AGUSTÍN GARCÍA SIMÓN | Publicado: - Actualizado: 21/6/2017 11:30

Agustín_García_SimónLas relaciones entre los Estados Unidos y Latinoamérica, desde las respectivas épocas de colonización europea hasta hoy mismo, han revestido formas características del choque norte-sur. Por una parte, la necesidad recíproca e ineludible del contacto e intercambio; por otra, la tensión o el conflicto permanentes, con picos y coyunturas de una extrema agresividad; y siempre caracterizadas por una complejidad que las mentes elementales y los demagogos han tratado de simplificar con zafiedad o mero insulto a la inteligencia: “Váyanse al carajo, yanquis de mierda”, exclamó en 2008 el tristemente famoso Hugo Chávez, patético milico, rejuvenecedor de la abonada y ominosa tradición caudillista latinoamericana. Con la actualizada visión atlántica y global que vienen aportando los títulos de la colección Ambos Mundos de la, por tantas razones, meritoria editorial Marcial Pons (en este caso en coedición con el Colegio de México), aparece ahora el estudio necesario y clarificador del profesor Stefan Rinke, América Latina y Estados Unidos. Una historia entre espacios desde la época colonial hasta hoy (Madrid, 2014), un estudio ecuánime, ágil, sintético, muy útil para aquellos profesionales o, simplemente, curiosos de la historia y la política americanas, que busquen las claves y los grandes hitos de las difíciles relaciones entre los dos subcontinentes, y las razones fundamentales de las constantes hegemónicas, de la tentación imperialista sui generis, que llevó a los Estados Unidos a convertir a los países del centro y sur americanos en su “patio trasero”.

Aunque, extrañamente, Stefan Rinke no lo cita, Alexis de Tocqueville, en su La democracia en América (1835), había expresado con lúcida anticipación, once años antes de la guerra de México y Estados Unidos (1846), el espíritu expansionista imparable de los angloamericanos y el racismo que los empujaba, como principios de su actuación: “Cada día los habitantes de los Estados Unidos se introducen poco a poco en Texas, adquieren tierras y, en tanto que se someten a las leyes del país, fundan en él el imperio de su lengua y de sus costumbres. La provincia de Texas está todavía bajo la dominación de México; pero bien pronto no se encontrarán en ella, por decirlo así, más mexicanos. Semejante cosa sucede en todos los puntos donde los angloamericanos entran en contacto con las poblaciones de otro origen”. Para Tocqueville no cabía ninguna duda: en la carrera por el control del territorio americano al norte del istmo, y su colonización, a menudo disputados con violencia entre hispanoamericanos y angloamericanos a lo largo de los siglos xvii, xviii y xix, por muy favorables que fueran los tratados para los últimos, estos acababan siempre infringiéndolos.

El desgaste y decadencia del Imperio español en el decurso de esos siglos fueron paralelos a la ascensión irrefrenable de Inglaterra y Francia, que lo fueron despojando inexorablemente hasta convertirlo en una potencia menor con cuyas posesiones se jugaba en la apuesta verdadera por el mantenimiento de la hegemonía del mar, finalmente ganada por Inglaterra. En el siglo XVIII, esta situación había deparado consecuencias inéditas en las colonias del norte y sur americanas, con una nueva conciencia de autonomía espacial y política en los criollos españoles y las élites norteamericanas; un nuevo estatus acelerado por la Ilustración europea, cuyas ideas y efectos alcanzaron muy pronto las colonias francesas, antes de su extensión a todo el continente. Pero desde un primer momento, las reticencias de los angloamericanos hacia la América hispánica fueron profundas, antagónicas de partida. Los separaba casi todo, con excepción de la vecindad geográfica. Más que nada la religión, la incompatibilidad de la radicalidad puritana del protestantismo frente al catolicismo absolutista; y en el orden material, la capacidad de iniciativa del norte, su empuje económico, su ambición de bienestar material, sus ansias de expansión, imposición y control, frente a un centro y sur sumidos en la dejadez, la tradición estéril, la incapacidad y el inmovilismo.

