CUARTOPODER | Publicado: - Actualizado: 16/5/2017 00:32

Jorge Moruno *

Jorge_MorunoLa película ‘No’ que dirige Pablo Larraín y protagoniza Gael García Bernal, se enmarca en el proceso de la campaña por el ‘no’ a Pinochet en el plebiscito chileno de 1988. Cuando el equipo de campaña se dispone a pensar cómo enfocar y diseñar la campaña, destacan que las mujeres de clase media, media-baja, están indecisas por el miedo a lo que el ‘no’ representa, y por el otro lado tienen a los jóvenes convencidos de que el plebiscito está amañado y que todo es una farsa. Mientras el equipo discute en la casa de uno de ellos, no terminan de comprender por qué hay  sectores sociales que apoyan a Pinochet cuando a priori deberían ser reacios. Para resolver sus dudas le preguntan a la señora que cuida la casa, una trabajadora sencilla y humilde, que les explica sus razones para votar ‘sí’ a Pinochet: su hijo está estudiando, su hija trabajando y los desaparecidos no es que no le importen, pero eso es cosa del pasado y ahora tenemos para adelante la democracia. Como dice “mi general”, ahora todos van a poder opinar porque van a votar.

Salvando todas las distancias nacionales y temporales, y sabiendo que esta realidad no tiene que ver con la España de 2016, sí que puede resultar útil la lógica subterránea que muestra la película para pensar el debate abierto en Podemos en torno a “los que faltan”: la cuestión del miedo o, si se prefiere, la desconfianza, y por otro lado la extensión del hastío-cinismo. Considero que no debería enfrentarse a “quienes ya están vs los que faltan” por la simple razón de que no son excluyentes, al contrario, dado que quienes faltan son los que ya estamos pero bajo otro nombre. Todos hemos faltado alguna vez; quien se sumó tras las elecciones europeas antes faltaba, quien se sumó hace 6 meses, lo mismo; también faltan quienes se han marchado.

Pero entonces, ¿quiénes son los que faltan? Si atendemos a los datos que ofrece el CIS, quienes más faltan son quienes más hacen falta: las mujeres, los mayores, el mundo rural y los sectores sociales con bajos ingresos. ¿Cómo es posible que los más desfavorecidos voten menos por un cambio que se reivindica en su beneficio? Porque los análisis de clase no pueden desligarle de su especificidad y complejidad histórica y de la dimensión del deseo, esto es, del modo en el que se piensa el interés. El deseo, el imaginario, el miedo y las certezas, los anhelos o los riesgos, son elementos fundamentales en la construcción de preferencias políticas. Pero este deseo no tiene nada que ver con los deseos de una identidad política particular, porque como  ya sentenció Lenin en su tiempo, nuestra discusión con “las izquierdas” ha quedado evidentemente superada: la ha resuelto la vida. En cambio, sí tiene que ver con otro hilo histórico, uno donde la potencialidad transformadora se encuentra en el deseo multitudinario por vivir mejor y sufrir menos, un deseo que puede convertirse en un vehículo del neoliberalismo antropológico o por la contra en deseo de liberación colectiva.

Cómo intervenir en el deseo y qué capacidad se tiene para mantener la hegemonía en el tiempo es lo que plantea Maquiavelo cuando advierte que los profetas desarmados, como el predicador Savonarola, pierden porque no contaba con medios para retener a quienes creían en él y obligar a los no creyentes. Un siglo más tarde, el filósofo Baruch Spinoza, admirador de Maquiavelo, refuerza esta misma idea cuando afirma que las imaginaciones no se desvanecen ante la presencia de lo verdadero en cuanto verdadero, sino porque se presentan otras imaginaciones más fuertes. Así las cosas, si quienes faltan son a quienes más se apela y su preferencia política no responde a una verdad ya dada y prefijada, resulta más útil, transformador y duradero, primero socavar la base material por la cual los inefables todavía generan adhesión, y en segundo lugar, ampliar la búsqueda de la fórmula que permite contar con la amistad del pueblo. Más que atrincherarse en la sociedad para disparar a cubierto, necesitamos que la sociedad funcione como una máquina de asedio al poder.

