La evaluación de nuestro sistema educativo, ¿un espejo donde mirarse?

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María Luisa Rodríguez Moreno *

Las declaraciones del ministro de Educación Ángel Gabilondo respecto a los resultados del Programme  for International Student Assessment (PISA) hechas recientemente en una entrevista para elpais.com merecen algún  comentario. El ministro, como corresponde a su cargo, se presenta un tanto optimista aunque en los márgenes de un controlado realismo. Los españoles podemos sentirnos optimistas, cierto, respecto al desarrollo relativo de las capacidades de nuestro alumnado joven. Pero esa mejora  parece que no va al ritmo que todos desearíamos. Existe aún cierto nivel de insatisfacción porque desearíamos caminar mucho más rápidamente y ser más efectivos.

Sabemos que los resultados de la actividad educadora  en una sociedad sólo se aprecian a medio y largo plazo y los educadores, por suerte o por desgracia, no solemos comprobar fehacientemente el resultado de nuestros esfuerzos.

Cierto que somos más equitativos y democráticos en educación, como afirma Gabilondo. Hemos avanzado bastante, globalmente. Pero en materias tan sensibles como la lectura, el cálculo y la ciencia parece que nuestro país está aún algo lejos del  ideal.  Las causas son muchas y variadas. El mismo ministro reconoce algunas de las más significativas.  De acuerdo que hemos olvidado los  mejores hallazgos de nuestra dilatada historia educativa, que las familias y la sociedad y el mismo estudiantado no coadyuvan, que poca gente se implica en la mejora de la educación (paradójicamente todos dicen que es lo más importante de un país, pero nadie contribuye con su esfuerzo  a  aumentar los niveles de calidad), que el profesorado ha perdido (no se sabe por qué) mucha de su actitud vocacional y es más técnico y especializado.

Yo añadiría que, además, las administraciones no se lo ponen fácil al profesorado ni a los directivos,  que cada comunidad autónoma complica cada vez más la vida docente y administrativa a sus funcionarios, que los media no contribuyen precisamente a ensalzar la labor formativa de los colectivos públicos y privados,  o que los resultados de las complejas y caras evaluaciones  hechas por las agencias no se tienen en cuenta para variar lo que se haya hecho mal. A partir del bombardeo de leyes y decretos desde finales de los 90, lo simple se complicó;  lo aceptable se olvidó;  lo tradicional se  creyó poco innovador; lo básico  fue ensombrecido por lo secundario;  la formación del profesorado, por su barroquismo, ha demostrado ser poco eficaz; la planificación ha sido subsidiaria de la proclamada en países lejanos a nuestra cultura, imperialistas, por lo menos; el rigor y las exigencias burocráticas han cercenado las alas de los maestros más creativos, etc. Son lastres difíciles de eliminar si no es a base de un análisis sincero de hacia dónde vamos.

Finalmente las mediciones del PISA parecen hechas con buena intención y tienen cierto prestigio. Pero no se ven publicados los  procedimientos  con los que se han validado las pruebas y los cuestionarios. La validación de las pruebas, hecha previamente con muestras de cada país para homogeneizar los baremos y los resultados y para permitir  una comparación científica entre los diferentes colectivos (según su cultura, desarrollo económico, etnia, nivel cultural, género, etc.) es preceptiva. Al validar una prueba o un cuestionario  se garantiza su fiabilidad, su validez y su baremación, y se pueden aplicar a los diferentes colectivos  con garantías de comparabilidad entre poblaciones.  No todas las pruebas sirven para medir las mismas competencias en diferentes colectivos.  No se sabe qué procedimientos estadísticos se han usado para validar dichos instrumentos de medición.

La crítica a la dificultad de inferir resultados fiables en diferentes poblaciones no  impide que veamos que en nuestro país no existe verdadero interés por la educación. La calidad (y excelencia, palabra que ahora usan como más significativa los pedantes de la evaluación) no se consigue si no es con una mayor participación y responsabilización de todo ciudadano. Una vez superadas, eso sí, la pobreza y las necesidades primarias de los millones de españoles  en paro. Hace bien el señor Gabilondo en congratularse de  la equidad y la democratización conseguidas. Pero que la excelencia no impida ver  que, pese a todos los esfuerzos, incluso  muchos universitarios ingresan en los estudios superiores sin saber leer, escribir y contar.

(*) María Luisa Rodríguez Moreno es catedrática de Orientación Profesional de la Universidad de Barcelona y autora del blog "Orientación profesional en España".

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