El saludito de Aznar y el adiós de Acebes

Todo iba bien, es decir mortalmente aburrido, hasta que el estadista más grande que vieron los tiempos hizo su entrada en el plenario del Congreso. Al Napoleón del PP se le esperaba el sábado pero, para sorpresa del respetable, su verbo se hizo carne poco antes de que rindiera su informe el responsable de la comisión censora de cuentas, Carlos Fernández Carriedo.
Aznar, así lo pareció, venía a cobrarse una cuenta pendiente, molesto seguramente porque los organizadores del cónclave le ningunearon y decidieron que su intervención se adelantara un día para no restar protagonismo a Rajoy. Llegaba en consecuencia en el momento adecuado para pasar la factura, y lo hizo con ese buen gusto internacional que acostumbra. Entre aplausos, avanzó hacía la mesa del comité ejecutivo saliente y comenzó a saludar a diestro y más diestro (Aznar no conoce la siniestra), y a algunos como Acebes con especial efusividad.
Cuando llegó a la altura de Rajoy se hizo primero el remolón y después protagonizó el apretón de manos más corto de la historia. Fue uno de esos saluditos ridículos, del que quiere dejar claro que da la mano porque ha estudiado en colegio de pago, y puso en evidencia que entre el presidente del PP y el amigo de Bush no hay frialdad sino una auténtica glaciación. Aún así Rajoy tuvo más suerte que Fraga, al que Aznar esquivó olímpicamente.
La primera sesión del XVI Congreso de los populares pretendía convertirse en un canto a la unidad, deporte al que se sumó con su presencia entusiasta el ex vicepresidente Rodrigo Rato. Se aplaudió mucho a Cospedal; se echó en falta a Zaplana, que se justificó el día anterior diciendo que hubiera acudido si alguien le hubiera invitado; se vio algo marginado a Elorriaga, que se hizo el haraquiri político hace unas semanas y ahora, ya cadáver, afirma que se está pensando si vota a Rajoy; y se hizo notar Esperanza Aguirre, que se encargó de recordar que para que el PP vuelva a ser el Paraíso Terrenal resultaba imprescindible convencer a María San Gil y a Ortega Lara para que regresaran al redil, tentándoles con una manzana si fuera necesario.
El acto central de la tarde fue la intervención de Ángel Acebes, al que correspondía presentar el informe de gestión de la dirección del partido y a un tiempo entonar el adiós a la secretaría general, una despedida tan emotiva como interminable, ya que se trasladó a la sala de prensa donde saludó uno a uno a todos los periodistas presentes. “De diputado no me voy”, señaló a este diario.
Ante los compromisarios, Acebes no defraudó y deleitó con su repertorio habitual: el pacto del Tinell, el regreso del brazo político de ETA a las instituciones, la recogida de firmas contra el Estatuto, la lucha en defensa del castellano, etc. “Creo poder decir que siempre he dado la cara por el partido; por lo que me correspondía y también por lo que no me correspondía”, se justificó.
Según Acebes, el PP no lo ha podido hacer mejor en circunstancias tan desfavorables, ha mostrado fortaleza y coraje, ha ganado en dignidad, ha sido valiente y, por todo ello, ha incrementado sus votos y sus afiliados. “Fuimos un dique ante los abusos”, sentenció. Lo único que no ha terminado de explicar es por qué si todo se hizo tan bien se perdieron las elecciones generales, sobre todo si, como asegura, los hechos después del 9 de marzo han demostrado que tenían razón.
Y es aquí donde el de Ávila ha aprovechado para darle un repasito a Rajoy, y recordarle lo que es para él el centro, un lugar que no lo marca el PSOE ni los nacionalistas, y que “no es el punto medio” entre la España constitucional y una España confederal. “Yo quiero un PP valiente a la hora de defender sus ideas y a su gente. A diferencia de algunos, estoy convencido de que menos PP no es igual a más votos”.
Una cerrada ovación de más de un minuto le ha despedido de la tribuna. La emoción le ha embargado. “Gracias a todos. Muchísimas gracias”. Sic transit gloria mundi.