Las madres tigre, las niñas Hemingway y la sociedad cocodrilo

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Amy Chua, en una imagen de 2007. / Larry D. Moore (Wikimedia Commons)

Ha causado un cierto revuelo en Estados Unidos -sobre todo en Nueva York, que es donde causan revuelo estas cosas-, la aparición de un brutal libro titulado “Battle Hymn of the Tiger Mother”, algo así como Cántico de Guerra de la Madre Tigre. Lo firma Amy Chua, escritora chino-americana casada con un escritor judío. Es una mezcla racial que se ve mucho entre la alta intelectualidad yanqui; son dos etnias de tirón poderoso, a veces agobiante para gente secularizada y curiosa que quiere ir a su bola. Entonces tienden a unir fuerzas, dividiendo al enemigo.

Por lo que sea en este tipo de ecuaciones la parte judía suele ser el hombre y la parte china suele ser mujer. Es lo que pasa en casa de Amy Chua, madre de dos hijas que ahora tienen 18 y 15 años. Pero que tuvieron 13 y 10. Y hasta 7 y 4. Y desde muy pequeñitas se enteraron de lo que valía un peine.

Fueron educadas a lo bestia, que es como educan las madres chinas a sus hijos, si se atienen a la tradición. Amy Chua da en su libro detalles espeluznantes para nuestra cultura occidental de tolerancia y buen rollito, al niño y a su autoestima ni con una rosa, las comparaciones son odiosas y de suspender o repetir curso ni hablamos, etc.

Amy Chua llamaba a sus hijas “basura” cuando le traían malas notas a casa. Amenazó a una con tirarle la casa de muñecas y con no dejarla ir al baño hasta que no dominara una lección de piano muy difícil que se le resistía. Una vez que ambas aparecieron con tarjetas de felicitación para el Día de la Madre que le parecieron cutres, Amy Chua se las tiró a la cara afirmando que ella merecía algo mejor, hecho con mayor esfuerzo. Nada de playdates (quedar para jugar con amiguitas) ni de sleepovers (quedarse a dormir en casa de las susodichas amiguitas) casi hasta la edad adulta. Etc.

El libro ha levantado llamaradas en Internet y en las cartas al director de The Wall Street Journal, que publicó un avance editorial, así como artículos de respuesta de madres occidentales (destaca el de Ayelet Waldman, otra intelectual de la maternidad que por lo demás es judía, como para mantener en tensión las líneas étnicas del asunto), etc. La misma Amy Chua ha tenido que ponerse a la defensiva y salir a matizar en The New York Times algunas cosas de su libro.

Para empezar, que no es una guía para madres. Tal vez lo pueda haber parecido en algún momento por los manejos de algún editor listo, pero la autora insiste en que lo suyo es una memoria, y no precisamente una memoria triunfal. Cuenta lo que fue, no lo que debió haber sido. Y lo cuenta en cierto tono elegíaco, por no decir derrotado.

La moraleja del libro es que si a la niña mayor, Sophia, la mano de hierro de la madre le sirvió para debutar jovencísima como pianista en el Carnegie Hall, la pequeña, Lulu, se rebeló contra la tiranía, llegando al extremo de ponerse a gritar un día en mitad de un restaurante: “¡Odio mi vida y te odio a ti!”. Según Amy Chua, aquello fue un punto de inflexión a partir del cual se reconsideraron muchas cosas. La madre tigre se batió en retirada, sometida por la niña Hemingway de fusil todavía humeante.

El tema va más allá de lo anecdótico, y a juzgar por la explosión de comentarios, ha tocado un punto sensible americano. Quizás más de uno. Por un lado tenemos el eterno debate entre disciplina y tolerancia, castigo y amor, mano dura o mano blanda. Tal y como nos lo pintan, las madres chinas encarnarían la educación del pasado, rígida y sofocante, mientras las madres occidentales (lo cuento así porque, no me pregunten por qué, en ningún lado se hace mayor caso de los padres, por lo que se ve indiscutibles convidados de piedra), herederas del Mayo del 68, el summer lover americano, el feminismo sin sostén, etc, se habrían deslizado por una cómoda pendiente de….¿relajo?

Significativamente casi todas las madres que participan en este debate son escritoras en parte porque se lo pueden permitir. Me explico: encarnan el modelo de esposa de un profesional de éxito, a lo mejor intelectual él mismo, pero no necesariamente. El caso es que con lo que el marido gana la mujer puede desarrollar una carrera de escritora o articulista o lo que sea, ganar dinero a su vez pero sin agobios, y llevar las riendas de la educación de los hijos. Una especie de versión sutilmente subvencionada del antiguo feminismo peleón: son mujeres muy realizadas, pero no dejan de serlo a la sombra de un hombre con el que mantienen un reparto de roles más tradicional de lo que parece. Entre otras cosas porque de lo contrario les resultaría casi imposible compatibilizar en la práctica la maternidad y la profesionalidad. De ahí que a veces surjan dudas y empanadas mentales del tipo: ¿seguro que soy una buena madre?

