Nosotros, que lo quisimos tanto. El PCI cumple cien años

  • "Se nos decía con sorna que un catarro del Partido Comunista Italiano significaba inmediatamente una pulmonía en nuestro partido"
  • "Sufrimos obsesivamente la división entre reformismo y el mito revolucionario, que a pesar de su anacronismo externo no ha dejado de acompañarnos en nuestra convulsa vida interna"
  • "No existen atajos revolucionarios ni democracias perfectas. Eso era lo que entendió el PCI y Gramci"

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"Si he podido ver más allá es porque me encaramé a hombros de gigantes", Isaac Newton

El Partido Comunista Italiano (PCI) cumple cien años, y para aquellos que lo quisimos tanto, entre los que me encuentro, es por qué no decirlo un motivo para la nostalgia, cosa que a estas alturas nos podemos permitir, pero sobre todo una oportunidad para reflexionar sobre lo que queda de nuestra tradición, de nuestra mochila que dirán despectivamente otros, y sobre el papel de la izquierda que unos y otros compartimos, cien años después de su nacimiento. Para pensar el futuro, pues para tenerlo solo se puede partir de esos, y solo de esos, fundamentos democráticos y transformadores. Por este análisis de los conceptos que rigieron el PCI que tanto quisimos y, por todo ello, tanto queremos.

Como nosotros, el PCI nació de la división del partido socialista entre reformistas y revolucionarios en el Congreso del PSI en Livorno, al calor de la aceleración histórica de la revolución de Octubre. Nada diferente del resto de los partidos que, desgajados de los partidos socialistas, formaron luego la tercera internacional.

A partir de entonces, se forjó como partido en la lucha contra el fascismo, y a pesar del clima de la guerra fría y los vetos atlánticos a su participación en el gobierno, fue capaz de convertirse en el partido italiano que aglutinaba la representación de la mayoría de los sectores progresistas y con ello en la alternativa a la Democracia Cristiana. El mayor partido comunista de la Europa democrática. En ese sentido siempre fue para nosotros, y nunca lo fue el PCUS, la figura cercana y amable de un hermano mayor. Nuestra referencia más familiar, paradójicamente mucho más próxima que los partidos vecinos de Francia o de Portugal, y quizá sólo comparable a lo que significó para nuestra conciencia y sentimentalidad la revolución cubana y más tarde la trágica experiencia chilena de otra amarga frustración en la vía democrática al socialismo.

A principios de los años ochenta, cuando en el contexto del 23F un grupo de estudiantes de medicina nos incorporamos al PCE en Asturias, convencidos de que era la mejor forma de defender la democracia frente a los rescoldos aún amenazantes de la dictadura franquista, se nos decía con sorna que un catarro del PCI significaba inmediatamente una pulmonía en nuestro partido, hasta ese punto había llegado la influencia y el símbolismo de un PCI indisolublemente comprometido con la democracia para los comunistas españoles.

Lo fue por su papel solidario con la republica española en nuestra guerra civil, representado en la figura de Palmiro Togiati, pero para aquellos jóvenes que lo quisimos tanto, lo era sobre todo por el significado de la figura de Antonio Gramsci y su noción de hegemonía frente a la esclerosis del pensamiento comunista totalitario, por su defensa de la autonomía frente a un Moscú carente de la fuerza impulsora que requería el nuevo siglo y por su carácter de partido nacional con proyecto europeo, que luego fueron las bases del llamado compromiso histórico dentro de la política Italiana y de la estrategia eurocomunista compartida por los principales partidos europeos, y entre ellos el PCE y en definitiva de su imponente fuerza social, política y también cultural. El nuevo partido democrático y de masas a que nosotros también aspirábamos.

El significado del PCI no es pues una parte más de nuestra mochila histórica, sino que apurando el símil, podríamos decir que ha sido al tiempo nuestra brújula ideológica y nuestras botas de montaña para avanzar en el terreno accidentado de la democracia y la política de alianzas. Y, tal como está hoy la política, sería conveniente volver a esa brújula analítica y conceptual, no para retroceder sino para recrear nuevos proyectos asentados en nuestro pensamiento más clásico y alternativo a la deriva actual de una izquierda aquejada de la insoportable levedad del ser. El pensamiento del PCI era todo menos leve.

Más tarde, llegó el colapso de la URSS y la caída del muro de Berlin y a partir de entonces el PCI, junto al resto de los partidos democráticos eurocomunistas que nos considerábamos hacía años al margen del sistema totalitario soviético o sufriendo su no siempre discreta hostilidad, y que por ello nos creíamos al abrigo de sus cascotes, vimos sin embargo como éste nos afectaba brutalmente y como a pesar del proyecto inequívocamente pluralista, como nos dejaba en una situación de debilidad al conjunto de las izquierdas, que lo queramos reconocer o no, somos vasos comunicantes. Los posteriores movimientos del cambio de denominación y el reformismo fuerte de Achile Oqueto no sirvieron frente a la ofensiva neoliberal y entonces volvieron a visitarnos de nuevo las divisiones, como el peor de nuestros fantasmas. También nos enseñó con sus errores.

