Leopoldo María Panero, el último maldito

Julián Sauquillo

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Leopoldo María Panero, en junio del año pasado, durante la Feria del Libro de Madrid. / Ion Antolín

“Toda vida es un proceso de demolición”.
F. Scott Fitzgerald, El Crack-Up (1945)

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Éramos jóvenes cuando conocimos a Leopoldo. Nos llevaba diez años a una pandilla de estudiantes algo despistados. Leíamos “sufrir es crear conocimiento” y no atisbábamos el sufrimiento. Desconocíamos que el dolor es más de la vida que literario. Corría el año 1978. Era una leyenda viva que dominaba los límites del barrio de Malasaña de Madrid como un rey. Ya se había pateado Las Ramblas y Saint Michel. Venía de una casa palaciega familiar de Astorga. Si ese año era el de la Constitución, también era ya el de las reivindicaciones sexuales minoritarias. En la Facultad de Derecho, dos universitarias y yo, ninguno gay, recibimos a Leopoldo para armarla un poco. Javier Sádaba, Tomás Linaza (Frente de Liberación Homosexual de Castilla) y Leopoldo, conmigo de moderador, debatíamos los derechos de las minorías. Parecía extenderse el acto y le aconsejé brevedad para su intervención. Fue hiperbreve. Pero en el debate nos fascinó tanto por lo que dijo como por su propia expansión gestual. Se refirió a cómo la modernidad había atenazado el cuerpo del individuo. Se levantó, golpeó rabioso la mesa y empezó a mover el cuerpo y los brazos. Decía que “el lenguaje verbal era el corporal inhibido”. Nos impresionó por el acopio de gestos. Parecía Antonin Artaud. Quería ser este, no me cabe duda. Parece mentira que ese cuerpo libre haya muerto ahora. Después, volvió dos veces más, al menos, a la universidad: una para dictar su “Invitación a la rebelión y a la desobediencia civil más profunda”; otra para explorar a los vecinos universitarios del manicomio Alonso Vega de Madrid donde paraba. Recuerdo ambas con estupor y admiración.

En el café Comercial de Madrid, se me apareció, mucho antes, con una revista científica que avalaba sus exotéricas teorías sobre “el sexo de los ángeles”. Estaba ante un poeta maldito, nacido en el 48, que ya en El Desencanto (1976) de Jaime Chávarri, con treinta años, aparecía como un total fracasado. No pudimos entrar en El Majuelo, de la glorieta de Iglesia, donde se rodó su primera aparición en la película. Había alguna cuenta pendiente. Leopoldo ya había sido seleccionado, por José María Castellet, entre los novísimos poetas –o “genoveses”, vocablo que detestaba- como una promesa literaria junto a Ana María Moix, Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Guillermo Carneo, Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión y José María Álvarez. A pesar de que tenía todos los ases en la mano, se daba el toque de destruido. La televisión pública le convocaba y hablaba compulsivo con un amago de sonarse delante de la cámara. Por primera vez en la mojigata sociedad española, una familia con poeta reconocido ya muerto, Leopoldo Panero padre, se desgarraba delante de la pantalla. Felicidad Blanc, Michi Panero, Juan Luis Panero, también escritores, y Leopoldo diseccionaban agriamente al padre (también a Luis Rosales) mientras la banda oficial le homenajeaba. Todavía no habíamos presenciado un psicodrama igual. Después de tantos años (1994), de Ricardo Franco, presentó el proceso confirmado de derrumbe que se había anunciado años antes. Ya sin madre. Aparecía Michi con las piernas paralizadas y con muletas en la casa familiar de la calle Ibiza, Juan Luis en el Ampurdan recluido, Leopoldo María destrozado en el psiquiátrico de Mondragón.

Leopoldo fue uno de esos poetas que no puede trabajar también en algún trabajo decente. Era una mezcla de ternura y cabreo explosivo que no mataba a nadie. Había aborrecido del autoritarismo en su infancia. A mi madre, vieja republicana, le encantó en La Bobia de Madrid. Capaz de las teorías más delirantes, recuerdo su preocupación por las estrategias de la Banca. Acababa de ser asaltado con rehenes el Banco Central de Barcelona y estaba convenientemente acordonado en el año 1981. A nadie se le ocurría, como a él, en el Hospital Psiquiátrico de Leganés, que todo fuera una confabulación preparada por el capital para que nos compadeciéramos de él. Así lo pensó.

Le conocimos primero por En lugar del hijo (1976), Narciso en el acorde último de las flautas (1979) o Last River together (1980). Su faceta de cuentista no menos inquietante que la de poeta. Me gustó mucho su visión de ese científico que se enamora de una figura que ve a vista de microscopio. Ese sí es un amor imposible. Sus prólogos a Lewis Carroll y a Sade y algunas de sus traducciones me parecen imprescindibles. Desde entonces, no ha dejado de escribir en cualquier postura y a pleno aire libre. Muchas veces solo, aunque tuvo legiones de admiradores. La muerte cierra en parte una obra. Es el momento más imperioso para hincar el diente a su Poesía completa (2000-2010), preparada por Túa Blesa con un esclarecedor prólogo.

Ha muerto en el Hospital Psiquiátrico Insular de Las Palmas de Gran Canaria apaciblemente. En el intervalo de este proceso de demolición, Panero ha llevado la carga poética de Lautremont, Nerval, Artaud, Rimbaud, Carroll, Baudelaire, Char y tantos más fatalistas. Lo ha hecho sin concesiones, sin edulcoraciones, y tiene un puesto ganado a pulso en esta maléfica estirpe. Se le recuerda en alguna de las terrazas de las playas de Las Canteras en Las Palmas. Yo ya le había perdido de vista mucho tiempo antes. Pero siempre le tuve cerca. Una de las mujeres que le quiso me recuerda ahora un texto suyo: “Más allá de donde aún se esconde la vida, queda un reino, queda cultivar como un rey su agonía, hacer florecer como un reino la sucia flor de la agonía: yo que todo lo prostituí, aún puedo prostituir mi muerte y hacer de mi cadáver el último poema”.  Nos vemos en tu reino, Leopoldo.