‘La sombra del actor’: vuelve Al Pacino, y con eso me basta

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Cartel de la película protagonizada por Al Pacino.

Hoy Al Pacino cumple tres cuartos de siglo, 75 tacos. Y este no va a ser un texto objetivo o distante porque adoro a Pacino. No lo admiro o lo respeto. No, siento adoración por él. Pacino, y todo gracias a Coppola, es el heredero de Brando en Hollywood. Y no solo eso: es la estrella más coherente, inquieta y viva de todas las que empezaron a brillar en los setenta. A su edad, y a diferencia de los decadentes epílogos de otros colegas de generación (como los de De Niro, Hoffman, Nicholson o Keaton y todas sus comedias insustanciales), Pacino hace teatro, dirige películas raras, se embarca en buenos proyectos televisivos... nunca para. Y elige bien. Igual que la Streep, otra grande de su quinta y que sigue buscando, interesándose. Y en cuanto a la posible renovación, los actores que les han sucedido no les llegan ni a la suela.

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Es posible que Pacino no regrese nunca más a las latitudes de El padrino, Serpico, Tarde de perros, El precio del poder, Atrapado por su pasado o Heat, pero sus últimos trabajos siguen siendo dignos. Ver una película de Pacino es, casi siempre, disfrutar, sorprenderse, respetarlo. Haga lo que haga, hasta lo más decepcionante. Es asombroso, sigue sabiendo mirar, tocar, moverse, tiene clase, talento y un don natural (que se puede perder, como plantea La sombra del actor). Como diría su amigo Sidney Lumet, Pacino siempre “se interesa”.

¿Cómo lo hace Pacino, cómo es tan natural y genuino? Sin enfatizar. En sus conversaciones con Lawrence Grobel, el actor recuerda que Eleonora Duse decía que interpretación es una palabra terrible. “Hace que uno se sienta mal con solo decirla. Lo que uno realmente se esfuerza por aprender es a no actuar. De eso se trata. Actuar es no actuar”.

No solo como actor, en persona Pacino también es fascinante, con sus pintas de mendigo (tiene fama de agarrado y algo guarrete), siempre de negro, con esos chalequillos a pecho descubierto, caminando al set encorvado a lo Ricardo III o paseando despistado por Nueva York con un café y ese anillazo que lleva en el dedo anular de su mano izquierda, intentando mantener patéticamente la melena de hace décadas... Y aunque lo supo utilizar (sobre todo para follarse a todo bicho viviente), nunca ha llevado bien el éxito. Cómo él dijo en su día, “la fama es la primera de todas las vergüenzas porque dios ya sabe quién eres”.

Vuelve a nuestras pantallas el viejo Al con La sombra del actor (menuda traducción, señores de la distribuidora), basada en la novela La humillación, de Philip Roth. La película la dirige Barry Levinson, con quien Pacino ya había trabajado en la estupenda No conoces a Jack. En la película está enorme, hace un trabajo honesto, desgarrado y no falto de un gran sentido del humor. Las analogías entre él y su personaje son evidentes: un actor que cree que ha perdido su arte, su oído, su don. En un momento de la obra que representa, observa al público pasando de él y mandado mensajes con sus móviles. Entonces, hastiado, se intenta suicidar tirándose al foso. No solo ha perdido su talento, además el público ha cambiado, les importa todo un carajo. ¿Para qué seguir? ¿Se hará esta pregunta el propio Pacino? Estoy seguro.

El problema de La sombra del actor es su guión y la novela en la que está basado. La humillación, otra novela pitopáusica del viejo verde Roth, es una obra tremendamente misógina y esta película, por extensión, también lo es. Aquí todas las mujeres son o taradas, o cotillas o unas auténticas hijas de puta. No se salva ni una. La actriz Greta Gerwig acaba siendo sumamente desagradable (la escena con el consolador es repugnante), igual que Dianne Wiest.

Además, las subtramas de la amante negra que se cambia de sexo y la de la mujer que le hace chantaje para que le ayude a matar a su marido son ridículas, no tienen gracia y se cargan la película, que pierde el foco completamente, se pierde en batiburrillos narrativos innecesarios y muy poco creíbles. Una pena porque sus primeros minutos son estupendos.

Al final, la sensación que deja la película es que, a pesar de los achaques de la edad, Pacino quiere morir en el escenario. Al pie del cañón. Ojalá tenga esa suerte. Ojalá la tengamos todos, porque Pacino todavía “se interesa”.

VIDEOCLIPS (YouTube)

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