mercantiles, individuales o asociados. En su lugar, se trataría de articular conjuntos orgánicos donde se recupere la unidad entre producción y reproducción en base a relaciones de proximidad y una vinculación de reciprocidad con la naturaleza, permitiendo la emergencia de sujetos colectivos autónomos con capacidad para establecer relaciones más simétricas con las empresas capitalistas y para reivindicar al estado otros marcos jurídicos, otro acceso a bienes públicos de calidad, y de poner barreras a la intrusión del capital privado y sus valores.

Se trata de ir creando un archipiélago de territorios libres del virus neoliberal, cavando trincheras para defender los avances que se vayan logrando hacia una economía popular solidaria, con organizaciones cooperativas y conscientemente complementarias, ganando autonomía y proyectándose en el sistema político local y nacional. La necesaria autarquía (desconexión) relativa exigirá el establecimiento de centros tecnológicos propios, monedas sociales locales, regulaciones sociales al mercado y ganar espacios dentro del mismo sistema político. En esto será fundamental reconocer que, desde el punto de partida pos pandemia, la base social de la economía popular no está constituida sólo por pobres desprovistos de conocimientos y capacidad de organización, sino que incluye trabajadores calificados, así como profesionales vulnerabilizados o que por su posicionamiento ideológico pueden formar parte de esa nueva economía popular, y que instituciones como las universidades y centros tecnológicos, las cooperativas, los movimientos sociales y diversas organizaciones no gubernamentales proporcionan una base sólida para identificar, promover y acompañar proyectos como los indicados.

Un programa estratégico como éste, para el mediano y largo plazo, debería ser asumido por la sociedad civil y el aparato de estado. Una democracia radical debería intentar fortalecer a los estados nacionales de centro y periferia como representantes del bien común, lo que implica un sistema político participativo y la integración de las mayorías como sujetos políticos y sociales en procura de una sociedad más justa, imponiendo la solidaridad mediada por las políticas del estado y dando mayor centralidad a la Economía Popular y Solidaria, no como problema sino como protagonista de un nuevo sistema económico.

(1) Ver J.L.Coraggio, “Potenciar la Economía Popular Solidaria: una respuesta al neoliberalismo”, en Otra Economía, 11(20):4-18, julio-diciembre 2018


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