Las próximas elecciones generales R que R

Francisco Serra

Estación de Sol, en la linea 2 de Metro de Madrid. / metromadrid.es

Un profesor de Derecho Constitucional se metió en el metro de Madrid y se dejo llevar al azar por las diferentes líneas. Del mismo modo que el paseante de otro tiempo vagaba sin rumbo fijo por las calles, descubriendo parajes hasta entonces desconocidos, el viajero subterráneo puede perderse subiendo y bajando en las estaciones y palpar la vida que discurre por debajo de la gran urbe. A primera hora, una multitud presurosa abarrota los pasillos, pero mediada la mañana el ritmo parece calmarse y empiezan a detenerse los curiosos en los comercios y algunos clientes se sientan en los bares. La ciudad subterránea late al mismo ritmo que la que se despliega en la superficie y podría filmarse también una “sinfonía de la gran ciudad”, como hizo en los años veinte un cineasta alemán, sin salir al aire libre.

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Un antropólogo francés, Marc Augé, comparó el viaje en metro con la obra que el artista o el científico pretende llevar a término, pero también podríamos entenderlo como una metáfora que nos sirve para ilustrar la vida en general. En sus inicios, el metro contaba con escasas líneas y apenas algunas estaciones. En la actualidad, el  recorrido se ha extendido en un trazado muchas veces sinuoso y que pone en comunicación los lugares más alejados. La vida que en otros tiempos parecía claramente determinada hoy está sometida a cambios constantes y debemos estar realizando continuos transbordos para intentar llegar a un destino que, una vez alcanzado, demuestra no ser más que una meta provisional y el punto de partida de la reanudación de un viaje interminable.

Cuando el profesor era niño, el metro no llegaba al barrio de Prosperidad y debía caminar largo rato hasta llegar a Diego de León para poder dirigirse al centro. En aquel momento, casi todas las líneas pasaban por Sol, pero hoy a veces es mejor moverse a través de la red por medio de la línea 6, que es circular, o por otras que discurren lejos de las calles más frecuentadas.

A menudo, en sus clases, comparaba el sistema jurídico con el metro, que a comienzos del siglo XX mostraba un centro claramente determinado, en torno a la estación de la Puerta del Sol, que se correspondería con la Constitución. A finales del siglo pasado, la construcción de una línea circular podría asemejarse a las tentativas por establecer una Unión Europea, pero, igual que la línea 6, que ha precisado de múltiples reformas para intentar evitar las frecuentes averías, no ha llegado a ser plenamente efectiva; por eso han surgido otros trazados que ponen en conexión los barrios entre sí, un Derecho que ni es conforme ni contrario a la Constitución, sino que actúa de forma independiente.

En los últimos meses, el acceso a la estación de Sol era casi imposible por la aglomeración de gente que ocupaba la plaza y grandes carteles recomendaban salir a la superficie en otras estaciones. La acampada del 15-M había creado un gran vacío en la red de metro y, probablemente, también en el sistema jurídico y político que mostraba cómo por un instante quedaba a la vista de todos el momento fundacional y tal vez la emergencia de un nuevo poder constituyente.

Hace unos años, un amigo suyo que era conductor de metro coló al profesor en la cabina y le puso en las manos el volante, riéndose de su temor a hacer descarrillar el convoy, pues ya entonces los conductores se limitaban a abrir y cerrar las puertas. En otros países circulan trenes sin conductor y en los que todas las operaciones se realizan a distancia por control remoto. Del mismo modo, algunos pretenden que la política constituiría un saber puramente técnico, absolutamente condicionado por razones económicas. Lo que ha resaltado el 15-M es la necesidad de hacer política de otra manera, llevando a cabo una “conducción” efectiva, pero los políticos tradicionales solo han alterado mínimamente sus propuestas, R que R, tanto Rubalcaba como Rajoy, ofreciendo procedimientos electorales en que (en teoría) se presentan listas abiertas, como el alemán, pero que (en la práctica) conducen a una menor proporcionalidad y que, aplicados sin cambios en España, podrían llevar a la casi segura desaparición de los partidos minoritarios o que, incluso, aumentan el número de circunscripciones,  convirtiendo el sistema resultante en próximo al mayoritario.

El profesor, tras estas divagaciones, renunció a imitar a un personaje de Cortázar, que confiaba toda su felicidad futura a la forma en que actuara otra pasajera, cerró el libro que estaba leyendo (las memorias de Juan Ramón Capella) y decidió salir a la superficie en la estación del Parque de las Avenidas y, mientras caminaba por la Avenida de Bruselas, se puso a pensar en lo que sucedería en los próximos meses y comprendió que la meta de su viaje podía entenderse de dos maneras, porque esa ciudad era la capital de Europa de donde debieran venir las medidas para paliar la crisis económica que no parecía terminar nunca, pero también la capital de Bélgica, un Estado desgarrado por tendencias secesionistas y que hacía más de un año que no había conseguido formar gobierno después de las últimas elecciones y parecía definitivamente viajar sin “conductor”, sin poner nunca rumbo a Ítaca.