La invisibilidad del Parlamento: acudan sus señorías al escaño

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Julián Sauquillo

Imagen de archivo de una sesión del Congreso, casi vacío. / Efe

El Parlamento debe parecer honesto tanto como serlo. Por ello no se entiende bien que las cámaras representativas aparezcan desiertas habitualmente. Cada poco,  reaparecen las reclamaciones ciudadanas de activismo parlamentario, extrañadas por la falta de visibilidad del Parlamento. Y no es para menos. Pues elegimos a los miembros del Parlamento para que representen, pongan en escena, de forma creíble, los debates sobre las políticas públicas que nos afectan. Es verdad que “forma creíble” no es cierta pero a nosotros, los ciudadanos, nos toca apreciar los desajustes que se dan entre la interpretación parlamentaria y el guión para el que les elegimos. La desconfianza hacia los políticos se forma en el cabreo que nos causan unos actores políticos tan dubitativos con el papel para el que fueron llamados al reparto.

Las conexiones entre el parlamento y el teatro son muchas. DRAE dixit. “Parlamento” es la “cámara o asamblea legislativa, nacional o provincial” y la “relación larga en verso o prosa” que se pronuncia en el teatro. ¿Por dónde vamos de la representación? ¿Hay descanso en esta obra algo tediosa e inquietante? Estamos, por lo menos, en el tercer acto de la representación política. Primer acto: un parlamento, dominado por las oligarquías políticas, como el descrito por Joaquín Costa y Martínez, actuaba bajo palio de unos caciques locales y unos gobernadores civiles que sometían cualquier disidencia política fuera de sus bambalinas teatrales. Todo el siglo XIX entierra las protestas populares con ejércitos en la calle y parlamentos engolados con el papel de galán de los pudientes. A los miserables nadie les representa. Mariano José de Larra describe a los actores teatrales de entonces como faranduleros necesitados de constante apuntador.

Segundo acto: el teatro público no recaerá más en la formación individual para la interpretación. Comienzan las compañías teatrales estables. Los partidos políticos aparecen en escena en el comienzo del pasado siglo XX. Ya no hay un regidor de la representación política –el monarca o algún canciller- sino varios personajes centrales –poco más de uno por partido- y muchos secundarios que siguen el monólogo del que les llamó al reparto. El “líder cesarista” que elabora las listas cerradas e instala a los suyos, sus aliados, en la Cámara -al que se refiere Max Weber- cuenta con toda la autoridad y determina el voto. “El que paga al mariachi elige la canción” según el proverbio mejicano. El panorama anterior no era mucho mejor: en el seno de cada grupo, liberal y conservador, sus señores (semifeudales) se agarraban con sus consocios para sacar adelante sus intereses. Todos los mariachis interpretaban lo que les apetecía sin encargo alguno. Los partidos políticos no acaban de entrar  de lleno en el modelo de Estado. El Estado de partidos se vio cuestionado, una y otra vez, por el predominio de los órganos del Estado que les dan cabida. La democracia de partidos quedó relegada, en parte, por la vigencia de la democracia parlamentaria. Pero esta es otra canción.

Tercer acto. Ahora nos encontramos en la democracia mediática y de consola informática. Y algunos ingenuos creen que Facebook, Twitter y el periódico de mayores ventas pueden “hacer la política”. Desde luego, son herramientas poderosas para seguir cómo fue la obra pero el Teatro político tiene que seguir existiendo. A ver si nos va a pasar como a aquel crítico musical que había escuchado tanto a Vivaldi, Hendel y Beethoven que hizo y publicó la crítica del día anterior sin saber que se había suspendido el concierto por la lluvia. La representación del mensaje político no se realiza bien por el “líder político de audiencia” –tan humanos, demasiado humanos que tan pronto salen al foso tímidamente como no rebasan el umbral del camerino-. Seguimos necesitando de un ritual teatral, parlamentario, ahora, poblado de técnicos de sonidos, utileros, mecánicos, productor, regidor,… Sin ese foro público, la política no se hace visible, para complacer o para sacar al ciudadano a la calle. Un tenor canta un día y admira a la concurrencia. Se le ve calentando en los ensayos. Esto le libra del canto diario. Un profesor da una clase excelente y se le ve en la biblioteca. Su presencia concentrada anima a la lectura a los estudiantes más que  dormitando en su despacho. ¿Puede sostenerse la imagen del político solo con YouTube? ¿Basta con imaginarle en los despachos? Si no asistimos a ninguna representación, la “función se suspende”: la política ordinaria acaba siendo el medio de la negociación, las amenazas, las advertencias que tanto crédito restan a la política.

Necesitamos del Parlamento como un “dramatis personae” donde los políticos del PP, del PSOE, y demás reparto, contrasten cursos de acción pública. Si no hay diálogo, no queda más que monólogo. Gobernar sin oposición es tan falible como gobernar en un sistema de partido único. Recordemos a Amartya Sen: las democracias, y no los sistemas de partido único, pueden prever las hambrunas –nos advierte- porque la oposición les libra de creerse sus propias y rocambolescas campañas de convencimiento sobre la población. Con la escasez de ingesta actual, necesitamos del parlamento para que gobierno y oposición contrasten los modelos de gestión. Porque la técnica y sus tecnócratas no facilitan la solución óptima y menos nos libran de la elección política de cursos de acción para encarar los problemas. ¿O no?

3 Comments
  1. Don Incómodo says

    No van porque están en los despachos viajando. Desmoralizante

  2. Susana Martín says

    Vaya espectáculo nos dan a veces. Ni un principiante lo hace peor. Me voy a ventilarme un poco, que el ordenador me quema los ojos

  3. Concha says

    Yo me pregunto si no les dará vergüenza a sus señorías ese absentismo tan usual, so pretexto de que están ocupados en otra labor importante. Importantísima labor debe de ser para que no acudan a escuchar a sus compañeros de partido o de oposición. ¿O es que lo qué les ocurre es que no tienen intención alguna de escuchar o no ven para qué puede servir y piensan que estar en la Cámara es perder el tiempo?

    Gracias por su artículo, como siempre, tan brillante.

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