‘Yo, Daniel Blake’: gracias por su coherencia, señor Loach

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Cartel de la película de Ken Loach 'Yo, Daniel Blake' que hoy se estrena. / Caramel Films.
Cartel de la película de Ken Loach 'Yo, Daniel Blake', que se estrena hoy. / Caramel Films.

A mucha gente le da pereza el cine de Ken Loach porque huye del cine social o político, cuando no hay nada más político que el cine de catástrofes o las comedias de amoríos que acaban en boda e hipoteca. Loach lo ha explicado en una entrevista para El Periódico de Cataluña (realizada por Nando Salvá): “Todo el cine es político. Incluso esas películas de superhéroes son increíblemente políticas: defienden la idea de Estados Unidos como una nación heroica y defienden la jerarquía social dominante. Dicho esto, yo no hago política, sólo cuento historias que reflejan la sociedad que me rodea”.

Y menuda historia la de Daniel Blake. Carpintero de casi 60, debe dejar su trabajo por serios problemas de corazón, por lo que recurre a las ayudas sociales, al menos hasta recuperarse.
El médico le ha prohibido trabajar, pero la administración le obliga a buscar un curro bajo la amenaza de ser sancionado. La maraña burocrática se pone en marcha ante un hombre que no sabe encender un ordenador, pero que hace unos armarios magníficos. Al menos, en la oficina del paro conocerá a Rachel (fabulosa Hayley Squires), madre soltera de dos críos que está, literalmente, pasando hambre.

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Daniel es, sobre todo, un gran personaje que se hermana con otros obreros jodidos de la filmografía de Loach, como los de Lloviendo piedras, Mi nombre es Joe o La cuadrilla. También con la mujer que sufre la espantosa pesadilla burocrática de Ladybird, Ladybird.

Es admirable la coherencia de este octogenario. El director de la magnífica Agenda oculta había anunciado su retirada del cine, pero cuando leyó el guión de esta película, de su amigo y cómplice Paul Laverty, decidió hacer una más a pesar de sus achaques y lo duro que resulta rodar a ciertas edades. Y ha acertado porque le ha salido una película dura, pero a su vez llena de poesía y mucha humanidad. Y encima ha ganado la Palma de Oro en Cannes y el Premio del Público en San Sebastián. Buena jugada.

El guión de Laverty está cargado de detalles burocráticos, de violencia administrativa. Pero el texto también rezuma esperanza. Y menos mal, porque de lo contrario la película sería insoportable. Laverty subraya que, frente aun frío sistema burocrático que se dedica a evitar la protección que requiere el más necesitado, todavía queda gente buena en este devastado tinglado. Y en esta película no sólo Daniel es bueno, sino casi toda la gente de su barrio, de su bloque, de su antiguo trabajo. Gente obrera buena, preocupada por el prójimo, gente digna.

El libreto de Laverty, sencillo pero certero, posee indudables aciertos (ese currículo escrito a mano, esa miseria moral de los tipos de la oficina del paro, el precioso momento de la pintada o el final), aunque no es redondo (el descubrimiento de la bajada a los infiernos de Rachel está torpemente escrito).

En un mundo en el que los valores cristianos se han pervertido (intuyo guiños al cristianismo en los peces que talla Daniel en madera y en la conmovedora escena en la iglesia), una película como Yo, Daniel Blake es una bonita rareza. Y da igual que hablemos de la depauperada España actual o de Gran Bretaña, donde la carroñera Thatcher orquestó la privatización de los servicios públicos. Da lo mismo si hablamos de la Unión Europea, vendida a los grandes conglomerados. Y mientras tanto, y como bien reflejó Loach en Tierra y libertad, los de la izquierda matándose entre ellos. Da lo mismo hablar de Pablo Iglesias que de Jeremy Corbyn. Es así de triste y quizás genético.

Como demuestra esta película, para que el obrero siga siendo débil y siga muerto de miedo, el sistema le mete en la cabeza que la culpa de lo que le está sucediendo es únicamente suya. Por eso Daniel, cuando ve a Rachel desfallecida y llorando porque no tiene para comer, le dice: “No es culpa tuya”. Loach y Laverty recurren a una de las bases de la construcción de la justicia social: el sistema debe fundamentarse en proteger a los que caen, no en decirles, en plan 'cuñao', que la culpa es suya, hayan tenido o no oportunidades en la vida.

Como tantos, sobrevivo con lo justo, no soy un obrero que se cree clase media y he conocido a gente parecida a Rachel. Por eso la película me ha jodido. Pero también he salido de la sala con la sensación de que todavía hay gente buena entre tanto hijo de puta y he salido pensando que nos tenemos que ayudar. O eso, o convertirnos en unos mierdas sin empatía. También los conozco.

Si Yo, Daniel Blake es la ultima película de Loach y tiene toda la pinta, es el momento de decirlo: gracias por todo, Mr. Loach. Ha sido uno de los cineastas más coherentes de las últimas décadas.

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