La lúcida persistencia de Sartori

Agustín_García_Simón

En la conferencia que sirve de proemio a la edición conmemorativa de Sobre la libertad, de John Stuart Mill, en la “Biblioteca 30 aniversario” de Alianza editorial (1997), Isaiah Berlin recuerda cómo a los veinticinco años Mill mostraba su entusiasmo por la revolución y por las matanzas “con el argumento de que la justicia valía más que la vida. Un cuarto de siglo después declaró que una civilización que no tuviera fuerza interna para resistir a la barbarie sería mejor que sucumbiera”. Yo no creo que el hundimiento de Occidente beneficiara en modo alguno el curso de la Historia, más bien todo lo contrario, pero es evidente que una de sus partes nucleares, Europa, no sólo da muestras palmarias de una preocupante decadencia desde hace ya algunos lustros, sino que su incapacidad para defender la sociedad abierta y democrática que la caracteriza, con sus valores irrenunciables de libertad, laicismo y derechos fundamentales del hombre y el ciudadano, nacidos del humanismo, la Ilustración y el liberalismo, es manifiesta y más preocupante que nunca, desde que fue conjurada trágicamente la gran amenaza totalitaria de los años de entreguerras del siglo XX.

Son contados los intelectuales, sobrevivientes como tales, que se atreven a encarar con rigor e independencia (o sea, al margen o frente al buenismo y lo políticamente correcto) esta cuestión crucial, cada día que pasa más amenazante. Por eso resulta estimulante la lucidez persistente e inequívoca de un hombre de la categoría de Giovanni Sartori (Florencia, 1924). A sus noventa y dos años, después de darnos libros de referencia como Homo videns. La sociedad teledirigida (Taurus, 1998), La sociedad multiétnica (Taurus, 2001), ¿Qué es la democracia? (Taurus, 2003) o La Tierra explota (Taurus, 2003), Sartori nos sorprende gratamente con un librito, una especie de vademécum de rabiosa actualidad, sobre las cuestiones y peligros que nos amenazan: La carrera hacia ningún lugar. Diez lecciones sobre nuestra sociedad en peligro (Taurus, 2016). Inspirado, según sus propias palabras, por su «atávico espíritu de contradicción”, Sartori lo escribió a finales de la primavera de 2015 para comprobar si en verano se podían vender e incluso leer “cosas serias”. Está claro que poder, se puede. Otra cosa bien distinta es el espectro de lectores que deberían leer este resumen de preocupaciones políticas y morales de uno de los grandes politólogos del siglo XX. Se trata, desde luego, de un cuadernillo muy recomendable para todos aquellos que antepongan su condición universal de ciudadanos de un Estado democrático a cualquier espíritu sectario de religión, nación, ideología, comunidad o particularismos varios.

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A Sartori le preocupa, en primer lugar, la defensa de la democracia liberal que, en su opinión, estableció por primera vez, entre finales del siglo XVII y principios del XIX, la política como estructura y disciplina de un Estado, pues hasta entonces lo que había prevalecido, de una u otra manera, fue la expresión de fuerza, la imposición de quien o quienes eran capaces de erigirse en los más fuertes. Ese estadio democrático fue posible debido a la evolución del pensamiento abstracto, un “pensar por conceptos” que permite el conocimiento analítico-científico. Pero en la segunda mitad del siglo pasado, el Homo videns (yo añadiría, finalmente, el Homo digitalis, que Sartori identificaría con el Homo communicans, el que está inserto continuamente en el flujo mediático del todo y la nada de la Red) fue sustituyendo la palabra, el lenguaje lógico, por la imagen, por el simple ver, lo que pondría en serio peligro nuestra capacidad de entendimiento. “La televisión y el mundo de Internet producen imágenes y borran conceptos, pero así atrofian nuestra capacidad de entender”. La democracia en la actualidad está amenaza en numerosos frentes, pero estaría salvada si la libertad protectora se basara sin concesiones en el principio del habeas corpus, algo tan sencillo, ironiza Sartori, que hasta el Homo videns puede entenderlo: “Tienes derecho a tu cuerpo” y nadie puede disponer de él sin “tu voluntad y sin tu consentimiento”, para el italiano el único derecho individual del que disponemos. Y concluye: “La partida no está perdida si somos capaces de contraponer el apetito siempre creciente de la democracia distributiva, y a la retórica cada vez más hinchada que la acompaña, la democracia protectiva del habeas corpus”. Por lo demás, en el aspecto formal de su funcionamiento, la democracia ganaría mucho y se oxigenaría si se adoptara el sistema electoral mayoritario de doble vuelta, para Sartori el más perfecto, pero los políticos, mayoritariamente, no quieren ni oír hablar de él, “porque mandaría a demasiada gente a casa”.

En el decurso de la contemporaneidad, la democracia ha sufrido las turbulencias de la revolución y la cultura de la violencia como forma “creativa”, algo que llega a nuestros días, por muy irracional que parezca, como verdadera exaltación. A ello dedica Sartori un sustancioso capítulo en el que distingue la revolución verdadera de la falsa, como distingue entre violencia y fuerza o denuncia el embeleco de las revoluciones marxistas (“El emblema de la revolución comunista es el mito de Saturno”). Sólo las revoluciones “desbloqueadoras” habrían merecido la pena. “La verdad es que las revoluciones creativas siempre han derramado poquísima sangre. Es el caso de la Revolución Gloriosa inglesa, de la Revolución francesa hasta el Terror (que fue su suicidio), de las revoluciones de 1848; en suma, de las revoluciones desbloqueadoras”.

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Cubierta de la última obra de Giovanni Sartori.

Pero la democracia en Europa tiene en nuestros días su prueba de fuego: el terrorismo y la amenaza yihadista, dentro de la sombra teocrática del islam y sus masas migratorias. Para Sartori, en cuestión tan acuciante, conviene volver a la palabra, para no subvertir, falsear o errar en el concepto y perderse con él, porque “equivocar la palabra es equivocar la cosa”. Su claridad es meridiana: “¿Estamos en guerra contra el islam? -se pregunta-. ¿La que se está librando entre Occidente y el terrorismo islámico es una guerra? ¿Se está librando una guerra sí o no? En mi opinión, sí”. Una guerra que Sartori califica de “terrorista”, “global”, “tecnológica” y “religiosa”. Con el agravante de que esta guerra “se gana o se pierde en casa”. Una guerra que sólo puede ganarse “si sabemos reaccionar a la desintegración intelectual y moral en la que estamos cayendo. Y se pierde si dudamos de nuestros valores y de nuestra civilización ético-política”. En cuanto a la integración de la migración islámica, Sartori es, lógicamente, escéptico: “En una sociedad pluralista un ciudadano está integrado si acepta el principio de que la Iglesia y el Estado están separados y la política se rige desde abajo, mientras que para el islam política y religión son inseparables y es la segunda la que debe guiar la primera”.

Y un aviso al Vaticano y a este papa de puesta en escena tan peronista: ni el espermatozoide ni el embrión tienen alma, que hasta Santo Tomás lo advirtió hace siglos y Locke lo aclaró más modernamente: la persona es un “ser consciente, sin conciencia no hay persona”. Y Sartori lo remata: “Digamos, entonces, que la vida humana empieza a ser distinta de la de cualquier otro animal superior cuando empieza a “darse cuenta”. Y no, evidentemente, cuando está en el útero materno”.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.