PASCUAL GARCÍA | Publicado: - Actualizado: 20/2/2017 14:49

Alejandro Ruiz-Huerta, único superviviente de la matanza de Atocha, momentos antes de la entrevista, delante de un cartel de ‘El Abrazo’, en la sede de la Fundación Abogados de Atocha. / Santi Donaire

Alejandro Ruiz-Huerta (Madrid, 1947) es el único superviviente de la matanaza de Atocha, de la que mañana se cumplen 40 años, y preside la Fundación Abogados de Atocha, una institución impulsada por CCOO para que, como él mismo recuerda, no se debilite el eco de aquellas voces. Perdió a cinco compañeros en esa noche de odio y de sangre –tres abogados, un estudiante de derecho y un administrativo que también trabajaba en el despecho– y aunque desde entonces ha escrito varios libros y ha sido muchas cosas –profesor de Derecho Constitucional en la Universidad, investigador, ciudadano comprometido, militante de CCOO–, como si de una recreación del mito de Sísifo se tratara, vuelve a ser requerido, una y otra vez, para rememorar unos hechos que fueron claves en el desarrollo de la Transición y en la llegada de la democracia. Transmite serenidad y nos recibie en la sede de la Fundación.

Después de repasar algunas de las muchas entrevistas que le han hecho en los últimos años, la primera pregunta que se me viene a la cabeza es: ¿puede un hecho, aunque sea un hecho terrible, como el asesinato de los abogados de Atocha, encadenar la vida de un hombre? Y hablo de la vida en todas sus extensiones.

– Encadenar no es la palabra, pero lo cierto es que mi vida sí está vinculada de forma definitiva a esa historia. Primero porque el azar quiso que sobreviviera y segundo porque aunque yo tengo mi vida independiente, autónoma, siempre que me reclaman para hablar es para hablar sobre aquellos asesinatos y las consecuencias que tuvieron. A veces me cansa hablar tanto de Atocha y repetir las cosas que llevo 40 años diciendo, pero, eso sí, soy de los que piensan, como decía Paul Éluard, que “si el eco de su voz se debilita, pereceremos”.

No habrá sido fácil vivir con todo eso.

– No lo ha sido. He tenido que superar momentos muy complicados psicológicamente, porque la herida psíquica fue mucho más fuerte que la física. Tenía 29 años y me costó mucho salir adelante. Ha sido un proceso duro y lento.

– Una de las cosas que he leído y que me ha impresionado es su relato nítido de una de las escenas de aquella terrible noche del 24 de enero de 1977, concretamente, la de la muerte de Ángel Rodríguez Leal.

“Se me paró el tiempo y la vida cuando ví que Angel reconoció
a uno de sus verdugos”

– Ángel era un trabajador de Telefónica despedido que incorporamos para trabajar en tareas administrativas. Había salido ya del despacho, pero se había dejado el último número de Mundo Obrero y volvió y fue entonces cuando los pistoleros lo pescaron y lo trajeron al lugar donde estábamos los demás. Se me paró el tiempo y la vida cuando vi que Ángel, estoy seguro de ello, reconoció a uno de sus verdugos. Atando hilos con lo que hemos ido conociendo después sabemos que los pistoleros habían estado por la mañana en la sede del sindicato vertical con motivo de la huelga del transporte, de hecho esgrimieron sus pistolas allí, y Ángel había estado también. Su cara, reconociendo a su asesino antes de caer vapuleado por los disparos, nunca la podré olvidar.

Ángel le había regalado esa misma mañana un bolígrafo que le acabaría salvando la vida al desviar la trayectoria de una bala que parecía llevar escrito su nombre.

– Así fue. El atentado fue muy bruto. Tuvo dos oleadas distintas de disparos. Una cuando estábamos de pie y tiro a tiro iban terminando con todos y otro posterior cuando, ya en el suelo, remataron a todo el que se movía y también lo hubieran hecho conmigo si el cuerpo de Enrique Valdevira no hubiera estado encima del mío.

– ¿Tuvo el azar que ver también en la fecha y el lugar elegido para el atentado?

– No lo sé. No sé por qué decidieron ir allí esa noche. Supongo que sabían que se encontrarían con gente vinculada a la izquierda antifranquistas, al PCE, a CCOO… No lo sé. Lo que sí sabemos es que ese día se produjeron dos reuniones de abogados distintas en Atocha, una en el número 49 y otra en el 55. Los abogados importantes del partido, Manuela Carmena, José María Mohedano, Manolo López, José Luis Núñez Casal estaban reunidos en Atocha 49. Nosotros, los abogados de barrio, nos reunimos en Atocha 55 como nos podíamos haber reunido en otro lugar. No lo sé. Da la impresión de que hay más azar de lo que parece en la elección del lugar. En cualquier caso, esa misma mañana nos habían amenazado de muerte en el despacho y la sensación general esos días era que la extrema derecha y sus ramificaciones en los aparatos del Estado estaban preparando las condiciones para justificar una intervención del Ejército.

Alejandro Ruiz-Huerta tras la entrevista con ‘cuartopoder’. / Santi Donaire

¿Durante estos años ha tenido sentimientos de rencor, de odio, de venganza, respecto a los asesinos? ¿Cómo se administra emocionalmente eso?

– Nunca he sentido rencor. Nunca he tenido voluntad de venganza, sino todo lo contrario. No soy quien para perdonar y soy de los que opinan que hasta el peor asesino se merece un mínimo de respeto y así lo he defendido siempre en muchos foros.

¿Incluso los asesinos de Atocha, a los que, por cierto, la Justicia no trató “nada mal”?

