El hombre que aprendió a ser feminista

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La manifestación en Madrid el pasado 8 de marzo. / Feminismo

Terminó la fiesta. Y ahora, ¿qué?

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Los hombres celebramos el pasado 8 de marzo la decisión de las mujeres de hacer huelga y nos sentíamos… ¡tan bien! ¡Tan emocionados! “Las queremos tanto”, habría dicho Julio Cortázar si viviese. Tan contentos estábamos… que no podíamos disimular nuestro gozo porque ellas al fin han dicho ¡basta! ¡Basta! Y se han echado a la calle. “¡Basta ya de explotación, de violencia masculina, de esa humillación constante… perpetrada por esos impresentables que van por ahí sacando pecho, diciendo que son hombres!”. Ellas enfadadas, haciendo huelga, ahogadas por la impotencia y el desánimo que provoca cobrar un 23% menos de salario por igual trabajo, cargando con una doble jornada laboral (la de casa y la de fuera); soportando que el marido ande a lo suyo, siempre perdido… mientras ellas se ocupan de los hijos, de los ancianos, de las personas dependientes. Ellas disimulando la rabia por las insinuaciones y las impertinencias que han de soportar en cualquier parte; en cualquier país, sin excepción. Ellas contenidas, aguantándose, concomiéndose por dentro… Luchando contra la desesperanza y el dolor al ver cómo las trata la publicidad o la televisión.

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Y nosotros, ¡los hombres! tan contentos. Tan contentos nos sentíamos el pasado 8 de marzo que en los medios de comunicación –periódicos, emisoras de radio y canales de televisión– traslucía nuestro gozo como si hubiesen venido los Reyes Magos y nos hubiesen dejado un juguete: ¡Una huelga de mujeres! Y hemos hecho chistes, escrito relatos, pergeñado estupideces masculinas, que han circulado por la red; divertidos, hemos recopilando las mil y una idiotez de las que son capaces los hombres cuando no cuida de ellos una mujer. ¡Todo era una fiesta!

Tan emocionados andábamos ese día con la huelga feminista que en algún que otro programa (lo escuché en unas emisora de radio), el presentador citó, con nombre y apellidos, a todas las mujeres del equipo que habían ido a la huelga, incluso a las que no suele citar nunca, como si se tratase de un concurso. El presentador enumeró –lo hizo de buena fe y se le notó orgulloso– una por una a las compañeras… ¿Alguien se imagina a este u a otro presentador, en similares circunstancias, recitando la lista completa de sus compañeros huelguistas?

En fin, terminó la fiesta feminista en la calle y…

Confío que la resaca deje huella. Me congratula leer que en el Salón del Automóvil de Ginebra, por ejemplo, que se ha celebrado estos días en la ciudad suiza, las marcas hayan prescindido de las “chicas-objeto-de-deseo” para vender sus coches. Celebro que en las competiciones deportivas ¡por fin!, parece ser, van a desaparecer también las chicas-florero. Celebro mucho más que se renueven los esfuerzos y la voluntad política de alcanzar la paridad salarial. Y no digamos la satisfacción que siento de saber que la ley será implacable (y las autoridades diligentes), sin excusas ni paliativos, a la hora de combatir la violencia contra las mujeres… ¡Que son crímenes! ¡Crímenes!

Celebro, ¡cómo no! que las mujeres le canten las cuarenta a los hombres y, al menos en lo que llamamos el espacio público, puedan romper de una vez ese techo de cristal inadmisible, cueste lo que cueste, caiga quien caiga. Me satisface que en este terreno, el del espacio público, se consoliden los avances y el reconocimiento de la mujer como ese ser capaz e igual a cualquier otro miembro de la sociedad, no importa qué género.

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Pero no celebro tanto…, es más, tengo muchas dudas y soy escéptico –por no decir pesimista– de que en el ámbito privado, en el terreno emocional, la igualdad entre géneros vaya a conseguirse a corto plazo, y menos fácilmente. Y para muestra dos ejemplos: Mientras Ignacio Escolar publicaba el día 8 de marzo un artículo en eldiario.es en el que con gran mérito por su parte reconocía, con humildad, el esfuerzo ímprobo que está haciendo, desde hace años, para “ser un hombre feminista” (“Yo no quiero seguir siendo machista y por eso intento corregirlo y combatirlo, como haría con cualquier otra enfermedad crónica que hubiese heredado”. “Que en el día a día hay aún mil situaciones donde los hombres no estamos a la altura”, escribe), en el caso, antes citado, del presentador de radio que lee en voz alta la lista de compañeras que hacen huelga, su adscripción al feminismo, es decir, su condición de “hombre feminista” es cuando menos dudosa. Aunque él piensa lo contrario, estoy seguro.

