La economía: mentiras y trampas

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Juan Francisco Martín Seco *

Los economistas se han dedicado en todas las épocas a legitimar el statu quo y a justificar las estructuras de poder. Tanto a lo largo de la historia como en los momentos actuales, la teoría económica, salvo raras excepciones, ha pretendido revestir de necesidad lo que en realidad era fruto de la organización social y de las decisiones humanas. Ha servido para acallar la mala conciencia y exculpar de responsabilidad a los poderosos sobre las enormes desigualdades e injusticias que se derivan de la estructura social y económica, al tiempo que se ha utilizado siempre de adormidera para que las clases bajas no se rebelen y acepten de buen grado que este es el orden natural de las cosas y que no existe alternativa.

La teoría clásica y el liberalismo económico cumplieron tal función en el siglo XIX y a principios del XX, disfrazando de consecuencias necesarias las negativas secuelas sociales que se siguieron de la Revolución Industrial. Las condiciones inhumanas de las fábricas de Inglaterra y Escocia aparecieron no como el resultado de una organización del trabajo radicalmente injusta, sino como fruto de las leyes inmutables del mercado, las de la oferta y la demanda.

En la actualidad, la teoría económica –controlada totalmente por el neoliberalismo económico– ha acuñado un discurso falaz y tramposo con el que justificar la involución que se está realizando en las conquistas sociales, en los derechos laborales y en la progresividad de los sistemas fiscales. En el libro que ahora publica la Editorial Península, La economía: mentiras y trampas, pretendo desenmascarar este discurso fulero. Escrito en forma de diccionario, no es desde luego un diccionario al uso, sino el estudio de 32 vocablos o conceptos con la intención de descubrir las falacias y sofismas que se esconden tras la utilización que de ellos hace el discurso imperante.

El déficit público, tan de moda en este momento; el PIB, concepto estrella en todo el discurso económico; la competitividad, a la que se adora como a un nuevo ídolo, al que se pretende sacrificar todo; la inflación, cuyo control, centrado exclusivamente en la reducción salarial, se prioriza frente al crecimiento económico; el discurso fiscal, todo él minado por mentiras y tergiversaciones; las pensiones, a las que se trata de sustituir por fondos privados, los gastos en sanidad que se definen como insostenibles y otros muchos conceptos más hasta el número de 32, se analizan y se diseccionan con el objetivo de poner de manifiesto los ardides y las trampas que ocultan.

Se hace especial hincapié en la globalización y en la Unión Europea, dado que son las dos columnas sobre las que se asienta todo este discurso. Con el término globalización se juega a la ambigüedad, y es esta ambigüedad la que permite hacer pasar por hecho inalterable lo que más bien es fruto de una determinada opción ideológica marcada por intereses concretos.

La palabra globalización remite en primer lugar a ciertos procesos sociológicos que vienen produciéndose desde hace largo tiempo, unidos a avances técnicos y científicos tales como el desarrollo de las comunicaciones o la digitalización. En este sentido, la globalización sí supone una realidad fáctica. Pero esto nada o muy poco tiene que ver con el contenido que en el mundo económico se pretende dar al término globalización. En este ámbito se reduce a la asunción del libre cambio y de la libre circulación de capitales, realidades que tienen muy poco de necesarias. La prueba más evidente es que en otras etapas recientes de la Historia se han aplicado políticas diferentes.

La aceptación sin límites de la libre circulación de capitales representa la renuncia del poder político a controlar el poder económico, con lo que es el propio concepto de democracia el que entra en crisis. La liberalización de los flujos financieros conduce además a la inestabilidad de los mercados, y pone contra las cuerdas a los países, originando frecuentes crisis que en algunos casos, como en los momentos actuales,  hacen peligrar la totalidad del sistema económico internacional. El chantaje del capital a los gobiernos, o simplemente su mera posibilidad, concede a estos una coartada para destruir la progresividad de los sistemas fiscales, y para ir deprimiendo paulatinamente la protección social y empeorando las condiciones laborales.

