Han pasado dos años desde que candidaturas municipalistas alcanzaran el gobierno de algunas de las ciudades más ricas de España

Gobiernos de mirada larga

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Ayuntamientos del cambio
Los alcaldes de Santiago de Compostela, Badalona, Madrid, Pamplona, Zaragoza, Barcelona, A Coruña y Cádiz. / Efe

Gobernar no es sencillo. Supone asumir un gran número de contradicciones, seguramente para nadie más que para los gobiernos del cambio. Gobernar es tomar decisiones más allá del plano teórico para cerrarse ventanas de oportunidad, así como decidir en qué invertimos más energías y recursos (y, como estos son finitos, a quien se los quitamos). Supone gestionar lo existente y enfrentarse a una realidad cultural, política y legislativa a la que queremos derrotar pero que no hemos creado. Es decir, jugar a un juego cuyas reglas odiamos en un tablero lleno de trampas diseñado por quien se ha apropiado de las instituciones.

Se han cumplido ya tres años desde que la ola de indignación, movilización y ansias de regeneración política nacida en el 15-M fuera capitalizada políticamente por Podemos y las candidaturas municipalistas (capitalizar no significa ser o heredar, pero sin duda estas fuerzas no hubieran nacido como lo hicieron sin el 15-M). Han pasado dos años desde que algunas de esas candidaturas municipalistas alcanzaran el gobierno de algunas de las ciudades más pobladas y ricas de España: Madrid, Barcelona, Valencia o Zaragoza. Pero también algunas de las que más estaban sufriendo los efectos de la crisis: Cádiz o A Coruña, así como entrar en gobiernos como el de Iruña u Oviedo. Sin olvidar la oportunidad de desalojar al PP y otras fuerzas conservadoras de un  gran número de ayuntamientos.

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Es decir, esa ola de participación sirvió para llenar las instituciones locales, las más próximas a la gente, de personas procedentes de la nueva política, los movimientos, los centros sociales, la autonomía y los partidos con escasa representación e influencia hasta el momento. También sirvió para que estas fuerzas conocieran el mundo al que combatían, esta vez desde dentro: mapear y diagnosticar limites, potencialidades, conflictos. Obtener un conocimiento más completo y profundo de sus propias ciudades, muchas veces analizadas desde posiciones identitarias o replegadas a espacios de confort.

Gobernar, decíamos antes, no es sencillo, especialmente cuando quieres deconstruir el mundo actual para construir un mundo nuevo. Un mundo que ponga en el centro la vida de las personas, el feminismo, el ecologismo. Un mundo que traiga consigo una nueva economía que piense en los intereses de la gente y no de las grandes empresas o del capital financiero global.

Gobernar supone que en la ciudad de Cádiz un alcalde anticapitalista apoye el contrato de Navantia para construir cinco corbetas compradas por Arabia Saudí. También que, haciendo caso de una iniciativa popular avalada por 6.000 firmas y los grupos del consistorio, le conceda la Medalla de Oro de Cádiz a la Virgen del Rosario. Supone reducir la deuda a una velocidad pocas veces vista, obedeciendo leyes impuestas desde Madrid. Supone conseguir puestos de trabajo y cumplir los deseos de un pueblo que ve en la Semana Santa y su virgen un elemento de identificación popular. Supone asumir una serie de contradicciones (barcos de guerra y la separación de la iglesia y la institución) que, sin embargo, obtienen apoyo de sectores amplios de la misma gente que le votó.

La situación de Madrid no está menos llena de situaciones contradictorias o decepcionantes para algunos sectores. Ha sido el gobierno que más duramente ha luchado contra una deuda que se ha encontrado. Que sufre duras derrotas culturales relacionadas con la libertad de expresión, como los casos de los tirititeros y el concejal Guillermo Zapata. Que muchas veces se ven obligados a tomar decisiones sobre el diseño de la ciudad solos frente la presión de un stablishment muy profundamente arraigado.

Madrid o Cádiz han sido gobernadas desde 1991 y 1995 por el Partido Popular. Eso ha supuesto la creación de una idea de ciudad, de un sentido común hegémonico de lo que significa ser de Cádiz o Madrid que no se puede cambiar en apenas dos años de gobierno. Supone que se han generado mecanismos de defensa frente al cambio. Supone que ideas que no han estado siempre ahí se han arraigado profundamente. Supone haber desarrollado instituciones y protocolos que se aferran a la situación actual para que nada cambie.

