Líneas rojas, luces rojas

Isaac Rosa *

Llevamos cuatro años pintando líneas rojas por todos los rincones del Estado, y hasta ahora no sólo han resultado inútiles para contener ataque alguno: más bien al contrario, parece que hay quien ve esas líneas rojas como metas en el camino, muescas en la culata, trofeos de caza mayor, otra línea infranqueable que se consigue franquear y no pasa nada, a ver dónde nos pintan la siguiente.

Ya digo, cuatro años dibujando rayas a modo de barrera, y viendo cómo son pisoteadas una y otra vez, obligándonos a trazar nuevas líneas rojas que achican cada vez más el espacio de lo que queda por salvar. A la velocidad que va todo, ni siquiera da tiempo a que se seque la pintura cuando ya le están poniendo la bota encima, para dejar la huella como recuerdo.

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El abaratamiento del despido era una línea roja trazada por los sindicatos, y ya ven el resultado: si no quieres caldo, dos tazas. También con el paro fuimos dibujando y redibujando líneas rojas en la EPA, que parecían imposibles de superar sin que todo estallase: cuatro millones de parados, cinco millones de parados y, aunque hemos corrido la raya hasta los seis millones, ya no parecen tan lejanos.

Tampoco la Constitución, toda ella envuelta en un lazo rojo de ‘se mira pero no se toca’, fue capaz de resistir un agosto de nervios. Y no digamos el copago, antaño palabra impronunciable, hoy convertida en chascarrillo en cualquier entrevista con un miembro del gobierno, a falta solo de decidir en qué Consejo de Ministros cae, si en uno con largo puente por delante o en uno con partido del siglo el sábado.

La educación y la sanidad eran también dos líneas de un rojo vivo, y tampoco han durado mucho: después de que las comunidades autónomas diesen saltitos por encima de las líneas rojas, con recortes presupuestarios, aumentos de horas lectivas o cierres de quirófanos, el gobierno central acaba de cruzarlas con paso de elefante, aunque pretendiese ir de puntillas mediante un párrafo perdido en una discreta nota de prensa: 10.000 millones de euros menos para sanidad y educación.

Ni siquiera el Estado de las Autonomías, que creíamos la línea más roja de todas, la Maginot de la España democrática, parece ya a salvo de pisotones, después de que Esperanza Aguirre jugase a saltar de un lado a otro de la raya, ahora estoy dentro, ahora estoy fuera, con su propuesta de recentralización de competencias -con la que de paso se tapaba un poco las vergüenzas del tarifazo del transporte público madrileño-.

Cruzar las líneas rojas, y hacerlo además con tanta prisa como lo está haciendo el gobierno de Rajoy, es la mejor forma de asegurar el cruce de otras líneas menos importantes en la escala cromática. Una vez uno ha llegado tan lejos, todo lo que queda por detrás es pan comido, tierra quemada. Si te cepillas la sanidad, la educación o los derechos laborales, todo lo que queda por debajo cae sin mayor resistencia. Lo dijo la propia Aguirre, que de colores sabe un rato: “hay que recortar como Irlanda, de golpe; mejor una vez colorado que ciento amarillo”. Traducido a las líneas sobre el suelo: mejor cruzar de una zancada las rojas, que no andarse a pasitos tímidos con las amarillas.

Más o menos el mismo razonamiento que parece orientar el incumplimiento masivo de las promesas de Rajoy, las electorales, las pre y las post electorales: más vale empezar envainándose las más grandes, las de mármol, y todas las demás serán calderilla. O como decía el mordaz Thomas de Quincey en su Del asesinato considerado como una de las bellas artes: uno empieza asesinando, luego robando, después dándose a la bebida, y acaba no dando los buenos días a los vecinos. Es decir, uno empieza cargándose los pilares del Estado de Bienestar, y acaba subiendo el precio de los sellos postales, ya verán.

Total, que tendremos que reconocer que las líneas rojas, como defensa, dejan mucho que desear. Es como las fronteras de los países: no suele ser suficiente con trazar una línea en el suelo; si uno quiere defender la entrada debe colocar como mínimo una garita, y si la amenaza es importante, un ejército. En nuestro caso, el problema viene cuando los mismos a quienes hemos confiado la defensa de esas líneas infranqueables acaban jugando a la rayuela con ellas. Pero también tenemos responsabilidad los ciudadanos, por limitarnos a pintar rayas y luego no ir más allá de un pataleo cuando nos las pisan. Parece que no nos hemos enterado de que las reglas del juego han cambiado, y que ya no basta con confiar en el funcionamiento ordenado del Estado democrático cuando tenemos ministros que informan de los próximos decretos a la prensa extranjera, los colegas comunitarios o el último mindundi del partido de Merkel, antes que al parlamento, y no digamos a los ciudadanos.

Habrá que ir pensando en otra forma de defender nuestros derechos y nuestras conquistas sociales, ya que la pintura de suelo no merece mucho respeto. Es verdad que los desventurados griegos hace ya tiempo que no se limitan a señalar con la brocha las zonas infranqueables, y aun así tampoco han conseguido frenar el avance de quienes están desguazando el país. Pero allá cada uno si cree que merece la pena resistir, o si prefiere sentarse a ver pasar el desfile.

De lo contrario, seguiremos repintando líneas rojas que delimitan espacios cada vez más exiguos. Y como decía al principio, a la vista de los acontecimientos habría que pensar si esas mismas líneas no contribuyen a aumentar el apetito de los fantasmales mercados y sus representantes locales. En ese caso no serían líneas, sino luces rojas. Como las de los puticlubes de carretera: un reclamo.

(*) Isaac Rosa es escritor y columnista.