Seis millones de oligarcas en Venezuela o la construcción del socialismo

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Juan Carlos Monedero *

 

Hay quienes quieren ver en la suerte del general Piar un retrato permanente de una Venezuela que siempre termina volviéndose contra sí misma. "He derramado mi sangre", habría afirmado el Libertador Bolívar después de confirmar la ejecución del general y amigo, héroe de la toma de San Félix, por delitos de insubordinación, deserción, sedición y conspiración. El mismo Bolívar terminaría diciendo en el umbral de su vida, viéndose combatido por aquellos con los que había luchado por la independencia: “he arado en el mar y he sembrado en el viento”, recordándose un loco parejo a Don Quijote y Jesucristo. Venezuela, que en su himno canta “compatriotas fieles, la fuerza es la unión”, no siempre acierta a la hora de saber encontrar el mejor de sus caminos ni el mejor de sus aliados. ¿O acaso no es verdad que Doña Bárbara, la poderosa mujer retratada por Rómulo Gallegos, tenía siempre en una mano el látigo y en el otro el remordimiento? Piar, Bolívar, Don Quijote Doña Bárbara o Jesucristo son personajes que pasean por las ideas de Hugo Chávez como personajes de una novela trágica atravesada de un heroísmo desconcertante. Hugo Chávez, que ha puesto a Venezuela y a América Latina en un nuevo lugar en el mundo, ha ganado las elecciones más difíciles de su vida.  En nombre del pueblo. Y con diez puntos de ventaja. Y la pregunta a contestar, siendo un hecho que no hay seis millones de oligarcas en Venezuela –como le dijo a Chávez Fidel Castro en una ocasión– sigue siendo: ¿cómo es que medio país no apoya su política de emancipación? Pero no porque no sea así en casi cualquier país –la polarización es una constante–, sino porque al ser la tarea la construcción del socialismo, esa tarea requiere antes un número alto de socialistas y un número no muy alto de antisocialistas.

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Chávez ha ganado las elecciones más angustiosas desde su victoria en 1998. Y esa angustia no ha venido alimentada por mérito de la oposición ni por ninguna maldición de la historia, sino por algún tipo de demérito en el quehacer gubernamental en estos años. Los avances en estos 14 años han sido tan espectaculares que es difícil ocultarlos para quienes viven en Venezuela (por más que mientan con gran descaro quienes los niegan o los falsean desde los medios internacionales). Basta mirar los 7 puestos avanzados en el Índice de Desarrollo Humano entre 2006 y 2011, los dos millones trescientos mil estudiantes universitarios –ahora que los estudiantes españoles no pueden pagar los 1.400 euros de primera matrícula en la universidad pública–, la reducción a la mitad –a la mitad– de la pobreza y de la pobreza extrema, las casi 400.000 viviendas públicas construidas en los dos últimos años, los 500 millones de consultas médicas públicas en un país donde los pobres no tenían acceso a la sanidad… Por todo esto, Chávez tenía que ganar las elecciones. Y lo ha hecho por diez puntos. Entonces ¿por qué ha sido el resultado más reñido de la historia?

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La Republica Bolivariana de Venezuela ha tenido fortuna a la hora de enfrentar los problemas actuales ligados a la política neoliberal. La capacidad y decisión gubernamental eran suficientes para enfrentar las presiones del Banco Mundial, del FMI y de los demás organismos financieros internacionales. No era menor para reubicar a los Estados Unidos –acostumbrado a mirar hacia el Sur con maneras de cowboy– o para utilizar el petróleo –previa rearticulación de la OPEP para terminar con la era de los precios bajos–. También para hacer keynesianismo impulsando el gasto social (más de 500.000 millones de inversión social en los últimos diez años) y poner en marcha un programa de humanismo social redistribuyendo la renta en forma de redes de alimentación, sanitarias y educativas, entre otras muchas.

Sin embargo, su suerte no ha sido pareja a la hora de pelear contra los “fantasmas” históricos que acompañan al país desde los tiempos de la colonia, aquellos en los que Venezuela no era siquiera un Virreinato sino una simple Capitanía general (de aquellos barros, estos lodos). Estos fantasmas tienen que ver con la debilidad del Estado –construido al tiempo que el país se hace petrolero–; con la ineficiencia administrativa, que a su vez da paso a una corrupción endémica y que tampoco es vista de manera dramática por la ciudadanía; el centralismo –muy ligado igualmente a la debilidad estatal–; el militarismo –una vez más vinculado al escaso desarrollo industrial que hizo que la débil burguesía acudiera a los militares para solventar sus cuitas–; y una firme creencia en los liderazgos fuertes –los gendarmes necesarios, en la expresión de Vallenilla Lanz– que terminan por delegar más funciones de las posibles en la figura del Presidente. Esos problemas estructurales son los que hicieron de Chávez un Presidente “mágico”. Y es el retraso en su solución lo que ha llevado a que el candidato Capriles –una persona que en su discurso de aceptación de la derrota ha afirmado que acaba de conocer, a sus 40 años, al pueblo– recoja más votos de los que le corresponderían por su origen de clase (millonario de familia),  sus compañías –los grandes clanes del dinero–, sus vinculaciones exteriores –sintonía con el narcopresidente Uribe de Venezuela, con la derecha ingerencista norteamericana o con los lobbies mediáticos de la derecha y la extrema derecha– o su enfrentamiento con los partidos tradicionales –Acción Democrática y COPEI–, que ven con miedo el avance del joven político que prometió arrumbar a los partidos del “pasado”.

