Contra Marco Aurelio

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Agustín_García_SimónDe manera cada vez más preocupante, el uso y manipulación de la Historia para justificar situaciones políticas y sociales de la más pura actualidad parece ya un signo normalizado de nuestro tiempo. Sin ser un fenómeno nuevo, desde luego, asusta un tanto por los efectos devastadores que los medios digitales globales ejercen en esta y otras materias, cuyos conocimientos rigurosos se banalizan con estúpida frivolidad o inconfesado interés.

El fenómeno se extiende a todo tipo de revisionismo histórico sobre hechos y personajes, a los que se aplican en su reconstrucción o análisis planteamientos, conceptos o inquietudes del tiempo presente que nada tienen que ver con el pasado, con resultados habitualmente aberrantes y, en los más conseguidos, perversos. El asunto empieza a ser preocupante cuando ese filón se abre como lo más normal en el mundo académico. Si en los reductos del saber no se cuida con celo, vigilancia y rigor la ligereza de las pasiones o el exagerado peso de nuestra visión contemporánea de la Historia (“Toda Historia es contemporánea”, decía Croce), ¿qué nos queda?

Esta reflexión viene a cuento de la publicación recientísima de la edición española del libro del historiador italiano de la Antigüedad romana Augusto Fraschetti, Marco Aurelio. La miseria de la filosofía (Madrid, Marcial Pons, 2014), en la que, según las propias palabras del autor, se intenta “delinear la reconstrucción del imperio de Marco Aurelio (alguno quizás podría considerar que lo hemos hecho de forma implacable)”. Mal asunto que un historiador profesional tema que le tachen de implacable, cuando, en rigor, el estudio de la Historia parece requerir de una prudente perspectiva y un equilibrio desapasionado que nos permita un acercamiento suficiente, capaz de alumbrar vidas, hechos y razones que movieron mundos a los que la mente y ojos del historiador deben adaptarse si quiere rescatar del pasado lo que verosímilmente pudo ocurrir. En el caso de Fraschetti (1947-2007), la cosa se complica, si se tiene en cuenta que ya en la introducción del libro se pone la venda antes de la posible herida: “Quizás el reproche que se hará al siguiente análisis del imperio de Marco Aurelio será el de haber intentado reconstruir en todos sus aspectos las diferentes fases de un reinado de forma quizás no demasiado benévola en relación con su protagonista, a diferencia de muchas monografías que son pura y simplemente exaltación. No obstante, si la obligación del historiador es la de indagar en profundidad y sin prejuicios todo lo que realmente sucedió, se puede decir que aquí me he limitado exclusivamente a relatar: narrar y no inventar”… También nos dice Fraschetti que “toda reconstrucción histórica no puede ni debe basarse en un juicio de orden moral o, en el peor de los casos, “moralizante”, lo que no le impide a continuación (leitmotiv a lo largo del libro) hacer “una constatación” con la más simple de las moralinas: “que si Cómodo no fue ciertamente un “buen” hijo o, al menos, el “buen” hijo que Marco habría deseado que fuera, el “buen” Marco no fue ciertamente el mejor de los padres”.

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El problema fundamental de Fraschetti en esta obra es que incumple flagrantemente, y por sistema, sus altos principios y protestas profesionales para, so capa de la imparcialidad y rigor del estudio histórico, dar la vuelta de manera radical a la figura excelente que del emperador Marco Aurelio nos legaron sus contemporáneos y el propio juicio de la posteridad histórica. No lo digo yo, lo dice literalmente una de las autoridades en la Antigüedad tardía, autor, entre otras, de la ponderada y última biografía aparecida en lengua española sobre el Emperador-filósofo, Anthony Birley: “Según el juicio de sus contemporáneos, Marco Aurelio había sido el emperador perfecto. La posteridad confirmó aquel veredicto. Sólo hubo un reparo: su elección de sucesor” (Cómodo). Montañas de erudición y un aparato formidable de notas, sólo al alcance de los más encumbrados especialistas, escoltan a Fraschetti en este libro, no para iluminar el horizonte hasta aquí torpemente equivocado y falseado de la imagen de Marco Aurelio, ahora modelo consumado de hipócrita, que, según su “indagación” exhaustiva y pesquisas comineras, hizo creer que su miserable necesidad era en realidad una excelsa virtud, sino para buscar la culpa y al culpable (“…esta “culpa” -sí, como veremos, se trató verdaderamente de una “culpa”-, dice el autor a propósito de la sucesión de Cómodo). Y vaya si los encuentra.

Marco_Aurelio_La_miseria_de_la_Filosofía
Cubierta del libro de Fraschetti.

Decía Gibbon acerca de la escritura de su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano que, ante tamaña y oscura complejidad, ejercía una “suave presión sobre los hechos”, muy propio de todos los grandes historiadores. Fraschetti no, Fraschetti sencillamente los tortura. Su prosa apelmazada, esa manifestación juntapalabras de la escritura de tantos eminentes académicos, alcanza su logro con soterrada voluntad inquisitorial: Marco Aurelio y su “aburridísima filosofía” son reos ante el tribunal de la Historia, por fin, de innúmeros y gravísimos cargos, entre los que destacan los siguientes: “familismo amoral” (un concepto inventado por los antropólogos modernos), “hipocresía”, “oportunismo”, engreimiento (“se sintió de hecho superior a los demás”), “egotismo”, “dualismo de su personalidad”, ser un “espíritu profundamente “reaccionario”, “ser tradicionalista” (sic), “ser un opiómano”, “intolerancia” (“el “intolerante” Marco”), hacer “una política imperialista” (sic), “dirigir guerras interminables” que iniciaron la caída del Imperio… Pero, sobre todo (he aquí la madre del cordero), “la circunstancia gravísima en no haber comprendido de ninguna manera los ideales profundos en los que se sostenía el cristianismo” y convertirse en “un perseguidor feroz de los cristianos”… Por el prefacio de este libro nos enteramos de que “Fraschetti no era practicante católico, sino más bien escéptico, racional”. Pues menos mal, porque de haberlo sido, el emperador Marco Aurelio estaría ahora mismo ardiendo en efigie.

No hay espacio en una reseña de periódico para desarrollar la crítica a todas estas cuestiones e intenciones. Es una lástima, porque daría mucho de sí para un jugoso y divertido ensayo, aunque en realidad, más probablemente, todo se quedará en bizantinas y encontradas respuestas de especialistas. Lo importante, a mi juicio, es que los lectores interesados en la Historia, no digamos ya los marcoaurelianos, reparen en esta literatura, siquiera para saber por dónde vienen los tiros en torno a una figura capital de la cultura clásica: la del emperador Marco Aurelio que, junto con sus Meditaciones, seguirán siendo tan fundamentales como la vida misma para cualquier lector que tenga entendimiento. Marco Aurelio fue un hombre y, por tanto, un ser harto defectuoso, pero su paso por este mundo nos dejó esa huella rara que sólo los mejores y más grandes nos legan: la que nos reconcilia con el propio género humano.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.

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