PARTIDO POPULAR

Juicio de la caja B o cómo Aznar nombró al recaudador de las mordidas

  • El expresidente del Gobierno Aznar designó a Lapuerta tras conocer sus métodos recaudatorios en AP de Logroño
  • La última acusación de Bárcenas se escuda en la obediencia debida (y ciega) y vincula pagos al PP con concesiones públicas
  • El juez Pedraz ya tramita la petición de fecha para que Bárcenas ratifique su denuncia y recabar responsabilidades superiores

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Empieza en la Audiencia Nacional el juicio por la “caja B” del PP, un instrumento mafioso que, salvando las distancias de los fines y los métodos, llegó a ser tan famoso como el “impuesto revolucionario” de ETA y superó en nombradía al “tres por cent” de Jordi Pujol y familia. Las sesiones judiciales llegan aderezadas por las nuevas declaraciones escritas del principal acusado, el extesorero del partido, Luis Bárcenas, quien revela “donaciones finalistas” y afirma que él no inventó nada, ya que la caja B, la sobre-financiación ilegal de la que se nutrían los sobresueldos de los principales prebostes del principal venía de atrás, de la jefatura de José María Aznar López y de su padre político Manuel Fraga Iribarne, que en paz descanse.

Sobre la popularidad de la caja B, recuerda el observador que estando un día por la mañana tomando un café a la vera del Segura en la agrícola (y artística) localidad de Rojales (Alicante), vio venir a una cuadrilla de ciclistas. Pasaron ante él como una exhalación. No supo si admirar más la calidad de sus magníficas monturas o la fuerza de aquellos jubilados ingleses. Pasó tras ellos un viejo huertano con pedaleo pausado en su sencilla bicicleta de un solo piñón. Delante llevaba una cesta metálica y detrás, atado al portabultos, un cajón de madera en el que había escrito con letras mayúsculas, bien grandes, “caja B”.

Cuando Felipe González Márquez montó una tabernilla en un sótano de la Moncloa, miles de españoles le secundaron para tener su propia tabernilla; cuando Aznar armó su pista de pádel en la Moncloa, miles de españoles quisieron tener su propia cancha. ¿Por qué si el PP de Rajoy tenía una caja B no iba a tener la suya un hortelano? Aunque esos tipos no lo crean, la política es también un magisterio. Y mucho convendría a nuestro país que quienes a ella se entregan dieran buen ejemplo siempre y en todo lugar.

Al margen de observaciones y admoniciones, es lo cierto que los ocho folios de información de su propia experiencia, remitidos por el condenado Bárcenas al fiscal que ejerce la acusación pública en el juicio por la financiación ilegal del PP, Antonio Romeral, ha debido poner los pelos como escarpias a Rajoy Brey –el único presidente censurado en el Parlamento y desalojado por corrupción-- y al belicoso Aznar López, quien, periclitado Rajoy, ha recuperado, junto con la lideresa Esperanza Aguirre Gil de Biezma, su preponderancia sobre el actual presidente del PP, Pablo Casado Blanco.

Afirma Bárcenas que la caja B viene de atrás, de cuando Fraga y Rosendo Naseiro mandaban en Alianza Popular. Los usos de pedir dinero (“naseirines” llamaban a los donativos) estaban muy extendidos aun cuando los partidos políticos ya contaban con financiación pública con cargo a los Presupuestos del Estado. Mas “la democracia es muy cara”, decían. Un juez de Valencia se topó con el “caso Naseiro” cuando investigaba una trama de tráfico de drogas. Pero como las escuchas policiales eran para descubrir a los narcos, no para destapar la “tangentópolis” de AP, la instrucción fue anulada sin más por los altos señores de negro con puñetas.

En aquellos primeros años ochenta, Aznar, que se había librado con trampas del servicio militar obligatorio (“puta mili” le llamaban) y, con la inestimable ayuda de Ana Botella, había aprobado la oposición de inspector de Hacienda, fungía en Logroño, donde, coma afiliado a la AP de Fraga y repleto de inquietudes políticas, conoció a Álvaro Lapuerta Quintero y descubrió que el “amor a España” y “la voluntad de servicio” (se decía así) eran un negocio estupendo.

Era aquel don Álvaro un tipo voluminoso, de apreciable envergadura y rostro de morrosco, pero no se dedicaba al boxeo, sino a la política. Dueño del periódico La Rioja (en el que invitó a colaborar a Aznar) e hijo del fundador de Campsa, había sido procurador de las Cortes franquistas y ejercía como factotum y diputado de AP. Y eso que se negó a votar 'sí' a la Constitución junto con otros siete franquistas (la mitad del grupo de Fraga). Lapuerta, Licinio de la Fuente y Modesto Piñeiro se abstuvieron en el pleno previo al referendo de 1978.

