Una mirada «pesimista» sobre la crisis

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Francisco Serra

Un profesor de Derecho Constitucional pasaba las tardes del caluroso verano jugando al póquer con su hija de cinco años. Los juegos reunidos de Dora la exploradora que le habían regalado a la niña no contenían aquellos a los que el profesor se había dedicado en su infancia, como la oca o el tres en raya y lo único que al afanoso padre le había resultado familiar era una baraja francesa.

El profesor hacía años que no jugaba a las cartas y nunca había demostrado excesivo entusiasmo por ellas, tal vez porque la ruina de su familia paterna se había producido, poco antes de la guerra, cuando su bisabuelo, propietario de una tienda de coloniales, había enviado a América para adquirir café y otras mercaderías (propias de los países ultramarinos y valiosas en la Península) a un lejano pariente, que había perdido, en una partida, en el barco que le llevaba allí todo el dinero que se le había confiado. El “tío de América” nunca volvió y solo mandó una escueta misiva, en la que lamentaba lo sucedido y anunciaba su intención de establecerse en la República de El Salvador, comprometiéndose a devolver lo antes posible la cantidad de la que había hecho tan mal uso. No volvieron a tener noticias suyas y el bisabuelo, abrumado, pagó todas sus deudas, se metió en la cama y murió del disgusto a los pocos días. Sus hijas, dando muestras de un fino olfato comercial, con lo poco que quedó en el banco decidieron montar un negocio “con futuro”: una tienda de disfraces y caretas... que inauguraron en el carnaval del treinta y seis y tuvieron que cerrar meses después.

Por fortuna, el profesor no le había enseñado a su hija que lo usual, cuando se juega al póquer,  es apostar dinero, porque la pequeña había adquirido, en apenas unos días,  la pericia de un tahúr. “Lo importante no es ganar…”, decía ella, mientras mostraba su trío de ases, superando con facilidad  la mísera pareja de reinas del profesor, ya algo irritado, que esperaba la consabida afirmación (se la habrán enseñado en el colegio, seguro, pensó) de que lo importante es participar; para su sorpresa, la niña terminó la frase de otra manera: “sino poder tomarte un helao cuando estás asfixiao”.

Por la noche, cuando su hija ya estaba acostada, el profesor reanudó la lectura de los gruesos volúmenes que había reservado para ese verano. En las vacaciones el profesor aprovechaba para sumergirse en obras de gran extensión a las que no podía dedicarse durante el resto del año. Había empezado Juego de Tronos, pero, como ya había visto las dos primeras temporadas de la serie de televisión, el libro no había conseguido engancharlo y no siguió al terminar el primer tomo.

Después de las múltiples peripecias que aparecían en la saga imaginada por George R. R. Martin, ahora le apetecía enfrascarse en alguna gran obra de filosofía. Los libros que atesoramos en nuestra biblioteca están aguardando el momento propicio para emprender su lectura; durante años, el profesor intentó en vano leer El Ser y el Tiempo, de Martin Heidegger, hasta que en un vuelo de vuelta a Europa desde Tokio, abandonó, algo aburrido, la más ambiciosa de las novelas de Don de Lillo e inició la lectura del que ha sido considerado el libro de pensamiento más importante del siglo XX, mientras la mayoría de los pasajeros dormían. Ya cerca del final, levantó los ojos del texto y su mirada se cruzó con la de su vecina de asiento que, aún algo soñolienta, le contemplaba con asombro. “El hombre es un ser-para-la-muerte”, le dijo el profesor, reprimiendo un sollozo. La japonesa, que no sabía castellano, se quedó pensando unos momentos y al final contestó: “I like cookies”. “Me too”, respondió el profesor, cerrando el libro.

Este verano el profesor se había propuesto una tarea muy distinta: quería leer a Schopenhauer. Cada escritor ha de ser abordado en el momento y la forma que mejor se adecuen a su estilo. En el caso de este autor, ya Thomas Mann estableció que el modo de afrontarlo era tumbado en un sofá lo más confortable posible. Puede parecer que para saborear al más conocido de los defensores del “pesimismo” el lector debiera primero flagelarse o regodearse en los aspectos más sombríos de la existencia, pero eso sería un error.

Hay pensadores tristes, que revelan la angustia del hombre en el mundo, como Heidegger, Sartre y los que son conocidos como “existencialistas”, pero el caso de Schopenhauer es diferente. No es que odiara a la humanidad, es que la despreciaba por completo. Su más conocida afirmación (y que es mencionada con frecuencia, aunque otros la atribuyen a Lord Byron) es: “cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”. Muchos piensan que el mundo va mal, pero están muy equivocados: va mucho peor. Más allá de lo malo, está lo horrible. En nuestros días esa mirada negativa sobre la realidad ha sido popularizada por la llamada ley de Murphy: “si algo puede salir mal, saldrá mal”. Pero para los auténticos “pesimistas” ha sido refutada por el contundente postulado de O´Toole, cuyo lacónico enunciado reza así: “Murphy era un optimista”.

El profesor recordaba cómo, cuando era niño, su padre leía algunos de los opúsculos, extraídos de la obra en la que él ahora estaba inmerso, dedicados al amor, las mujeres y la muerte, mientras se reía a grandes carcajadas. Claro que el profesor también se acordaba de una tarde en su juventud en que su madre llegó a casa, abochornada, porque  su marido con sus risas incontenibles había llegado a hacer enmudecer a los actores de uno de los más desconsoladores dramas de Buero Vallejo y se habían visto forzados a salir precipitadamente del teatro.

La lectura de la descripción de los “dolores del mundo” que presenta el filósofo alemán no puede ser sino reconfortante, en un momento en el que vemos cada vez más cómo se van deteriorando nuestras condiciones de trabajo y toda nuestra existencia, pensó el profesor. En España esa sensación de asfixia se ha vuelto aún más agobiante por una política económica que amenaza con ahogar a la sociedad.

Los días largos y cálidos de agosto transcurren más rápido de lo que desearíamos y nos acercan cada vez más al que, si no se pone remedio en breve plazo, será el “otoño del horror”. París y Praga tuvieron su primavera, San Francisco floreció en su “verano del amor” y nosotros parecemos condenados a un turbio período que, con toda probabilidad, dará lugar al “invierno de nuestro descontento” (y quien sabe cuando se convertirá en estío). Tras estas reflexiones, el profesor, dejando el libro abierto sobre el sofá,  se levantó y fue a la cocina. El helado estaba riquísimo.

3 Comments
  1. Jorge Alberto Marinetti says

    A eso lo llamamos al final del continente latinoamericano «pulsión de muerte», «instinto de muerte». No seamos boludos y reconozcamos los pocos años que dura el «pincipio de placer». Nosotros llegamos a 900 de prima de riesgo.

  2. Susana says

    Qué idea más divertida para superar la ruina es montar una tienda de trajes de disfraces. Que cerraran también hace pensar que tras una catástrofe viene otra peor. Profesor, ¡¡qué gracioso me parece usted!!

  3. Emerson says

    No me diga que la crisis en España es una muesca negativa más en la atrocidad de los siglos. Estético

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