La Unión Europea (UE), desde su creación, está inmersa en un lenguaje engañoso e hipócrita. Todo el proceso se ha camuflado con un discurso casi místico, idealista, de altos vuelos, situando como objetivo la paz y la necesidad de superar los graves conflictos del pasado. Es posible que esta fuese la idea en sus orígenes, pero este proyecto novelesco hizo muy pronto agua y de él, hoy en día, no queda absolutamente nada. Lo que hoy llamamos UE dista mucho de esa idea romántica que se ha querido vender a los ciudadanos. En realidad, no se puede hablar de la unión de Europa, sino de la Europa de los mercaderes.

En 1989, el Acta Única introducía la libre circulación de capitales sin haber adoptado previamente ningún tipo de armonización en materia fiscal, social o laboral, con lo que se daba la salida para que los Estados entrasen en una carrera competitiva para ver cuál bajaba más los impuestos al capital o a las empresas, cuál reducía más los salarios reales o precarizaba en mayor medida las relaciones laborales, y limitaba con mayor rigor los sistemas de protección social. Paradójicamente, en nombre de Europa se pone en esos momentos en peligro lo que era más propio de Europa, el modelo de Estado social.

En Maastricht, de nuevo se emplea el lenguaje más para ocultar que para describir la realidad. La Comunidad Económica Europea cambia de nombre para denominarse Unión Europea en un intento de dar a entender lo que en realidad no es. Únicamente se proyectaba la Unión Monetaria (UM), con enormes defectos, contradicciones y carencias, con un banco central cercenado en sus cometidos y funciones y, por supuesto, sin ir acompañada de la integración necesaria en los aspectos fiscales y presupuestarios. Las consecuencias las estamos contemplando y pagando en los momentos presentes.

La UM, tal como se diseñó en Maastricht y se ha desarrollado posteriormente, resulta inviable. Los acontecimientos lo están demostrando. Pero la gran mayoría continúa sin asumir el problema en toda su dimensión y piensa que se puede arreglar con parches. La única solución factible pasa por constituir una verdadera unión económica en todos sus aspectos. Aunque ello conllevaría realizar enormes transferencias de recursos de las naciones ricas a las menos prósperas, y de eso las primeras no quieren ni oír hablar. Quizá sea lógico, pero en tal caso Alemania no debería haber planteado nunca una unión a la que no está dispuesta y, sobre todo, los gobiernos de los demás países no deberían haber aceptado jamás un modelo que conduce a las economías de sus respectivos Estados al abismo, ni deberían continuar mareando la perdiz con medidas como la de la reforma de la Constitución que lejos de solucionar la situación la empeoran de cara al futuro.

En este libro he pretendido emplear un leguaje claro, sencillo, lo más accesible posible incluso para aquellos que no sean economistas, que si siempre es conveniente y no tiene por qué ir en detrimento del rigor, más aún en esta ocasión en que lo que se pretende es descubrir lo que otros con las mismas palabras intentan ocultar. Ortega sostenía que la claridad es la cortesía del filósofo. Hoy deberíamos repetir que la claridad debería ser la cortesía del economista, por lo menos del economista de buena voluntad. Los discursos arcanos y exotéricos, los razonamientos cifrados, la oscuridad en los planteamientos, obedecen más a la conveniencia de mantener la disciplina oculta al común de los mortales que a la propia exigencia intrínseca de los argumentos económicos. Hay que desconfiar de los economistas que se expresan en términos ininteligibles, la mayoría de las veces pretenden colar intereses de clase como verdades científicas.

(*) Juan Francisco Martín Seco es economista y miembro del Consejo Científico de ATTAC España.
2 Comments
  1. José says

    En resumidas cuentas: que esto va mal porque la economía sigue al servicio de la economía y no del ciudadano. ¿Cómo logrr que la economía sirvs al ciudadano y no el ciudadano a la economía? ¿Podremos algun día jugar todos en en el campo económico sin reventr la pelota?

  2. Perez Oya says

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