El reino de la libertad: 8 horas más cerca

  • "La reducción de jornada laboral sin pérdida salarial ha entrado con fuerza en la agenda política de las democracias modernas"
  • "La reducción de la jornada laboral se trata de un reclamo justo de ganancia en soberanía vital y derecho al tiempo libre para la inmensa mayoría de la ciudadanía"
  • "La aprobación de la jornada semanal de 32 horas, en relación con la actual de 40 horas, pondría el Reino de la Libertad un poco más cerca"

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Hector Tejero, diputado de Más Madrid en la Asamblea de Madrid y Emilio Santiago, militante de Más Madrid

La reducción paulatina de la jornada laboral sin pérdida salarial, en paralelo a la progresión de los avances tecnológicos, es una demanda histórica del movimiento obrero. Las trabajadoras y trabajadores españoles tienen además el honor de haber sido pioneros, tras Uruguay y México, en conseguir, gracias a la organización sindical y a la histórica huelga de la Canadiense impulsada por la CNT, una legislación laboral que contemplase la jornada de ocho horas. Pero en el último siglo los avances en este reclamo histórico han conocido un estancamiento que no se corresponde con los aumentos de productividad que ofrecen las nuevas tecnologías.

Actualmente, los progresos en materia de digitalización y robotización de los procesos productivos, que no se pueden desligar nunca de nuestro impresionante consumo energético, han reducido sustancialmente el tiempo de trabajo efectivo y necesario para mantener los niveles de prosperidad material de las sociedades modernas. En los años setenta, descargar un buque en el puerto de Londres era una tarea que ocupaba a más de un centenar de personas durante 5 días. Hoy, a través de la automatización de la terminal, la hacen 8 personas en un día. Los ejemplos similares que se pueden poner son infinitos. Sin embargo, esta contracción se ha llevado a cabo de forma desigual, injusta y en muchos casos involuntaria. Tenemos un mercado laboral en el que coexisten horas extras no reconocidas y no retribuidas con contratos parciales involuntarios y desempleo estructural. La robotización de la economía, dejada al juego libre de la oferta y la demanda en el mercado neoliberal, está convirtiendo en normal la experiencia de Frank Sobotka, el carismático sindicalista de la segunda temporada de la serie The Wire. Hoy la vida cotidiana de la mayoría de la población se parece mucho a una progresiva decadencia de las viejas seguridades, que tiene que ser contrapesada por una actividad frenética, enfermiza y frustrante en pos de una estabilidad que nunca llega. “Hasta cuando no era trabajo, era trabajo”, confesaba Sobotka a su hijo a punto de entrar en prisión, en una escena conmovedora en la que resulta imposible no sentirse tristemente identificado. “No me da la vida”, como constata Jorge Moruno en su libro No tengo tiempo, se ha convertido en la expresión popular de una pauta cultural desastrosa.

Y es que el mantenimiento de una jornada laboral artificialmente alta está teniendo efectos perversos en la segmentación del mercado de trabajo. Pero también consecuencias desastrosas en el plano social, ecológico o de equidad de género. El resultado es una mezcla explosiva de exclusión socialmente injusta que genera sufrimiento, y es económicamente ineficaz, conviviendo con altos niveles de sobreesfuerzo, que terminan resintiendo la salud laboral nacional, la conciliación familiar, e intensificando la depredación insostenible de la biosfera.

Por tanto, las motivaciones para legislar en favor de una nueva reducción de la jornada laboral sin pérdida salarial, que recoja el testigo donde lo dejó el movimiento obrero hace 100 años y lo actualice a las necesidades y retos del siglo XXI, son numerosas.

En primer lugar, porque económicamente se puede. Diversas investigaciones han demostrado que jornadas laborales más cortas intensifican el rendimiento y mejoran sustancialmente la productividad por hora trabajada. La OCDE ha demostrado en diversos informes que los cinco países más productivos en función de las horas trabajadas fueron Luxemburgo, Noruega, Holanda, Francia y Alemania, todos ellos con una jornada laboral inferior a la media europea. Los datos también avalan la reducción de jornada a nivel de empresa: la empresa neozelandesa Perpetual Guardian incrementó su productividad en un 20% tras implementar la semana de cuatro días. Las filiales japonesas de Microsoft y Yahoo conocieron aumentos de productividad de un 40%. Por supuesto, a pesar de sus muchas ventajas la reducción de la jornada laboral no puede acabar con sí sola con todos los problemas que asolan nuestro mercado laboral y harán falta medidas complementarias para incrementar la productividad, aumentar los salarios bajos o acabar con la dualidad.