Cuando, en los primeros decenios del siglo XIX, las Guerras de Independencia de los territorios hispánicos ensangrentaban las tierras del sur con ferocidad guerracivilista, tras las ideas liberadoras de Bolívar y San Martín, los Estados Unidos habían completado modélicamente su Revolución de Independencia, y lo más importante: habían adquirido una seguridad en sí mismos que los llevó a una conciencia de superioridad manifiesta y racista, que legitimaba el espíritu de su expansión como característica nacional; el convencimiento de que lo “anglosajón” era la base que sostenía y ampliaba la civilización y, por tanto, tenía la obligación de extender su campo de acción, de expandirse y sobreponerse a los más débiles, al igual que la teoría de la evolución darwinista; una misión civilizadora que justificaba el imperialismo sobre los pueblos inferiores (o sea, Latinoamérica), que pasaron de hecho a ser “el otro americano”, naciones de salvajes, de seres inferiores, “negros” o color “café”, incapaces de regirse a sí mismos. De ahí la Doctrina Monroe (1823), un aviso a las potencias europeas para que se abstuvieran de intervenir en el continente americano.

América_Latina_y_EEUU
Cubierta del libro de Stefan Rinke.

Pero los hitos de esta prepotencia norteamericana, su proceder y consecuencias de rapiña y humillación (México perdió la mitad de su territorio en la guerra con los Estados Unidos) tuvieron en Latinoamérica su respuesta duradera en la yanquifobia, y en la vindicación de su cultura hispánica y de sus propias raíces indígenas, como conciencia propia de dignidad y lucha frente a lo que, tras la guerra de Cuba (1898) se establecería y extendería como característica propia del imperialismo norteamericano en las repúblicas latinoamericanas: el protectorado y el derecho arrogado de intervención en cualquiera de ellas, bajo la “política del gran garrote” (“Big stick Policy”), según la frase del presidente Theodore Roosevelt. El protectorado de Cuba, que inauguraría, como firme amenaza, el siglo XX; el de Puerto Rico, Panamá, República Dominicana, Haití, Nicaragua… y todas las repúblicas bananeras del Caribe (el sueño de Mar Mediterráneo de los Estados Unidos), cuyo mantenimiento sangriento persistiría durante todo el siglo, con episodios duros, amparados por la Guerra Fría y el espantajo del comunismo, como el golpe de estado de Chile en 1973, o los años catastróficos de Ronald Reagan en los ochenta… Una interrelación profunda, turbia, complicada, que este libro ayuda a comprender con claridad y la distancia que requieren los hechos de la historia humana, siempre necesitados de una mínima perspectiva, si queremos comprender el propio presente.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.

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  • ramón moreno palau

    ESTADOS UNIDOS pese a lo que ellos intentan que creamos ES UN PAIS PROFUNDAMENTE RACISTA,los anglos y a lo sumo minorias celticas o nordicas han llevado durante mas de dos siglos los destinos de la potencia mas importante del planeta y quiza la mas importante de todos los siglos,los anglos detestan a negros,hispanos,asiaticos,arabes e indios,a todos ellos les han hecho sentir el peso de su racismo-especialmente a indios ,negros e hispanos-y eso no casa bien con un pais que se dice tierra de los bravos y tierra de la libertad,la historia de las relacciones entre ESTADOS UNIDOS y la AMERICA de habla hispana ha sido la historia de un intervencionismo militar practicamente siempre en defensa de oscuros y sucios intereses economicos y apoyandose en lo peor de la oligarquia y los militares de cada pais,parece que en los ultimos quince,quiza veinte años,ESTADOS UNIDOS ha fijado mas su mirada en un oriente que ve como potencias como CHINA,INDIA o INDONESIA toman posiciones,sin olvidarnos del reino del JAPON,una de las cinco potencias economicas del planeta,aun asi ,aun sigue siendo el mayor inversión en la región-la antigua metropolie,ESPAÑA,le pisa ltalones en muchos de estos paises-parece que el gobierno OBAMA ha decidido tratar de igual a estas naciones,tan americanas como los USA aunque no lleven esta palabra en sus denominaciones

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