Estados Unidos es la tierra de los entusiasmos pendulares. Del vendaval feminista de los 60 y los 70 a la pasión por trasladar el viejo espíritu flower power a la crianza de los hijos, redescubiertos como brillante norte de la felicidad y la verdad. Explosión de libros sobre la maternidad, glamurización de la misma, sacerdocio de la lactancia natural, etc. Hasta que de repente empiezan a surgir libros y blogs que subvierten el paradigma. Las antañonas feministas y actuales madre coraje se descubren reivindicando el derecho a irse cualquier día de copas las unas con las otras, hablar de algo que no sean los niños, etc.

Nada más faltaba en medio de toda este melée el libro de Amy Chua. Que por cierto puede leerse en clave intimista, de las relaciones de estas madres con sus hijas (¡también los hijos varones parecen aquí unos convidados de piedra!), o darle cierta vuelta de tuerca social. Por ejemplo: ¿tiene sentido predicar una suave educación sin aristas para los niños criados en el seno de una de las sociedades más competitivas del planeta? Las criaturas americanas, ¿no deberían tener claro desde el principio que han venido al mundo a sufrir? Las madres tigre chinas, ¿están apegadas a su tradición o a la de su país de acogida? ¿Se hacen eco de sus orígenes de hierro o de lo mucho que la comunidad chino-americana ha tenido que bregar para salir adelante en Estados Unidos? ¿Sabe todo el mundo, sin ir más lejos, que al principio los inmigrantes chinos hasta tenían prohibido por ley casarse con personas de su misma raza?

Entre los escandalizados comentarios suscitados por el libro de Amy Chua no falta el recordatorio de que el índice de suicidio de las adolescentes chino-americanas es significativamente más elevado que la media, como diciendo, cuidado con apretar demasiado las clavijas. Pero no deja de llamar la atención que eso ocurra en un país donde ya se empieza a hablar de dopaje intelectual en las universidades. Hace unos años se empezaron a poner de moda prácticas como usar medicamentos para el déficit de atención sin padecerlo, para lograr una mayor concentración y reducir a muy pocas las horas de sueño necesarias, incrementando así la capacidad de trabajo, ya demencial. Dan igual los efectos secundarios. Hay quien ha llegado a especular sobre el atroz dilema al que se enfrentarían algunos padres si descubrieran que todos los compañeros de sus hijos hacen eso: ¿jugar con la salud de tu descendencia, o permitir que se queden académicamente atrás? No es país para rezagados.

Quizás lo más triste de este debate que ha enzarzado a la exmadre tigre Amy Chua con otras intelectuales americanas de la maternidad es que todas ellas, en el fondo, se mueven en un coto privado y protegido. En el limbo de las familias social y profesionalmente bien situadas, que dejan a sus cachorros ya encaminados hacia la élite sin necesidad de forzar mucho la mano. Probablemente son bastante más implacables las madres tigre en la sombra, las emboscadas en la economía sumergida y la inmigración ilegal. Allá donde un peine sigue valiendo lo que valía en Beijing..o el doble o el triple, cuando hay que pagarlo en dólares.

7 Comments
  1. rastas666 says

    hay culturas que no quieren a las hijas, solo a los hijos. No entiendo como se maltrata a una hija así, en lugar de hacerles feliz la infancia, que es la parte que podemos controlar de los hijos. A mi hijo lo mimé todo lo que pude, y eso no le hizo más debil, ni caprichoso, ni enfermizo, simplemente porque ni su madre ni yo lo somos y nos tiene de ejemplo. Si maltratas a los hijos, es porque no los quieres.

  2. mark says

    Hablando claro, esta señora es una psicópata y de lo que presume de es un método para convertir a los niños en psicópatas. Básicamente lo que le enseña es que lo único que importa es el éxito, a cualquier precio, dejando de lado la calidad humana, los sentimientos, las emociones.

  3. rob says

    El hombre blanco ha surcado mares, puesto el pie en la luna y muchos otros logros impresionantes que dejan en ridículo a los chinos, lo cual demuestra que no hace falta maltratar y humillar a los niños para tener una sociedad de éxito.

  4. manolito says

    Los ordenadores, la bombilla, el teléfono, el coche y muchos otros logros más, fueron creados por el hombre blanco y no por los chinos que lo único que parecen saber hacer es trabajar como insectos.

  5. rusito says

    ¿Qué clase de monstruo presume de lavar el cerebro ,maltratar y violar los derechos fundamentales de un menor de edad?

  6. keko says

    que placer ha sido leer esto! Qué curioso todo esto que escribes y que bien lo expresas!

  7. Ciberio says

    Los buenos resultados académicos de este método ocultan que se generan personalidades inseguras, que se pasarán el resto de su vida pensando que se les juzga sin parar y con el deseo de no fallar en nada porque sino se sentirán como fracasados y despreciados por los demás. El único camino hacia el amor maternal es el buen resultado y no consideran que se les quiera como las personas que son, sino por los éxitos profesionales. No sentirán la satisfacción por sus méritos, sino que cualquier pequeño fallo será magnificado como un estrepitoso fracaso. Serán personas muy perfeccionistas, que vivirán hacia sus resultados y no hacia las personas que les rodean. Les auguro a los niños educados en este método un gran éxito en su vida profesional y un gran fracaso en su vida personal. Una escuela de desgraciados

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