– Carlos García Juliá ha sido localizado en Latinoamérica en un proceso significativo de tráfico de drogas; de Fernando Lerdo de Tejada no hemos vuelto a saber nada desde que un juez, con una indignidad manifiesta, le dio un permiso de fin de semana en 1979. El tercero, José Fernández Cerrá, cumplió lo que tenía que cumplir de acuerdo con la legislación española [14 años de una condena de 193] y también se le sitúa en Latinoamérica. Ni nuestros abogados ni nosotros pedimos nunca la pena de muerte, con la que estábamos y estamos radicalmente en contra… Y dicho todo esto, tengo que referirme también a un hecho que a mí me desconcierta muchísimo, que siempre me ha desconcertado, y es que durante los 14 años que cumplió condena, Fernández Cerrá celebraba el 24 de enero pidiendo marisco.

– Siempre se ha dicho que el atentado de Atocha y la respuesta popular organizada por el PCE y las propias Comisiones Obreras fueron un factor determinante en la Transición. ¿Qué le parece esa corriente de opinión que defiende que hay que revisar lo que fue realmente la Transición?

“Se ha contado la transición de una forma realmente absurda”

– Lo cierto es que se ha contado la Transición de una manera realmente absurda. Se ha dado mucho barniz a aquellos años duros que Joaquín Leguina llamaba “los años de plomo” y se ha presentado el proceso como una ‘transición rosa o milagrosa’, cuando las cosas pasaron de otra manera. Desde luego, esa visión edulcorada de la Transición no se correponde con la realiad. Pero tampoco comparto algunas lecturas que se hacen desde las fuerzas políticas emergentes como Podemos. No me explico como se habla del “régimen de la Transición” para tratarnos de decir que era el mismo régimen franquista… y tampoco era eso. También políticamente las cosas han sido distintas a como las cuentan, porque aquí no ha habido un pacto de castas. Aquí hubo un pacto hasta cierto punto de silencio que todavía perdura. Y eso funciona también con la memoria de Atocha. Pero, además, hubo muchísimos ciudadanos y ciudadanas de este país nos jugamos la vida por mucho que ahora tengamos que hablar de una democracia de mínimos, una democracia de la que hay que cambiar muchísimas cosas, porque, si no, no vamos a ningún lado.

– En un artículo publicado en este periódico con motivo del 40 aniversario de los crímenes de Atocha Agustín Moreno ponía en valor el nivel de conciencia obrera que había en los estertores del franquismo. No sé si hemos avanzado o hemos retrocedido respecto a eso.

– Ha pasado mucho tiempo, han cambiado las cosas, pero lo cierto es que a día de hoy nos encontramos con situaciones de semiesclavitud que posiblemente deberían tener mayor contestación a todos los niveles.

– Escribir el relato de aquellos hechos le costó nada más y nada menos que 25 años y eligió el título de “La memoria incómoda”, cuya tercera edición, por cierto, acaba de llegar a las librerías ¿Por qué ese título?

“La memoria
de Atocha, a
día de hoy,
continúa incomodando
al poder”

– La memoria de Atocha es incómoda para mucha gente y lo que resulta más sorprendente es que a día de hoy “incomoda” al poder. El alcalde de Casasimarro (Cuenca) se niega a poner una placa en una plaza del pueblo en memoria de Ángel Rodríguez, que nació allí. Y lo justifica diciendo que eso podría provocar enfrentamientos entre los vecinos. Resulta inexplicable, pero es así. Parece que algunos nunca aprenderán.

Creo que como presidente de la Fundación Abogados de Atocha va a entregar este martes 24 el premio 2017 a Juan Genovés, autor de El abrazo. ¿Qué le sugiere, a día de hoy, esta imagen icónica para varias generaciones?

– Siempre que envío un wasap a un amigo termino con “abrazo”. La historia empezó cuando el poster de la amnistía se colgó en nuestro despacho de Atocha. Ese poster acabaría lleno de sangre. Y con el paso del tiempo, la necesidad de la amnistía, del encuentro de todos desde la diversidad, se transformó en ese abrazo. Desde Atocha hemos intentando avanzar en ese camino de reconocimiento y de respeto, de perdón, de piedad, como decía Azaña en plena Guerra incivil, y al final ese cuadro se colgó en el Congreso de los Diputados. Y por eso hay que seguir trabajando, por la reconciliación y la concordia.

Cuartopoder (YouTube)

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  • Sí se puede

    Un “abrazo”, Alejandro. Cada 24 de Enero os lo llevo mandando. Por eso me duele especialmente la lectura simplista, y falsa, de quienes piensan que todo aquello de la Transición fue un apaño. La “transición” fue imperfecta, sí; pero a costa de muchas muertes y mucho sufrimiento, merecedor, todo ello, de bastante más respeto por parte de quienes creen que hoy han descubierto el mediterráneo.

  • HORTOPU

    La transición fue “imperfecta” por supuesto. Respondió a un equilibrio asimétrico de fuerzas donde el franquismo como ideología y con sus aparatos del Estado predominaba. Eso no es obstáculo para reconocer (sería de imbéciles mal nacidos no hacerlo) el inmenso, terrible y desproporcionado tributo que hubo que pagar: con los Abogados de Atocha, con los obreros de Vitoria, etc. Pero eso tampoco nos puede obnubilar con la realidad de que hubo “acuerdos” de los dirigentes políticos del momento que muchos dudamos si estuvieron a la altura del terrible tributo que se pagó y de la ilusión de un pueblo que aspiraba a una democracia avanzada.

  • HORTOPU

    …. Perdón se me olvidaba. Nunca os olvidaremos compañeros “Abogados de Atocha”, siempre estaréis en nuestra memoria y seréis el motivo más emocionado para seguir arrimando el hombro por un mundo más libre, más igual y más justo.

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