La izquierda en Cataluña

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Jesús Cuadrado *

Jesús_Cuadrado“Si todo el mundo cumple con su deber no hará falta que actúe el Ejército”. Así, a lo bruto, lo soltó el ministro de defensa, Pedro Morenés; la extrema derecha y los secesionistas, encantados. No sorprende. Durante uno de los debates parlamentarios sobre el Estatuto de Cataluña, en mayo de 1932, un diputado por Valladolid, el derechista Royo Villanova, interrumpió a Manuel Azaña para espetarle un “llevaos todo, menos el espíritu español”. Azaña le replicó: “Señor Royo Villanova, uno de los mayores errores que se pueden cometer en nuestro país es contraponer a las cosas y sentimientos de Cataluña el espíritu español”. Hoy españolistas y catalanistas separatistas siguen utilizando esta cuestión como un yacimiento de recursos electorales.

Unos y otros siguen construyendo dos relatos, uno españolista, otro catalanista, inflamados con metáforas al servicio de sus objetivos electorales. Mariano Rajoy, y otros, no sueltan la pieza del anticatalanismo primario para seguir captando votos fuera de Cataluña. El partido de Artur Mas ha convertido la identificación de España con el españolismo en la gran metáfora ideológica, hasta el punto de llegar al sinsentido de justificar una Declaración Unilateral de Independencia, nada menos, aún con un apoyo inferior al 50 por ciento de los electores catalanes. Unos y otros han sustituido la política basada en la realidad por una lluvia de metáforas. Responden al tipo de políticos que describía así Winston Churchill: “Cuán infinita es la deuda debida a las metáforas por políticos que quieren hablar con fuerza pero no están seguros de lo que van a decir”.

Aunque suele molestar a quienes han convertido la Transición española en otro mito, la actual crisis muestra el fracaso de la organización territorial diseñada entonces y del modelo de Estado que nace de la Constitución de 1978. Siempre que leo al jurista Santiago Muñoz Machado me convence su tesis bien documentada sobre la crisis de la Constitución y el Estado de las Autonomías. “España vive una crisis institucional de enorme hondura” y “El Estado no resuelve problemas a los ciudadanos, sino que es un problema en sí mismo”, se puede leer como conclusión en su libro Informe sobre España (Crítica, 2012). Pretender reparar las graves averías que están bloqueando institucionalmente el país, cuestión catalana incluida, sin modificar el marco constitucional actual, resultará inútil. Ni los viejos roqueros de la Transición ahora movilizados podrían con tanto.

Por muchos homenajes a los “Padres de la Constitución” que se organicen no se podrá ocultar que, como señala Muñoz Machado, la organización del sistema autonómico ha sido “un desastre sin paliativo”; así que, o se arregla esto o “puede producirse una seria debacle en un futuro inmediato”. Aquel invento llevó a que, cuando un territorio quiere ampliar su autogobierno o incluir nuevos “hechos diferenciales”, provoca un proceso de imitaciones en cascada de todos los demás. Así se llegó a los Estatutos-manifiesto actuales, en gran parte inaplicables y plagados de “ilusiones políticas, irrelevantes jurídicamente”. No es la única avería de un Estado engordado por tantos organismos inútiles, pero va siendo hora de acometer en serio la reforma constitucional de este peligroso modelo territorial. La orientación apuntada por Muñoz Machado me parece muy oportuna.

Durante mucho tiempo esto pudo aguantar con mucho relato metafórico. Así, desde el rey Juan Carlos a Felipe González, pasando por José María Aznar, todos optaron por “pujolear”, como apunta el periodista Lluís Bassets; es decir, montaron una fórmula con la que Jordi Pujol podía practicar el viejo invento de Prat de la Riba de conseguir en Madrid “mucho con poco” y, sobre todo, garantizarse la exclusiva del gobierno en Cataluña. Sólo Pasquall Maragall torció en parte el invento, aunque por el método suicida para el PSC de sustituir a Pujol, e imitarle, en el arte de “pujolear”. Ahora el tinglado se ha venido definitivamente abajo con el camino a ninguna parte de Artur Mas, y otras cosas.

En esta partida de cambio de ciclo inaplazable, qué papel jugará la izquierda, o las izquierdas, en Cataluña. Con la Transición toda la izquierda no nacionalista, tanto el PSUC como el PSC, quedó atrapada en las redes del nacionalismo catalanista en contradicción con las prioridades de su propio electorado, como reflejan una y otra vez los barómetros del CEO de la Generalitat. La última trampa en la que cae la izquierda catalana es la del “derecho a decidir”, una metáfora que oculta el “derecho de autodeterminación” que, como es obvio, sólo es posible si se cambia la Constitución, y compete a todos los españoles. El propio PSOE de Pedro Sánchez ha entrado en el mismo juego con improvisaciones como el Federalismo asimétrico, al que Jiménez de Asúa calificó como “fetichismo de un nombre”, un recurso al nominalismo, al lenguaje metafórico, con propuestas de reforma constitucional que no se concretan, más allá de la aburrida cantinela de lo del Senado. Con palabras de Muñoz Machado: “enunciados y declaraciones generales que no permiten un análisis técnico-jurídico de lo que proponen”. Metáforas de las que parece no poder liberarse el PSOE.

La gran incógnita de la izquierda en Cataluña es Podemos, que se presenta a la elecciones como Catalunya Sí que es Pot. El partido de Pablo Iglesias se juega el 27S su graduación como partido de gobierno en España. No le va a servir refugiarse en la ingenua metáfora del “derecho a decidir”, tendrá que dejar claro, en las elecciones catalanas, antes de ir a las generales, que se toma muy en serio la unidad de España, que la Constitución sólo la pueden cambiar el conjunto de los españoles. Como han puesto de relieve Manuela Carmena en Madrid y Carlos Jiménez Villarejo en Cataluña, la seguridad jurídica y económica es la base del buen gobierno. Habrá que ver si, a diferencia de PSUC y PSC, son capaces de superar las trampas del catalanismo secesionista y centrarse en el proyecto que exigen españoles y catalanes, el de la reforma profunda de un Estado averiado.

La primera condición, pues, para que la izquierda lidere el cambio, en España y en Cataluña, es no enredarse con las identidades. Los catalanes esperan de la política española el reconocimiento de su identidad específica como pueblo, y la política debe basarse en no imponer una identidad nacional a nadie, desde ningún esencialismo, sea españolista o catalanista. Necesitamos un país en el que, copiando al canadiense Michael Igantieff, uno pueda sentirse español y catalán, por ejemplo, en el orden que quiera. La política debe dedicarse a resolver los problemas que angustian hoy a los ciudadanos y dejar en paz la identidad de cada uno.

(*) Jesús Cuadrado es militante y exdiputado del PSOE.

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2 Comments
  1. Karlos says

    Esa es la cuestión ¿Puede ser nacionalista la izquierda? No, salvo como fraude. Todos los que dicen ser primero nacionalistas terminan siendo utilizados por el nacionalismo de derechas. Eso pasa en Cataluña. ¡Despierten!

  2. Jorge Sánchez says

    Dos meses después de ser escrito y publicado, este muy buen artículo se agranda aún más. Todos los personajes, junto a sus partidos, se quedaron atrapados en las alambradas de la sin razón.

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