Partimos del hecho de que cualquier organización política que se presenta a las elecciones con intención de gobernar pretende ampliar su capacidad para ganarse la amistad de mucha gente. Entre quienes buscan construir un orden social distinto aparece la típica disyuntiva que siempre oscila entre parecerse más a la sociedad o esperar a que la sociedad se parezca más a los anhelos que se pretende representar (nunca del todo). Expresado de manera más burda, se trataría de elegir entre ser más radical o más transversal, cuando en mi opinión, la clave no se sitúa en una u otra sino en la tensión mantenida entre ambas. Lo mismo sucede cuando se trata de elegir entre hacerlo bien en las instituciones o construir contrapoder en la calle. El problema tampoco estaría en cómo se mira al PSOE, si de igual a igual o desde arriba o abajo, porque lo importante reside en dejar de mirar al otro para poder construir una mirada propia, una mirada autónoma.

La vida pasional colectiva, es decir, la vida social, no responde a ninguna teleología que preconiza el fin del conflicto, ya sea porque las fuerzas del cambio venzan o porque los capataces de las finanzas globales anuncien el fin de la historia. Las mayorías sociales no son estáticas ni se forman siempre por el mismo motivo e interés, la sociedad se mueve, se escinde y desobedece, el cuerpo social habla y se transforma. Dicho de otro modo, el sentido común de época -y las formas de vida- es cambiado por la sociedad y a la vez cambia a la sociedad. La posibilidad de formar una mayoría distinta a las mayorías que votan a los partidos tradicionales, se debe precisamente, a que tal mayoría vendría a ser una de naturaleza distinta levantada y construida sobre bases diferentes.

Por lo tanto, y esto es importante destacarlo, lo que surfea y hace posible que exista Podemos es la ola de conflicto desplegada por la sociedad en movimiento. El partido ya no tiene tanta tarea por “concienciar a las masas” de una verdad que la sociedad desconoce, como de abrirle hueco y ofrecerle espacio a la inteligencia colectiva generada en la sociedad. Hay más inteligencia en la sociedad que en las élites mediocres que gobiernan este país, pero también hay más inteligencia que en los partidos, incluido Podemos. Lo que necesitamos es que esa inteligencia pueda generar racionalidades compartidas desde la radicalidad democrática. Así pues, la clave es buscar la autonomía de la sociedad en conflicto con un poder externo que la domina y explota, no la autonomía de lo político entendido como una élite dirigente que opera por fuera del cuerpo social. Esta es la razón principal por la que Podemos necesita parecerse a la sociedad manteniendo un pie en la tierra y otro en el aire, uno con el estado de las cosas presente, el otro andando hacia donde se quiere caminar: la tensión entre lo que existe y lo que está por venir. Tensión, la clave siempre es la tensión.

Si Podemos existe es porque se ha parecido a la sociedad, pero no a una sociedad en abstracto sino a una concreta, una que por moverse, ha incorporado en sus preocupaciones e intereses elementos que se encuentran y hacen posible el cambio socio-político. Podemos puede contribuir a mejorar la vida de la gente partiendo desde lo existente, no de lo idealizado, partiendo de cómo son las cosas y no de cómo deberían ser. Todo partido que supera el 20% de los votos es por necesidad transversal en la sociedad, es decir, todo el que quiera ganar precisa intensificar un determinado tipo de transversalidad acorde a una centralidad. Renunciar a la posibilidad de una mayoría nueva sería lo mismo que renunciar a construir un país con su gente. Sería renunciar a construir un orden que se parezca más a lo que Bertolt Brecht describía como “lo sencillo que resulta difícil de realizar”.

(*) Jorge Moruno es sociólogo, consejero ciudadano y responsable de Discurso en Podemos.

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