Duele, ya lo sé

Carteles que portaban hoy algunos de los asistentes a la manifestación convocada en Madrid por asociaciones de víctimas del terrorismo en contra de resolución del Tribunal de Derechos Humanos sobre la doctrina Parot. / Paco Campos (Efe)
Carteles que portaban hoy algunos de los asistentes a la manifestación convocada en Madrid por asociaciones de víctimas del terrorismo en contra de resolución del Tribunal de Derechos Humanos sobre la doctrina Parot. / Paco Campos (Efe)

¿Que si pensaba ir a la manifestación de las víctimas del terrorismo contra el fin de la doctrina Parot? Claro que no, cómo voy a ir, después de escribir lo que escribí y de pensar lo que pienso sobre el tema. Y sin embargo llevo un buen rato, incluso días, dándole vueltas a una conversación que mantuve con mi amiga Mercedes.

Mi amiga Mercedes es una mujer inteligente, llena de generosidad y de pasión, también de pasión política. En parte se comprende por la generación durísimamente privilegiada que le ha tocado vivir. La que salió en plena juventud de la dictadura para darse de bruces con la enormidad de la democracia. También con la enormidad de sus abismos. Mercedes se fue unos años del país poco después del 23-F. Temía ser detenida en cualquier momento por sus últimas cooperaciones clandestinas con la izquierda. A día de hoy tiene amigos de todos los signos de pensamiento y lo comprende casi todo. Casi todo menos esto.

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Vamos a ir a la manifestación con mi marido, vamos, ¡es que tenemos que ir!”, me dice por teléfono, la voz cargándose por momentos de emoción. Que no de ira, ojo. Me echa en cara que los que tenemos ahora la edad que ella tuvo entonces no nos acordamos de nada. De cómo arreciaban las bombas y los tiros en la nuca. De cómo caían los muertos uno tras otro. Padres de familia asesinados ante sus hijos. El espanto del terrorismo agresivamente en flor, ese al que todavía le reían muchos la gracia por haberse cargado a Carrero Blanco. Tamaña altanería macabra. La ausencia total de arrepentimiento. Su incapacidad, la de ella, de Mercedes, de perdón. Admitida de plano y sin tapujos.

Le digo como yo lo veo: que seguramente es verdad lo que ella dice, que políticamente no se ha podido gestionar peor todo este asunto. Que sí, que es cierto que todo esto huele a apaño para que el gobierno Zapatero se apuntara el tanto de que ETA renunciara formalmente a matar gobernando todavía ellos. Y que es normal que las Víctimas, después de años de decirles que era y sería siempre cegadoramente blanco lo que ahora resulta ser de un negro retinto, pues se les caiga la mandíbula al suelo y el corazón a los pies. Se comprende. Pero la ley no puede ser de goma, Mercedes, le insisto. Si querían cadena perpetua para esta gente, haber tenido el valor de meterla en el sistema.

¡Pero es que no podía ser, porque entonces Europa no nos habría admitido, no nos habrían dejado entrar en la UE!”, se exclama. Y añade, triste: “¡Lo que pasa es que los de vuestra edad no lo sabéis, o no os acordáis!”. Le vibra en la voz un cascabel que es medio de indignación, medio de pánico. ¿Quizás el mismo que le vibraba cuando temía que la metieran de cabeza en un calabozo en 1981? “¡Entonces había que hacer lo que se podía, no lo que se quería!”, concluye del tirón.

Tras concluir esto Mercedes parece quedar un tanto desanimada, por no decir muy planchada. Como si constatara de repente pues eso, un abismo generacional que no se lo salta un gitano, ni a base de mil lecturas, muchas complicidades e infinitas sobremesas. Es verdad lo que ella dice: yo no viví el tumulto de los años 70 en este país. Sólo conozco ese percal a través del cine y de la letra impresa. Conozco los hechos, no el sentimiento de azoramiento y de inseguridad, de inexperiencia política tremenda con que ella y sus compañeros de quinta tuvieron que saltar de momento histórico en momento histórico y tiro porque me toca. Qué tiempos debieron ser aquellos. Momentos de grandes gestas pero también de enormísimas burradas. ¿Se pregunta alguno de estos etarras que ahora salen a la calle después de 25 años en la cárcel cómo pudo tirar así no sólo la vida de otros, sino también la suya propia, a la basura? ¿Se preguntan ahora los que hilaron este desastre político y penitenciario si las cosas no pudieron hacerse completamente de otra manera ya desde décadas atrás?

El caso es que cuando rascas un poco bajo la estridencia política de todos los días aflora un paisaje sentimental tan atroz como conmovedor. Duele, Mercedes, ya lo sé. Yo no podría ir jamás a una manifestación como esta porque de verdad creo que la ley no puede ser de papel de fumar ni de goma. “¡Pero siempre es así, la ley es la ley y cómo se interpreta!”, clama ella, cargada de una razón que sé que no tiene pero que tampoco sé cómo quitarle.

¿Qué hacer para que nadie sufra más por este tema? ¿O será verdad que este sufrimiento sólo se extinguirá cuando se muera el último que lo sintió en sus carnes?