Más transformadoras son las ventajas que una reducción de la jornada laboral para consolidar conquistar en materia de conciliación familiar, teniendo nuestras innecesariamente largas jornadas laborales un impacto negativo especial sobre las mujeres dado el injusto reparto de las tareas de cuidados todavía imperante. Uno de los grandes retos de nuestro tiempo es establecer un nuevo marco entre agentes sociales y administración para gobernar el salto productivo de la robotización y la digitalización económica hacia un reparto justo e igualitario de la carga de trabajo remunerado, al tiempo que se equilibra el reparto de la carga de trabajo no remunerado o de cuidados, que tradicionalmente recae en las mujeres de las unidades de convivencia. La reorganización forzosa del régimen temporal que ha supuesto la pandemia, y su lección sobre la jerarquía de prioridades que debe regir nuestro desarrollo social, en el que los cuidados han de adquirir el reconocimiento y la atención que corresponde a su importancia material, ha puesto de manifiesto la urgencia de afrontar este debate.

La reducción de la jornada laboral también presenta ventajas evidentes en materia de salud física y mental, puesto que ambas se ven afectadas por el trabajo excesivo a través del estrés y el fomento de hábitos insalubres vinculados a regímenes temporales muy acelerados, como el consumo de comida ultraprocesada.

No menos necesario es el impacto ecologista positivo de esta medida: numerosos estudios demuestran que una reducción de la jornada laboral puede tener efectos ambientales y climáticos muy positivos. Según el informe del think tank británico Autonomy, acortar la jornada laboral a cuatro días presenta evidentes ventajas medioambientales al reducir de modo notable los desplazamientos al trabajo. Además democratizar el acceso al tiempo libre es condición necesaria para rechazar formas de consumo compulsivas e insostenibles, e implicarnos a fondo en actividades bajas en carbono que, sin embargo, suelen ser exigentes en términos de dedicación, como son las deportivas, las culturales o las artísticas.

Por todo ello la reducción de jornada laboral sin pérdida salarial ha entrado con fuerza en la agenda política de las democracias modernas. Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda, ha hecho declaraciones contundentes en favor de una semana laboral de 4 días. Los Gobiernos de Escocia y de Gales han creado una comisión para explorar esta propuesta. Finlandia e Islandia han implementado programas piloto con resultados muy positivos.

En España, el Gobierno valenciano va a respaldar una prueba piloto en los próximos presupuestos autonómicos, otorgando ayudas a las empresas que decidan voluntariamente implementarla, para así evaluar sus distintos efectos. No se entiende que los mismos partidos políticos que conforman el gobierno del Botànic hayan rechazado esta propuesta tanto en el gobierno de España como en la Asamblea de Madrid, argumentando que no es el momento, salvo que responda a una lógica política de zancadilla con miras muy cortas: no se estaría rechazando el espíritu de la medida, sino a quién la propone. Apoyar o no está medida no debería depender de que hayan sido Iñigo Errejón y Más País quienes hayan introducido esta vez en agenda uno de los debates fundamentales para encarar las relaciones laborales del siglo XXI. Pero el sentido último de nuestra propuesta política siempre fue esta: existen toda una serie de problemáticas, de malestares, de reclamos, y de posibilidades transformadoras de nuevo cuño, que ya no son las del siglo XX, que el espacio de la izquierda tradicional no logra articular. Las fuerzas progresistas en el Gobierno podrán intentar echar balones fuera con las iniciativas de Más País por fines electoralistas. Pero los debates y los temas se impondrán, porque son los debates y los temas del siglo XXI.

Finalmente, dejamos para el final la razón más importante para defender la reducción de la jornada laboral, y que conecta esta con la mejor tradición a la que queremos seguir siendo fieles, y que nos toca hacer avanzar en la medida de nuestras posibilidades. La reducción de la jornada laboral se trata de un reclamo justo de ganancia en soberanía vital y derecho al tiempo libre para la inmensa mayoría de la ciudadanía. El desarrollo pleno de la personalidad humana, de las pasiones, de los proyectos individuales y colectivos que conforman el sentido de una vida, incluyendo también la participación significativa en los asuntos públicos que exige una democracia, requieren del adecuado tiempo libre para el desarrollo de actividades que sean fines en sí mismos.

Si hay un indicador clave de eso que en los últimos dos siglos se ha llamado proyecto emancipador, es la democratización de la posibilidad de dedicar el tiempo a tareas que son fines en sí mismos. Que lo que se llama en filosofía “actividades autotélicas” no sea un privilegio de unos pocos. “El reino de la libertad solo empieza allí donde termina el trabajo impuesto por la necesidad y por la coacción de los fines externos” recordaba Marx. El economista ecológico Georgescu-Roegen, crítico con Marx en muchos aspectos, coincidía con éste en que el objetivo último del proceso económico debía ser el placer de vivir.

Seguramente, el reino de la libertad de Marx es más una idea regulativa que una meta concreta. Algo que nos permite comparar y juzgar nuestra época respecto a sus posibilidades reprimidas, más que un punto de llegada definitivo. Pero sin duda, la aprobación de la jornada semanal de 32 horas, en relación con la actual de 40 horas, pondría el Reino de la Libertad un poco más cerca. Concretamente, 8 horas más cerca.

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