Fernández Buey: la generosidad radical de un hombre bueno

Juan Carlos Monedero *

Deja Fernández Buey la tierra que le convocaba a la rabia y al esfuerzo. Sus oídos tañen campanas rojas en los nuestros. Cuando los ejemplos se mueren hay que perseguirlos. Campanas como las que tocó en el convento de los capuchinos en los 60, protestando porque Franco seguía matando, porque la iglesia seguía cobijando al dictador bajo palio, porque la universidad seguía feudal y él, recio como se imagina uno a un palentino cabal, ya andaba enfrentado a los que tenían como plan para el solar hispano hacer de esta tierra de espasmos un país de guardias civiles, cabreros, párrocos y desentendidos.

Quizá le inventen como a Tierno Galván un cura de urgencia; pero mentirán. Su única religión era la utopía, su cofradía, la de los comunistas, su Biblia, el método científico. Su catecismo… No, Fernández Buey no tenía catecismos.

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Muerto Paco, nos deja solos con tanta miseria. No llegó a escuchar a un diputado del PP decir que las «pasaba canutas» con sus miserables 5.100 euros al mes. No ha llegado a escuchar cómo el gobierno de Rajoy va a llamar con algún eufemismo para la historia al rescate que se nos viene. No ha llegado a ver el final del juicio al fraude de los ERE, donde la izquierda a veces se empeña en hacerse igual a la derecha. No ha llegado a saber si Izquierda Unida -tan suya en sus orígenes- saldrá con bien o con mal tras acostarse en la cama gubernamental con el PSOE andaluz. No sabrá si el PSOE seguirá siendo el de Felipe González o alguna vez se atreverá a ser, con tanto pueblo roto, el de Largo Caballero. No ha llegado a saber tampoco que un padre asesinó a sus hijos por venganza contra la madre (Paco, que en las conferencias, si no había mujeres entre los ponentes, se presentaría como «Paca»). No sabrá, como diría Silvio Rodríguez, de tanta mierda. Una mísera alegría.

Se ha ido, sin embargo, sabiendo que nos gobierna una pandilla de amiguitos pijos, eternos niños bien que siempre entendieron que a los parados les toca como mucho un «que se jodan», pijos que compran áticos mientras desahucian a miles de personas de a pie cada mes, pijos que cierran países como cierran empresas, que improvisan porque para eso vienen de buenas familias, que rezan dentro porque abortan fuera y que niegan la atención a los inmigrantes porque para ser persona no hay que ser pobre. Paco, mirándolos con sus ojos pequeños y su corazón grande, pensaría meditabundo: «¿Por qué regresamos a los lugares donde fuimos tan infelices?»

Se ha ido a asaltar los cielos Paco Fernández Buey. Un hombre bueno. Camino de la última batalla, cargado de un cuaderno de quejas inmenso para los inexistentes dioses. Con letra apresurada ha ido escribiendo para largarle a la primera deidad que se le cruce: «un neoliberalismo de mierda, una globalización de mierda, un imperialismo de mierda, una depredación ambiental de mierda. ¿No os da vergüenza estar tan llenos de mierda?”. Ya lo había dicho antes con su ironía amable: “Nunca te bañas dos veces en el mismo río: la segunda está más sucio”. Dioses de baratillo.

Lo imagino estos días cansado del mundo -llevaba tiempo cansado de este mundo desalmado-, aún más desilusionado cuando su compañera ya se había marchado llevándose el 50 por ciento de tantos recuerdos. Paco miraría cada mañana la prensa y se diría: “qué disparate, qué disparate”. Ser honrado como que carga la mochila de los años. Paco se va a los 69. Los Papas duran hasta los 90 años. ¿Será que el dolor de mundo acorta la vida? Aunque unos sobren y otros falten.

No puedo dejar de imaginarme sus pensamientos en los últimos meses, semanas, días. Pudo ver las fotos terribles de España ardiendo, los movimientos desalmados de un Gobierno con una gestión descerebrada, más atenta al qué dirán que a solventar los problemas del país. Pudo reencontrarse con una Europa volviendo a sus fueros. También, con sana sonrisa, vio el nacimiento del 15M y las urgencias de convertirlo en un instrumento político eficaz que reclamaba más tiempo del que él desearía. No pudo ver la foto terrible desde el monte Gurugú, donde tres subsaharianos miran a la desvencijada Europa desde la desahuciada África. Imagen de un mundo que no invita a grandes alegrías. Quedarse aquí ¿para qué?

A todos nos compete un pedazo de esa mirada dolorida de Fernández Buey. Un mundo donde el socialismo se cayó junto con un muro que los ciudadanos no quisieron sostener, donde la mayoría de esa tierra pendular llamada España prefería las mentiras del PP y del PSOE a enfrentar un futuro lleno de desafíos, con un medio ambiente gritando desesperado ante la mirada displicente del, con exceso y sólo por comparación, llamado homo sapiens. Demasiado “pesimismo de la inteligencia”.