Porque es obvio que la cultura masculina, milenaria, incrustada en nuestros genes –tanto en los de los hombres como en los de las mujeres– aflora aún cuando no queramos. El periodista que creyendo homenajear a sus compañeras –que no hay duda, repito, de que actuó de buena fe– lo que hizo fue mostrar ese inconsciente masculino que incluso a los hombres comprometidos con la causa, nos traiciona. “¡Que chicas tan cojonudas trabajan conmigo!”, pensó, intuyo, al recitar sus nombres y apellidos. Pero, ¿no hubiera bastado con una frase apuntando que las mujeres del programa estaban todas de huelga?  El inconsciente nos gobierna…

Es el manual masculino. Es lo que ahora está de moda (los micromachismos), que quien escribe descubrió hace ya años de la mano del psicoanalista Luis Bonino. Una especie de enfermedad heredada y crónica, como afirma Escolar, latente, difícil de atajar, que cuando menos te lo esperas aparece y ellas, si son feministas, te lo recuerdan.

Con su artículo, el director del diario.es deja un claro testimonio de lo difícil que es para los hombres tomar conciencia e incorporarse al feminismo. Algo necesario, a mi entender, si esta nueva sociedad que perseguimos no queremos que sea solo un sueño.

Hace décadas que escribo y reflexiono a partir de mi experiencia de hombre “en permanente proceso de reeducación”. No es fácil. Cuando menos te lo esperas surge esa frase, esa actitud, ese comentario fraguado en una cultura masculina, de siglos, que minusvalora a las mujeres. Comprender, para interiorizar después, que vivimos en un mundo profundamente injusto con el género femenino y que eso nos perjudica a todos, también a los hombres, es el primer paso para alcanzar ese ideal de convivencia entre iguales.

Una relación entre iguales, en mi opinión, nos haría más felices. No solo ganarían las mujeres, que es obvio; también ganaríamos los hombres que, al reconocerlas… –¡reconocerlas!–, ¡son personas! (piénsese en los muchos atributos que el hombre le coloca a la mujer, y no precisamente de reconocimiento), estaríamos ampliando el espacio de relación con ellas, posibilitando que intercomunicación fuera más libre y justa. Y esto nos permitiría vivir mejor. Porque la desigualdad solo genera frustración, miedo, humillación, violencia.

Suelo repetir que la violencia machista nace del “no reconocimiento del otro”. Cuando el hombre reeducado es consciente de esto, y reconoce a la mujer como un ser igual a él, aprende a no forzar su voluntad, a respetar sus decisiones, a entender que tiene todo el derecho a que le diga no. ¡No!

Ha sido increíble la huelga feminista del pasado 8 de marzo. Hemos visto a mujeres octogenarias que han salido a la calle a gritar su libertad, su derecho a que los hombres no las consideren personas de segunda clase ni abusen de ellas. Hemos visto a niñas, a adolescentes, en fin, a mujeres de todas las edades clamando por sus derechos y exigiendo respeto… Se ha escrito y hablado mucho sobre lo que es urgente cambiar en el aspecto material, en el ámbito de las leyes, en el campo de la justicia e igualdad. Pero he leído muy poco sobre el trabajo que ha de hacerse para que los hombres sean personas feministas. Es decir, personas conscientes de que necesitan reeducarse. Porque, mientras los hombres no acepten (todos) que el marco feminista es una herramienta útil, en mi opinión imprescindible, para mejorar la vida de ambos sexos, el camino a recorrer será muy largo y los resultados escasos.

La violencia, lo anecdótico y los tópicos sobre el feminismo seguirán prevaleciendo. Hoy mismo [por ayer, domingo], en la radio, le he oído decir a una periodista que “las mujeres han de pedirle a sus maridos que les ayuden en la casa”. Es un paso, desde luego; pero hasta que no comprendamos que el espacio privado es un espacio común, a gestionar, cooperando, entre los miembros que lo ocupan, sin distinción de rango ni privilegios, no habremos dado ese gran paso que hará una sociedad más justa. “Ayudar” no será ya necesario; porque entonces estaremos compartiendo. Y compartir, reconocer, cooperar…, son, sin duda, palabras y herramientas poderosas que combaten, por ejemplo, la violencia que, todavía hoy, algunos hombres practican con las mujeres.