La tarea de las ciudades del cambio es tan necesaria como titánica: revertir el sentido común dominante neoliberal por otro diferente, que otorgue certezas a gente que ha perdido la confianza en las instituciones. Una confianza que se ha ido por el desagüe junto a la corrupción, la falta de estabilidad económica, y en medio de sociedad líquida y fragmentada. Alguna de sus tareas es dar más institución, más Estado a quienes sólo en él pueden encontrar seguridad económica, cultural e intelectual. En suma, hacer ciudadanía allí donde las dinámicas son de atomización y aislamiento, extender la idea de la acción colectiva y del bien común.

Esa tarea no puede ser completada en el corto tiempo, no desde luego en una legislatura en la que el gobierno central combate activamente a las fuerzas del cambio.

Algunos sectores, sin embargo, afirman que este será la única oportunidad que tengamos: “¿[…]quizás dentro de 24 meses y con un previsible cambio de gobierno, se puedan reactivar las inversiones legítimas al estilo de los tiempos de Gallardón?”. Plantear ese marco, el de “oportunidad perdida” porque no vamos a seguir gobernando es perder la perspectiva temporal. Condenarse a la melancolía permanente. Es también no ver que el gobierno de Ahora Madrid es muy bien considerado por la ciudadanía y que, a día de hoy, volvería a gobernar en la capital de España.

Merece la pena pararse a pensar por qué: ¿qué hace que el gobierno y la gestión de Ahora Madrid esté mucho mejor considerada que el trabajo de Podemos (con un target electoral objetivamente idéntico) en la ciudad y la Comunidad Autónoma? No parece que sea una cuestión de sectores concretos movilizados en busca de una alternativa “más democrática” que empujan en esa dirección. Parece más bien que desde Ahora Madrid y su alcaldesa han sido capaces de conectar mejor con ese sentido común madrileño. También han sabido esquivar las caricaturas que sus adversarios políticos trataban de endosarles; precisamente ahora los caricaturizados son Ignacio González, Esperanza Aguirre o Francisco Granados. Porque, recordémoslo, la contra-hegemonía no se construye siempre desde fuera y desde la periferia, sino desde el centro de la hegemonía existente.

Debemos plantearnos gobernar los ayuntamientos y el resto de instituciones como algo a largo plazo, precisamente porque los ciclos acelerados como el post-15M no son eternos. Una vez acabada esa época acelerada hay que consolidar y hacer cotidianidad e institución nueva, con la que resistir a la nueva embestida neoliberal (o el nombre que tenga dentro de 10, 20 o 30 años). Por eso hay que trabajar con la idea de que se está de paso y las conquistas deben ser consolidadas y profundizadas, para lo que hace falta gestión, eficacia y reforma intelectual y moral. Porque si no las conquistas dependen del fervor popular y el heroísmo constante, pero eso nunca dura para siempre. Tras la ruptura, que nunca es total y siempre hereda mucho más del pasado de lo que parece, llega la recomposición, la construcción de un orden diferente.  Que no ocurre en sólo dos años. Que acumula contradicciones y decepciones entre los sectores más movilizados, pero aprobación entre el sentir general de la gente. Que son sus corazones y mentes los que debemos conquistar.

Los gobiernos del Partido Popular en Cádiz y Madrid entendieron bien esto: no hay victoria inmediata. Pensando a largo plazo, como tan bien hace el adversario, fueron poco a poco minando, privatizando y apropiándose del sentido común. Moviendo la Ventana de Obertan, asumiendo sus contradicciones internas y capeando los problemas propios de quienes deseaban un cambio más rápido hacia sus propias posiciones. Lo mismo que hizo la ofensiva neoliberal en el Reino Unido, en la que ni siquiera Tatcher y su gente se atrevieron a ejecutar algunas de sus decisiones… que terminó haciendo Blair.

Ese debe ser el objetivo de las fuerzas del cambio. Que, cuando dejen de gobernar, nadie se atreva a cambiar su idea de ciudad. Entonces podremos valorar el calado de las victorias, no en la crítica de lo inmediato y a salto de titular.

 

1 Comment
  1. florentino del Amo Antolin says

    Muy buen escaneo Cristian. Han tenido todo a su favor, con mayorías absolutas eternas; con el inestimable apoyo de los partidos: PsoE, PnV, CIU; cuando tocaba.. ¡ Claro que a costado !. Las contradicciones más grandes se han visto y desarrollado en un partido, partido; como el PsoE. Se han abierto multitud de dudas tácticas en esta «transición cañí». La colaboración bipartidista a necesitado más apoyo ( C,S ). Y toda la mierda mediática, que no es poca, agresiva y bien pagada!. Hay que perseverar, nos jugamos el futuro asta del que no te vota. Vosotros, debéis de diferenciaros claramente. La critica constructiva ayuda, así que seguimos.. Y seguiremos!. Salud trabajo y Republica.

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