Desde entonces sufrimos obsesivamente la división entre reformismo y el mito revolucionario, que a pesar de su anacronismo externo no ha dejado de acompañarnos en nuestra convulsa vida interna dificultando, cuando no impidiendo la imprescindible evolución en nuestros programas y estrategias.

Ahora asistimos a la impugnación del legado del compromiso histórico, que no es otra que una manifestación subsecuente de la cultura cívica y democrática, y su reflejo en nuestro pacto por la libertad, impugnado ahora como la derrota de una izquierda sumisa en la Transición. Una impugnación de la Transición y sus concesiones que continúa y condiciona tanto el enfoque de la Constitución, como la política de alianzas en el día de hoy y, por tanto, el propio modelo democrático que como analiza Sartori, otro clásico italiano, no tiene alternativa real.

Nos persigue desde entonces la eterna neurosis por la desproporción entre el enorme sacrificio colectivo de la lucha antifranquista y nuestros magros resultados electorales, acentuada por la consolidación del PSOE como el partido mayoritario de la izquierda y la competencia en nuestro ya reducido espacio de las izquierdas territoriales.

Quizás nunca hemos analizado que si el PCE se hubiera parecido al PCI en aquella época, no sólo en el pensamiento -cosa que hacía- sino en las obras, los resultados podrían haber sido otros. Pero la forma del PCE decidió seguir simbólicamente unida a una España de la que la sociedad quería huir. Esta es una gran paradoja, el Partido cuya convicción democrática generó la condición de posibilidad de la convivencia plural era visto y percibido en el blanco y negro del la guerra Civil, aunque contaba con personas jóvenes que encarnaban el símbolo de la ruptura democrática, sin embargo, desde el punto de vista de las mayorías nos mantuvimos conectados a la España que moría. No así el PSOE.

Cómo consecuencia, la política de alianzas errática y una relación ambivalente con el partido socialista y por tanto la confusión sobre nuestra posibilidad de ser herramienta de gobierno en el ámbito estatal, no así por razones pragmáticas en el municipal y en menor medida autonómico. Unas veces con el PSOE como aliado de la izquierda y otras como adversario a situar en el terreno de la derecha. Sin solución de continuidad pasamos de la caracterización de derechas y monárquico del PSOE al pragmatismo tacticista de la actual coalición.

Incluso en el modelo populista que hoy adoptamos, se mantiene la incapacidad analítica para definir qué es gobernar para transformar y como hacerlo en un sistema plural, de ahí que se puedan sostener discursos antagónicos con respecto al PSOE en tan solo unos meses. La alternativa se encuentra también en el pensamiento democrático transformador que se inició en los años del ya mencionado reformismo denominado fuerte por su robusto ánimo transformador, y por ser engendrado sólo en y por la democracia pluralista.

Desde entonces nos debatimos en el tacticismo sin estrategia y sin un mapa de ideas para el largo plazo, en el abandono de un proyecto federal español, sustituido por la Confederación, el complejo ante los nacionalismos y en una vacuidad creciente a causa de la renuncia a pensar la transformación en la complejidad democrática. La irrupción populista ha sido pues la consecuencia esperada que no supimos ver. Sólo hizo falta la chispa de la crisis para que irrumpiera y nos instalara en el simplismo, la superficialidad y el caudillismo en televisión, en un modelo de partido personalista y centralizado frente al federalismo pluralista, en el menosprecio del parlamentarismo y el abandono del europeísmo como proyecto.

Es hora de retornar a los cimientos de nuestros clásicos y pensar que la izquierda hoy consiste, principalmente, la capacidad de administrar de la pluralidad y la imperfección para conseguir un equilibrio siempre inestable denominado justicia social y ambiental en democracia. No existen atajos revolucionarios ni democracias perfectas. Eso era lo que entendió el PCI y Gramci, que son referencias clásicas que si forman parte del futuro lo hacen como Aristóteles, Newton o Einstein forman parte del futuro de la física del nuevo siglo. Se construye sobre ellos, sobre hombros de gigantes.

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1 Comment
  1. walletjc says

    Es curioso que tanto fuera querido a la vez que se tilda del intento de crear orgánicamente UP como unión de PCE y Podemos como algo extravagante y fuera de la realidad. IU fue una coalición para un momento de la historia. Creada dos años después de la muerte de Berlinguer con quien el PCI tocó techo en el 76 logrando el 34% del voto para estabilizarse en torno al 30% hasta su trágica pérdida. Es normal querer tanto al PCI de la misma manera que se quiso a Tsipras o se quieren a los distintos gobiernos latinoamericanos aunque con matices, es el carro ganador de la llamada por Gaspar «la izquierda herida». Tras aglutinar IU a todos los derrotados de la transición, derrotados por el PSOE que era un mejor carro ganador, tan ganador que logró vencer en el telón del Referéndum de la OTAN; el proyecto logró consolidarse bajo el liderazgo de un hombre irrepetible. Tras él IU se convirtió en una herramienta donde los delfines del PCE se colocaban para posteriormente cortar amarras con su partido e utilizarla como herramienta para mantenerse en el poder. Estos delfines repetidamente han defenestrado al PCE y no le consideran capaz para relanzar el espíritu de ese PCI que dicen añorar y IU sigue teniendo útilidad…pues claro, faltaría más, vaya que si es útil que sigue permitiendo que los jamádulas sigáis de vividores.

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