Las elecciones han demostrado una normalización del país. Si Capriles puede consolidarse como el referente de la oposición, el chavismo va a tener enfrente poderosos problemas si no ataca de frente los problemas estructurales del país. No sirve sin más mejorar las condiciones iniciales: los pueblos que mejoran siempre quieren más. Y hacen bien. La oposición debe de haber aprendido que la vía electoral les entrega mayores réditos que la vía insurreccional (que fue la preferida durante una parte importante de estos 14 años). E igualmente tienen que asumir que el proyecto claro del presidente Chávez es  ahora la construcción del socialismo, de manera que su marco de juego tiene que ser ese. De lo contrario, estarán de nuevo subvirtiendo las estructuras de consenso y la polarización social seguirá existiendo. Igualmente, Venezuela debe blindarse frente a los ataques externos. Los resultados de la oposición están vinculados a la financiación de su campaña por parte de los mayores capitales del país y por la financiación estadounidense. Igualmente está ligada al el control de los medios de comunicación (por mucho que se repita lo contrario, el 80% de los medios de comunicación en Venezuela están en manos de la oposición). La democracia reclama las mismas reglas para todos, y si a algunos se les olvida, es misión del gobierno recordárselo. Porque el Gobierno de Venezuela, a diferencia de lo que estamos viendo en Europa, sigue reclamándose como un gobierno de las mayorías.

De las elecciones sale un posible candidato de la oposición que tiene por delante la tarea de transformar la heterogeneidad de sus apoyos y la falta de proyecto popular en una alternativa de gobierno. No es tarea fácil y no hay señales que indiquen un probable triunfo en ese cometido. La derecha venezolana apenas está empezando a saber lo que es el pueblo y cuáles son sus necesidades.

Resultados oficiales de las elecciones presidenciales celebradas en Venezuela el 7 de octubre de 2012. / Consejo Nacional Electoral

Igualmente, sale un Presidente Chávez que tiene que conjugar el “arroz con mango” (forma criolla de referirse a cosas que ligan mal) de la puesta en marcha del socialismo, de la conjugación del Estado heredado y de la construcción de un nuevo Estado basado en las comunas, de la articulación del Partido Socialista Unido de Venezuela como un partido que vaya más allá de las cuestiones electorales, de la relación con los demás partidos que configuran el Polo Patriótico, de la recuperación de parte de esos seis millones que han votado a Capriles acabando con el burocratismo, la corrupción y la ineficiencia, y también de la corresponsabilización del pueblo, marcando nuevas obligaciones en la construcción de la nueva sociedad. Sin olvidar que su salud no es la misma que hace 14 años, lo que hace regresar otra vez la cuestión de la sucesión, de la delegación de poder y de la dirección coral del proceso de transformación. El apoyo popular, después de 14 años, ha sido espectacular: un 80,67% de participación y el 55,25% de los votos. Queda lejos, sin embargo, el objetivo de los diez millones de votos. Y la distancia con la oposición se acorta. Se trata ahora, otra vez, de la revolución dentro de la revolución.  De sentar realmente las bases para la transición al socialismo. Y éste parece ser el momento. Quizá el último momento.

(*) Juan Carlos Monedero es profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Complutense de Madrid y director del Departamento de Gobierno, Políticas Públicas y Ciudadanía en el Instituto Complutense de Estudios Internacionales.
5 Comments
  1. Trinidad puerto Pascual-o7581643S says

    Hispano -américa ha dado un gran avance en cuanto el pueblo ha recobrado su voz y su dignidad y sus métodos de análisis de la realidad, y salió del poder de los oligarcas y el predomio de norte -américa, y esta indicando el camino posible para la subsistencia del universo, y el camino de la justicia. Le deseo que vaya mejorando , pero que no dé marcha atrás. Buen análisis.

  2. mvegaf says

    Las elecciones venezolanas en los titulares de la prensa española: http://precisionenlaprensa.blogspot.com.es/2012/10/la-victoria-de-chavez-segun-la-prensa.html

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