Occidente y Próximo Oriente: 100 años de humillaciones (1916-2016)

Pedro_Costa_MorataA los atentados yihadistas en Europa la mayor parte de los políticos y de los medios responde, al unísono, con la misma y estúpida actitud: son gente que nos odia, que aborrece nuestra democracia y que envidia nuestra libertad; añadiendo nuevas y más duras medidas policiales, más intensos bombardeos y, sobre todo, las más claras muestras de seguir ignorando las causas y raíces de este enfrentamiento que, aparentando ser desigual, puede acabar desestabilizando seriamente el cínico sistema occidental de democracia/libertad.

El proceso no es nada fácil de revertir, por más que se vertebra en coordenadas histórico-políticas bastante nítidas, y por eso las pruebas de incompetencia, basada en la persistente mala voluntad, se repiten sin variación. Se han rememorado en su centenario los acuerdos Sykes-Picot (1916), por los que el Reino Unido y Francia decidieron repartirse en áreas de influencia los territorios que  controlaba el Imperio Turco y que ya suponían que les serían arrebatados con la –en ese momento nada evidente– victoria aliada sobre las potencias centrales en aquella Primera Guerra Mundial. Y todo lo más que se ha hecho ha sido unir al evento el recuerdo de aquella personalidad tan singular de T. E. Lawrence, cuyo papel fue sin duda significativo en esos años en Oriente Próximo pero cuya evocación, eminentemente aventurera, suele acabar diluyendo la gravedad de su papel y de las decisiones políticas adoptadas por las potencias occidentales hacia la región.

Se ha perdido la oportunidad de establecer que esos acontecimientos marcan cien años de insidias, mentiras e intervenciones del Reino Unido y Francia, con la decisiva incorporación al escenario de Estados Unidos desde los años de 1930, y que están en el origen del sentimiento de humillación, expolio y traición que pervive, siempre actualizado con nuevos abusos, en todo el área. No hay que remontarse, pues, a las Cruzadas medievales para poder establecer esa cronología de cada vez más graves agresiones, siendo los acontecimientos de 1916 decisivos y clarificadores de las intenciones de Occidente.

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En efecto, las negociaciones de los plenipotenciarios Mark Sykes y Georges Picot –que sucedían a las del año anterior entre el alto comisario en el Cairo, Mac Mahon y Hussein de La Meca, interrumpidas– se recogieron en un protocolo secreto de marzo de 1916 y en él quedaba establecido que los dominios turcos en la región próximo-oriental se convertirían –adquirieran la forma de estado árabe único o de confederación de estados árabes–  en zonas de control directo por el Reino Unido (Irak) y Francia (Siria y Líbano) o en una zona internacionalizada (Palestina), con especial estatus para puertos como Haifa o Alejandreta. Nada que ver con las promesas que el coronel Lawrence, asegurando que hablaba por Londres, hacía insistentemente a Hussein, el sheriff de La Meca, de un futuro estado árabe y totalmente independiente con capital en Damasco. Las promesas del famoso coronel no tenían más objeto que estimular la revuelta de las tribus hachemitas del Hiyaz, el territorio controlado por Hussein y su clan y crear un problema inesperado a los turcos, que ya habían demostrado capacidad suficiente para contener a los occidentales tanto en el frustrado desembarco franco-británico de los Dardanelos como en el episodio de Kut el-Amara (tropas indias imposibilitadas durante meses de marchar sobre Bagdad).

Como se sabe, la revuelta se produjo, así como éxitos militares significativos (caída del puerto de Ákabay de Jerusalén en mayo y diciembre de 1917, respectivamente; caída de Damasco un año después) en los que se repartieron el mérito las unidades árabes y las fuerzas británicas que se les fueron uniendo. Así como que, a continuación, los aliados no consintieron ningún estado árabe independiente, configurándose la región con los Mandatos/Protectoradoscreados por la Sociedad de Naciones a consecuencia de la Conferencia de Paz de París. Y también se sabe que fue el nacionalismo árabe, en auge sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial, el que logró las independencias en Siria e Iraq aunque con muy dolorosas imposiciones occidentales: la república del Líbano, el reino de Transjordania y, lo peor de todo, el Estado de Israel prefigurado por la “Declaración Balfour” de noviembre de 1917. Más las injerencias de las empresas petroleras, crecientes desde que surgió el primer crudo en 1908 en territorio persa y en 1927 en Irak.

Una humillación adicional y duradera tuvo lugar cuando, en la inhóspita Arabia, Londres acabó desentendiéndose del hachemí Hussein, antes aliado, para dejar el terreno libre al líder wahabí Saúd, emir del Nejd, que mientras se había hecho fuerte apoyado por el gobierno, británico, de la India. El encumbramiento de la dinastía saudí quedó refrendado tras aflorar petróleo en el área del Golfo Pérsico (en Bahrein en 1932, en Kuwait en 1934 y en Arabia Saudí en 1938) con el famoso encuentro entre Roosevelt y Saúd en febrero de 1945 a bordo del Quincy en aguas de Suez y el “pacto de sangre”, diluido en petróleo, que ahí quedó establecido hasta hoy.

Las sucesivas guerras con Israel demolieron el nacionalismo árabe con la ruina política de sus principales líderes, como Nasser, que había triunfado nacionalizando el Canal de Suez en 1956. Mosadeq, en Irán, había nacionalizado en 1951 la Anglo-Iranian (luego British Petroleum) pero fue derrocado, como respuesta, dos años después por el M-16 y la CIA. Un desafío singular en esta larga serie de sumisiones lo ha marcado la revolución iraní de los clérigos chiitas en 1979, que derribó al odiado y servil shah de Irán y que Occidente quiso sofocar lanzando a Irak contra la República Islámica, para después lanzar su serie de guerras fanáticas contra Irak.

Y, más importante incluso que el papel antioccidental del Irán actual, la región se ha visto perturbada duraderamente por el auge del yihadismo integrista de los movimientos (Al-Qaeda, en particular) generados o desarrollados en Afganistán y extendido actualmente por toda la región; esto obliga a señalar la responsabilidad soviética (diríamos, de “corte occidental”) en las sucesivas crisis habidas desde que una revolución derribara en 1973 la monarquía nacional, con la invasión y ocupación por la URSS del país en 1978. Es este yihadismo lo único que en realidad ha llegado a desafiar a Occidente y sus desmanes históricos con capacidad para erosionarlo, tanto en la región (combates en Iraq y Siria a cargo del llamado Estado Islámico) como en el corazón de los países occidentales a manos de un terrorismo ubicuo y eficaz.

Vemos, pues, que a la competencia por la conducción de los pueblos árabes que durante decenios enfrentó al nacionalismo laico y el islamismo más o menos integrista ha sucedido, de forma larvada e intermitente, un protagonismo vigoroso de las formaciones caracterizadas en general de yihadistas…. Aunque esta guerra generalizada e irregular no es de religión y en esto tiene razón (y hay que reconocerle la valentía de su juicio) el papa Francisco al rechazar el fácil recurso a una nueva “guerra de religiones”, rechazando que haya tal. Porque las formas y expresiones religiosas que a modo de envoltura adquieren estos grupos no pueden ocultar la profunda y decisiva oposición netamente política, que ya ha alcanzado la fase militar pero que hunde sus raíces en una historia insoportable llena de imposiciones e intervencionismos humillantes y de un saqueo económico-energético incesante.

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.