Los métodos recaudatorios de aquel Lapuerta eran expeditivos, no admitían disculpas ni tío páseme el río. Los empresarios temblaban. En cuanto se convocaban las elecciones aparecía aquel hombre por la empresa, depositaba un maletín con un único documento: un papel con la cantidad que el donante debía depositar. La hija del constructor García se quejaba: “Ya está aquí ese tío que sablea a mi padre”. Pero García depositaba los tres millones de pesetas que le pedía. Su constructora trabajaba mucho, cada vez más; obtenía contratas y subcontratas públicas. Con el tiempo llegó a edificar un hospital en la Comunidad de Madrid, saltó fronteras y, entre otras obras, realizó aparcamientos subterráneos en Bagdad (Iraq) con el régimen de Sadam Husein.

Cuando Fraga, harto de perder elecciones con sus fórmulas de coalición derechista, decidió fundar el Partido Popular (PP) y echarse a un lado (año 1989), enseguida vieron que el nuevo dirigente, el letrado extremeño Antonio Hernández Mancha, quien ganó el congreso del partido frente al notable parlamentario Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, era demasiado flexible, incluso “rojillo” para la derechona, y lo sustituyeron por Aznar. Era el año capicúa de 1991 y el primer cometido de puertas adentro del nuevo dirigente consistió en renovar el partido. Contó para esa tarea con la inestimable ayuda de Francisco Álvarez Cascos, Javier Arenas Bocanegra y del propio Rajoy.

Pero en aquella tarea renovadora de desalojar a los veteranos “gerentes”, auténticos prebostes del partido, fuertemente enraizados, Aznar impuso alguna excepción. ¿Cómo iba a dar puerta a Lapuerta, un tipo tan rentable? De ninguna manera. Lejos de “renovarle” le nombró gerente nacional en sustitución de Naseiro y tesorero del PP en 1993. Para ganar al PSOE de González, se necesitaba mucho dinero. Aznar lo logró en 1996 por 300.000 votos y se convirtió en jefe del Gobierno gracias al respaldo de Pujol.

Las mordidas para el partido se convirtieron en un método habitual, como ahora revela Bárcenas en calidad de ayudante de don Álvaro, al que sustituyó en 2008 como tesorero por designación de Rajoy, cuando aquel comenzó a acusar los achaques de la edad. Cambió el hombre, pero no los métodos. De hecho, en su última deposición (ocho folios), ese Bárcenas da entender que lo suyo era obediencia debida (y ciega) al mando que ejercían Aznar y Rajoy, sucesivamente, con sus respectivos equipos políticos.

La novedad más apreciable del hasta ahora último testimonio del extesorero Bárcenas consiste en “los donativos finalistas”, es decir, que para obtener contratas, concesiones de servicios, recalificaciones de suelo y reformados de obras públicas al alza había que pasar por la caja B de Génova 13. Como eran los tiempos de la grandes privatizaciones para reducir el déficit público y entrar en la moneda única europea, el euro, aquel sistema mafioso de mordidas sine qua non debió considerarse “pecata minuta”.

Se alcanzó así una salud excelente en las cuentas del PP, en contraste con las demás formaciones políticas, que sólo acumulaban deudas. Se comenzó a hablar de la “corrupción sistémica”, es decir, de la proporción desmesurada del sistema de corrupción que en poco o nada desmerecía al implantado por la Democracia Cristiana en Italia, donde la exigencia de catarsis liquidó a la principal formación política de la derecha y, de paso, ultimó al PS de Betrino Craxi. Aquí ni catarsis ni bayetas, sino cuentas en Suiza y sociedades mercantiles secretas en Panamá.

Aunque la actual dirección del PP sostiene que eso de la caja B es cosa del pasado, el juez instructor de la Audiencia Nacional, Santiago Pedraz, se ha dirigido al tribunal para que, sin interferir en el juicio, le dé fecha y hora con el fin de citar a Bárcenas para que ratifique su denuncia. En ese caso, la responsabilidad penal por la financiación ilegal mediante la “tangentópolis” mafiosa descrita por el ya condenado (con extensión a su esposa encarcelada) tocaría directamente a Aznar, un tipo que, en efecto, se acabó forrando. Cierto que eran otros tiempos, un tiempo en el que algunos podían preguntarse: ¿si hasta el rey (ahora el emérito) cobraba mordidas y tenía su caja B, por qué yo no? La dificultad para hacer justicia estriba además en que el cobrador nombrado por Aznar ha muerto. Don Álvaro falleció el 2 de junio de 2018 y entonces será la palabra de Bárcenas contra la de sus superiores.

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