Pero también estaba “el optimismo de la voluntad”. Paco sonriente ante cada gesto hermoso del mundo. Siempre con esa cara de ternura hacia los que buscábamos pero aún no encontrábamos. Él nos puso sobre las pistas. Nos deja muchas enseñanzas. Después de él no podemos seguir reclamando la intolerancia en nombre de la consecución de nuestras metas. Después de Paco no podemos leer a Marx con maneras de loro ortodoxo ni de Torquemada radical que no quiere entender los tiempos de perplejidad que nos han tocado. Después de Paco sabemos que Gramsci es el marxista que nos va a conducir con más astucia por el siglo XXI (odiado por Mussolini, odiado por Stalin). Después de Paco sabemos que no hay socialismo que no sea ecologista, que no sea  feminista, que no sea pacifista. Después de Paco sabemos que los partidos -él, un hombre siempre “del” partido- no bastan para cuidar de los asuntos públicos. Después de Paco -y mucho antes que Zizèk y otros asustaviejas- sabemos que en la vertiginosidad de los fotogramas de una película hay más pistas sobre nuestro mundo que en buena parte de los libros políticos que editan editoriales que hacen dinero con libros de cocina. Después de Paco sabemos que sin una buena teoría la práctica anda ciega, que necesitamos hacer el esfuerzo de interrogar a la metodología, de volver a preguntarle a la ciencia por las cuestiones de la objetividad y de la transformación social. Después de Paco sabemos que “ni Marx ni menos”.

Con esa mirada irónica, nunca cínica -nunca-, llena de compasión, profundamente humanista porque era profundamente de izquierdas. Paco nos obliga a los críticos feroces de nuestros mayores a no meter en el mismo saco a toda la generación del 68 y sus entornos. Él no fue como toda esa cuerda de paniaguados que dejaron de pelear, que sembraron la transición con las minas del consenso y la ocultación y que, además, pretendían seguir dando lecciones de radicalidad de izquierda a los que venían detrás.

Paco no ha podido leer en la prensa a Francisco Rubio Llorente, uno de los vicepresidentes del Tribunal Constitucional, contando que suya fue la idea que debía contentar a Tirios y Troyanos -valga decir fascistas y demócratas- cuando en 1976 había que hacer algo en el Parlamento de la democracia con los símbolos del franquismo: “Dejarlos y quitarlos era un problema (…) ¿Solución: los tapamos con tapices”. Esa es la democracia que hemos heredado: franquismo tapado con tapices. Paco nos ayudó a arrancar los trapos de fieltro y bordados falsos a tantas mentiras. Porque era generoso. Porque primó en su vida luchar por la democracia y el socialismo antes que adornar su biografía con falsas gestas. Frente a tantos de su generación que prefirieron quedarse en la mentira complaciente. Por eso Paco, como un mohicano del pensamiento -o un Gerónimo- deja escuela. Qué pocos pueden decir lo mismo. La universidad se queda mucho más sola. No sabrá sin embargo de todos los alumnos que este año no podrán matricularse por la subida de las tasas. ¿Qué harías este curso, Paco? ¿Cómo enfrentarías esta nueva privatización del saber después de tanta lucha para democratizar la universidad?

Se ha ido Paco, y por algún lado andará, tan cerca y tan lejos, por ese mundo que puebla nuestra conciencia, arrancando las hojas de parra a los tímidos, preguntando a los ángeles por qué son tan aburridos, organizando el infierno para decirle al diablo que su sitio en verdad está entre las nubes, gritándonos desde el más acá: ¡No dejéis de luchar, que se acerca vuestro tiempo!

Paco Fernández Buey, uno de los hombres más generosos de la izquierda española. Que con su maestro Manuel Sacristán sentó las bases para repensar el socialismo y el marxismo desde bases no ortodoxas y mucho menos estalinistas. Por eso recordó con Hanna Arendt, que Brecht se había equivocado pidiendo «a los descendientes» indulgencia por haber sido inclementes en los tiempos duros. Lo que le toca a la izquierda es la amabilidad, la compasión, la empatía, porque son las virtudes que la hacen realmente fuerte camino de la revolución que sueñan sus realistas.

Escribió Leonardo Boff: «importa desde ahora demostrar amor a la vida en su majestuosa diversidad, tener compasión con todos los que sufren, realizar rápidamente la justicia social necesaria y amar a la Gran Madre, la Tierra». Parece inspirado en el comportamiento de Fernández Buey.

Un hombre bueno que nos deja un poco más solos, un poco más urgidos por su ausencia, un poco más comprometidos para seguir su estela, un poco más, como siempre nos recomendaba, insumisos. Parece que le oigo decir desde algún lugar del éter: “¿cómo que no vais a rodear el congreso? ¡El pueblo siempre ha de estar por encima de los políticos! ¿Quién tiene miedo al pueblo? Prudencia siempre, pero también coraje”. Te vas a donde esté tu mujer Neus, a donde esté Dolores y Rafael, Ramón, Pepín, Manuel… Insumiso rodeado de insumisos.

Y en esa insumisión ya te has quedado para nuestro siempre con nosotras y nosotros insumisos humildes agarrados a tu ejemplo.

(*) Juan Carlos Monedero es profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Complutense de Madrid y director del Departamento de Gobierno, Políticas Públicas y Ciudadanía en el Instituto Complutense de Estudios Internacionales.